
Trasmoz, Zaragoza en La España Barbaciada
Nos sacudimos las migas del pantalón en Fuendetodos y volvemos a la carretera. Hoy tenemos un destino muy especial, de esos que hacen que te persignes antes de entrar. Nos dirigimos al noroeste de la provincia de Zaragoza, hacia las faldas del imponente Moncayo. Nos esperan unos 115 kilómetros de ruta por la A-23 y la N-122. Con el Supermirafiori resoplando en las cuestas, llegamos al pueblo de Trasmoz. Trasmoz tiene 89 habitantes según el último censo, y su gentilicio es trasmocero o trasmocera. Es un pueblo pequeño, de calles empinadas y casas de piedra, pero tiene un título que no tiene ningún otro municipio en España: es el único pueblo oficialmente excomulgado y maldito por la Iglesia Católica. Sí, habéis oído bien. Ni Toledo, ni Santiago, ni el pueblo del Dioni. Trasmoz. La historia es de película. En el siglo XIII, Trasmoz era una especie de paraíso laico que no pertenecía a la Iglesia, sino a la Corona. Justo al lado estaba (y está) el poderoso Monasterio de Veruela. Los monjes de Veruela querían el agua, la leña y los impuestos de Trasmoz, pero los trasmoceros dijeron que "tararí que te vi". Como los monjes no podían ganarles por lo civil, decidieron ganarles por lo divino, y empezaron a difundir el rumor de que en el Castillo de Trasmoz se reunían brujas para hacer aquelarres. Para rematar, consiguieron que el arzobispo de Tarazona excomulgara a todo el pueblo. Pero la cosa no acaba ahí. En el siglo XVI (en el año 1511), hubo otra movida con el monasterio, esta vez porque un río se desvió. El abad de Veruela se pilló tal rebote que pidió permiso al Papa Julio II para lanzar una maldición sobre el pueblo. El abad se plantó en la puerta del monasterio, levantó una cruz, leyó el Salmo 108 (que es el de maldecir a los enemigos, un clásico de la época) y, con el toque de campanas, maldijo a Trasmoz para los restos. Como la maldición la autorizó un Papa, solo un Papa puede levantarla. Y hasta la fecha, ni Francisco, ni Benedicto, ni Juan Pablo se han acordado de quitarle el gafe a los 89 vecinos de Trasmoz. Gustavo Adolfo Bécquer, que se pasó un tiempo en el Monasterio de Veruela curándose de tuberculosis, se enteró de estas historias y escribió sobre las brujas de Trasmoz en sus "Cartas desde mi celda". Gracias a él, la leyenda se hizo inmortal. El patrimonio estrella del pueblo es, lógicamente, el Castillo de Trasmoz. Hoy está restaurado y alberga el Museo de la Brujería. Como los trasmoceros son gente con sentido del humor (qué remedio, si estás maldito), han abrazado su fama. Sus fiestas grandes giran en torno a esto. A principios de julio celebran la Feria de la Brujería y la Magia, donde nombran a la "Bruja del Año" (un premio honorífico, no os penséis que queman a nadie). Y la noche de Todos los Santos celebran la "Luz de las Ánimas", una tradición antiquísima de vaciar calabazas y poner velas, que los americanos se creen que han inventado ellos con Halloween, pero en Trasmoz ya lo hacían cuando Colón todavía estaba pidiendo financiación. Para comer, como las brujas gastan mucha energía volando, en Trasmoz se estila el ternasco de Aragón asado y unas buenas judías. Y todo regado con vino de la Denominación de Origen Campo de Borja, que te quita cualquier maldición a base de taninos.