Hay algo particularmente decepcionante en esos intercambios de regalos en los que uno pone verdadero empeño y termina recibiendo cualquier cosa. Uno escoge algo bueno, quizá costoso, útil o especialmente pensado para la persona que lo recibirá. Lo envuelve con cuidado, lo entrega con alegría y espera, al menos, una cierta reciprocidad. Pero entonces llega nuestro turno: abrimos el paquete y descubrimos algo de segunda mano, algo barato, algo que parece haber sido comprado cinco minutos antes de la reunión… o, en el peor de los casos, algo que uno sospecha que estaba destinado al bote de basura. La sonrisa se vuelve diplomática, el “¡qué bonito!” se convierte en una pequeña obra de teatro y por dentro pensamos: “Yo sí me esforcé”. Porque todos quisiéramos un intercambio parejo: dar algo bueno y recibir algo bueno; entregar algo valioso y recibir algo de valor semejante. La reciprocidad nos parece justa.
Pero en el Calvario ocurrió el intercambio más disparejo de toda la historia. Y, paradójicamente, precisamente en esa absoluta desigualdad se encuentra la gloria del evangelio.
Cristo dio algo cuyo valor jamás podremos calcular. No entregó simplemente una cosa que poseía; se entregó a sí mismo. El Hijo eterno de Dios, aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas, tomó nuestra naturaleza, habitó entre nosotros y caminó voluntariamente hacia la cruz. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 5:2). No entregó las sobras de su gloria, ni una fracción de su dignidad, ni algo que le resultara prescindible. Se dio completamente. “El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El regalo de Cristo no fue algo que pudiera separarse de su persona: fue su propia vida, su propia sangre, su propia obediencia, su propio cuerpo quebrantado bajo el juicio de Dios. Pedro lo expresa con una precisión estremecedora: fuimos rescatados “no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19).
Ahora bien, si quisiéramos describir este intercambio desde una perspectiva humana, podríamos decir que Cristo lo dio todo y nosotros no dimos absolutamente nada - Pero el intercambio fue todavía más profundo y más terrible - Porque nosotros sí llevamos algo al Calvario. No llevamos una ofrenda digna. No llevamos méritos. No llevamos buenas obras suficientes para equilibrar la balanza. No llevamos una vida moralmente aceptable que pudiera presentarse delante de Dios como parte de pago. Llevamos nuestro pecado. Llevamos nuestra culpa. Llevamos nuestra condenación. Llevamos nuestra maldición.
Y Cristo la recibió - Cristo ocupó nuestro lugar bajo el juicio que nosotros merecíamos. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El profeta no presenta la cruz como una simple demostración sentimental del amor de Dios, ni como un ejemplo inspirador de sacrificio altruista. Presenta al Siervo cargando aquello que pertenecía a otros. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).
Ese es el intercambio disparejo: nuestra culpa fue puesta sobre Cristo y su justicia es puesta sobre nosotros. Nuestro pecado fue imputado a Él y su justicia es imputada al creyente. Nosotros recibimos lo que Él merece; Él soportó lo que nosotros merecíamos. Nosotros recibimos aceptación; Él experimentó rechazo. Nosotros recibimos paz; Él soportó el castigo. Nosotros recibimos vida; Él entregó la suya. Nosotros recibimos bendición; Él se hizo maldición por nosotros.