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Society & CultureBusinessManagement

Trazando La Línea

Carlos Rivera

Profundizamos sobre el concepto de la Seguridad Humana Aplicada. Pieza fundamental para el bienestar de la comunidad. Vital para vivir en pleno, sin miedo, asegurando el disfrute la libertad y la protección de nuestra dignidad.

trazandolalinea.substack.com
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  • September 15 · 28 min

    “Confiar” o “No Confiar”: Esa es la Pregunta

    Por más de treinta años en el campo de la seguridad, he observado cómo la falta de confianza puede debilitar procesos, personas e instituciones. Identificar amenazas, descubrir irregularidades y considerar opciones en las que otros quizá no piensen es parte del trabajo. Esa responsabilidad no exige vivir sospechando de todo y de todos, especialmente de quienes trabajan junto a nosotros. Existe una gran diferencia entre mantener una postura de seguridad y desarrollar una cultura de sospecha. He visto también cómo iniciativas nobles, ambiciosas y de importancia crucial para la institución se deterioran cuando el análisis deja de basarse en el criterio y comienza a apoyarse en presunciones y prejuicios. Muchos de estos programas fueron creados para atender una necesidad real de la operación: observar conductas, identificar anomalías y reconocer señales que pudieran ameritar una evaluación más cuidadosa. Se buscaba identificar situaciones en las que alguien pudiera estar ocultando información, tratando de engañar o mostrando comportamientos que merecían atención adicional. [1] El problema surge cuando la herramienta deja de utilizarse para identificar indicadores de engaño y comienza a utilizarse para confirmar sospechas preconcebidas. Ahí cambia todo. Cuando el criterio es sustituido por el prejuicio, dejamos de preguntar “¿qué estamos observando?” y comenzamos a decidir lo que creemos que eso significa, antes de contar con información suficiente para llegar a una conclusión. Las personas son sometidas entonces a procesos más rigurosos, intrusivos o innecesarios. No porque su conducta lo justifique, sino porque alguien ya decidió interpretarla bajo una lente o un filtro particular. Y el daño no termina con la persona sometida al proceso. También se deteriora la herramienta: se debilita su credibilidad, se genera resistencia, se pierde confianza y, eventualmente, se ponen en duda programas e iniciativas que, bien aplicados, pueden mejorar significativamente nuestra efectividad y eficiencia. No siempre fallamos por falta de controles. A veces fallamos porque la cautela se convierte en temor, el escepticismo en sospecha y el criterio en prejuicio. Ese es el punto desde el cual parte esta reflexión. %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aportan en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. Mi punto de partida: la confianza consciente Gran parte de mi vida profesional se ha desarrollado dentro del ámbito de la seguridad. Quizá por eso esta reflexión pueda resultar, a primera vista, contradictoria. Mi filosofía personal de liderazgo incluye una noción bastante simple: confío en las personas desde el principio, hasta que me den razones para dejar de hacerlo. No se trata de creer que todo el mundo es bueno. Tampoco de ignorar amenazas, eliminar controles o asumir que nadie tiene intereses propios. Dentro del campo de la seguridad, resultaría absurdo sostener algo así. Mi filosofía propone algo diferente: no creo que una persona deba demostrar primero que es digna de confianza. La confianza es mi punto de partida. La conducta determina si esta permanece. Y precisamente por trabajar en el campo de la seguridad, llevo tiempo preguntándome si dentro de nuestra profesión hemos convertido a la sospecha permanente en la norma. Cuando sospechar se convierte en identidad profesional En el campo de la seguridad, es comprensible que tendamos a observar el mundo en términos de anomalías, vulnerabilidades, inconsistencias e intenciones ocultas. Es parte del oficio. Repasamos conductas, protegemos accesos, anticipamos escenarios y nos preguntamos qué puede salir mal y quién puede tratar de aprovecharse. El problema empieza cuando esa habilidad profesional deja de ser una herramienta y se convierte en nuestra forma permanente de interpretar el mundo y a las personas. De pronto, todo el mundo parece tener una agenda oculta. Una pregunta inocente despierta sospecha, una conversación informal se escudriña en busca de una intención oculta y una diferencia de opinión se interpreta como mala intención. El error comienza a verse como algo deliberado, la discrepancia como traición y, poco a poco, se crea una cultura en la que cualquiera puede ser culpable hasta que se demuestre lo contrario. "Algunos, temiendo ser engañados, han enseñado a engañar; con sus sospechas han dado a su amigo el derecho a fallar" —Séneca (65 d. C.) Según Lucio Anneo Séneca (mejor conocido como Séneca el Joven) célebre filósofo, político y escritor hispano-romano, nacido en Córdoba alrededor del 4 a.C., el tratar a alguien con sospecha constante, pudiese cultivar de por sí un entorno tan hostil que la otra persona termine sintiendo que, no importa cómo actúe, ya un juicio a sido emitido. Esto, en efecto y de manera paradójica, le otorga "permiso" moral o la excusa perfecta para traicionar tu confianza. La desconfianza genera desconfianza e invita a la traición. Hay un concepto particularmente importante que quienes trabajamos en seguridad debemos entender: observar una conducta e interpretar su intención no son la misma cosa. Entre la observación y la interpretación ocurre un proceso mental: vi algo, escuché algo, identifiqué una anomalía. Eso es información. Determinar por qué ocurrió, eso requiere análisis. Cuando confundimos observación con interpretación, corremos el riesgo de convertir nuestra experiencia profesional en una máquina para producir sospechas. Visto desde fuera, puede haber una lógica operativa para adoptar una actitud más cautelosa. Los sistemas de seguridad se diseñan precisamente porque no conocemos de antemano las intenciones de todas las personas que interactúan con ellos. Pero transferir esa mentalidad indiscriminadamente al interior de una organización tiene consecuencias. Una organización no puede funcionar permanentemente como si todos sus miembros fueran enemigos potenciales. Esto no significa negar que exista la amenaza interna, sino reconocer que no podemos identificarla juzgando a justos por pecadores. Por más oscuro que sea, de noche no todos los gatos son negros. Seguridad rigurosa no significa cultura de sospecha He aquí la gran diferencia. Una organización puede tener controles sumamente rigurosos y, al mismo tiempo, desarrollar una cultura de confianza. Esos conceptos no se contradicen entre sí. Puedo confiar en alguien y, aun así, imponerle controles de acceso. Puedo confiar en un gerente y, no obstante, someterlo a auditorías. Puedo confiar en un empleado y segregar sus funciones. Puedo confiar en un equipo y mantener registros, revisiones, limitaciones de autoridad, privilegio mínimo y mecanismos de supervisión. Los controles no tienen que existir porque sospechemos de alguien. Existen porque un sistema sólido nunca puede depender únicamente del comportamiento perfecto de una persona. Esa diferencia cambia por completo la conversación. En vez de decir: “Necesito mantenerte vigilado porque no confío en ti.” Podemos decir: “Tengo confianza en ti. Y este proceso es demasiado importante como para que cualquiera de nosotros pueda comprometerlo unilateralmente.” Es el mismo control, pero con una filosofía radicalmente distinta. El costo de desconfiar de todos La desconfianza permanente, vista desde fuera, puede parecer prudencia, pero vista desde dentro de una organización puede ser extraordinariamente costosa. Crea fricción, provoca conversaciones defensivas y multiplica los correos enviados para protegerse y dejar constancia, más que para comunicarse con efectividad. Hace que las personas escalen decisiones que podrían resolver por sí mismas, reduce la iniciativa, promueve la microgestión y convierte errores triviales en problemas mayores, porque la gente aprende rápidamente que admitir los errores, puede resultar más peligroso que esconderlos. Y quizá lo más preocupante para una organización de seguridad es que deteriora precisamente aquello que más necesitamos: el flujo de información. El trabajo de Amy Edmondson sobre la “psychological safety” o seguridad psicológica ayuda a entender ese costo: la percepción de que una persona puede asumir riesgos interpersonales —hacer una pregunta, plantear una preocupación, reconocer un error o contradecir una opinión— sin temor a las consecuencias sociales dentro del grupo. En el enlace a continuación, se explica el concepto de “voice” (voz) o cómo el expresar dudas, ideas o errores también implica asumir un riesgo interpersonal (Annual Review of Organizational Psychology). Esto no significa rebajar los estándares ni renunciar a la rendición de cuentas. Significa invitar a la gente a que hable. Cuando las personas creen que cualquier comentario puede ser utilizado en su contra, nos enfrentamos a un problema de seguridad grave. Cuando creen que una equivocación será interpretada automáticamente como incompetencia o mala intención, comienzan a ocultar errores. Cuando anticipan que sus decisiones serán cuestionadas independientemente del resultado, dejan de tomar decisiones. Esto no crea seguridad. Crea silencio. Y el silencio puede ser la peor vulnerabilidad, mucho más peligrosa que cualquier otra amenaza que intentemos controlar. La amenaza interna también existe Hasta aquí sería sencillo concluir que la solución consiste simplemente en confiar más. Pero la realidad no es así de sencilla: la amenaza interna es real. Al dar a nuestros empleados acceso a información, sistemas, relaciones, instalaciones y autoridad, ese acceso puede resultar particularmente atractivo para actores externos que intenten explotarlo. La Cybersecurity and Infrastructure Security Agency (CISA) define la amenaza interna como el potencial de que una persona utilice su acceso autorizado o su conocimiento de una organización para causar daño. Su definición reconoce que el daño puede resultar de acciones maliciosas, negligentes e incluso no intencionales (CISA). Un empleado puede ser explotado, sobornado, coaccionado, extorsionado o manipulado. Puede acumular resentimiento, verse bajo presión financiera, responder a ambiciones personales, atravesar cambios ideológicos o personales o, simplemente, violar procedimientos por conveniencia hasta crear una vulnerabilidad significativa. Reconocer esta realidad no contradice mi filosofía sobre la confianza. Lo que cambia es nuestra respuesta al riesgo. Riesgo no es igual a culpabilidad Una persona con acceso privilegiado posee capacidad y oportunidad. Eso crea riesgo. Pero capacidad no equivale a intención, y oportunidad no equivale a culpabilidad. Por eso el objetivo de un buen programa de seguridad interna no debería ser sospechar de todos por igual. Debería ser identificar cuándo aparecen razones objetivas para modificar nuestra evaluación. Ahí es donde la observación profesional sustituye a la paranoia. No se trata de desconfiar por desconfiar. Se trata de saber cuándo comenzar a hacerlo. Para mí, la idea se resume así: * CONFIANZA POR DEFECTO. * ATENCIÓN POR INDICADORES. * DESCONFIANZA POR EVIDENCIA. La confianza inicial no elimina la vigilancia; simplemente cambia lo que activa nuestra respuesta. En lugar de pensar: “Tiene acceso; por tanto, puede ser una amenaza.” prefiero pensar: “Tiene acceso; por tanto, existe un riesgo que debemos gestionar. Si aparecen indicadores relevantes, reevaluaremos ese riesgo.” La primera postura comienza sospechando de la persona; la segunda comienza gestionando el sistema. Un indicador no es una sentencia Esto también requiere disciplina. En seguridad hablamos constantemente de “red flags” o banderas rojas. Sin embargo, un indicador aislado puede tener muchas explicaciones. Un cambio de comportamiento, problemas económicos, una discusión con un supervisor, el acceso fuera de horario, un interés inusual en determinada información o una violación menor de procedimiento pueden llamar la atención sin demostrar intención maliciosa. Nada de esto demuestra por sí solo una intención maliciosa. Las personas atraviesan divorcios, problemas económicos, enfermedades familiares, frustraciones profesionales, estrés, duelos y crisis personales. Podemos identificar una anomalía sin convertirla de inmediato en acusación. Lo importante es evaluar el contexto, la recurrencia, la severidad, el acceso, la oportunidad y la convergencia de indicadores. La escala importa: 1. Una anomalía genera atención. 2. Un patrón genera preocupación. 3. La corroboración justifica escrutinio. 4. La evidencia puede justificar intervención. El supervisor también tiene un papel Aquí la confianza deja de ser una idea abstracta y se convierte en una práctica elemental de liderazgo. Confiar significa permitir que las personas tomen decisiones. Eso implica cierto riesgo y, con él, cierta incomodidad. Si supervisamos cada movimiento, podemos evitar algunos errores, pero eliminamos la oportunidad de observar algo mucho más importante: ¿qué hace una persona cuando realmente tiene opciones, cuando llega el momento de decidir? Douglas McGregor describió esa diferencia en “The Human Side of Enterprise”. La Teoría X parte de la idea de que el trabajador necesita dirección y control constantes. La Teoría Y sostiene que, en las condiciones adecuadas, las personas pueden asumir responsabilidad, autodirección y mayor autonomía. El MIT Sloan resume esta segunda mirada como una en la que se puede confiar en los empleados y darles capacidad de decisión (MIT Sloan). Para mí, esa oportunidad es parte esencial de supervisar. Un empleado puede encontrarse ante una decisión marcada por la conveniencia, la presión, la oportunidad o el riesgo. Quizás nadie lo esté mirando directamente; puede haber una manera sencilla de evadir una norma, ocultar un error, transferir responsabilidad, tomar un atajo o, por el contrario, hacer exactamente lo correcto aunque resulte más difícil. En ese momento, tiene que escoger. Mi responsabilidad como supervisor no es fabricar esas situaciones ni colocar trampas esperando que alguien falle. Tampoco consiste en intervenir constantemente para impedir que una persona enfrente decisiones reales. Mi responsabilidad es establecer expectativas claras, proveer los recursos necesarios, fijar límites razonables y después darle el espacio suficiente para ejercer criterio. La teoría de la autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, ayuda a explicar por qué ese espacio importa. Identifica la autonomía, la competencia y la relación con otros como necesidades psicológicas fundamentales, y la investigación asocia los entornos laborales que las apoyan con mayor motivación autónoma, mejor desempeño y bienestar (Annual Review of Organizational Psychology). Autonomía no significa ausencia de responsabilidad; por el contrario, dar espacio para decidir hace que la decisión tenga significado. * Si una persona toma una buena decisión, mi responsabilidad es extender la mano y ayudarla a continuar. * Si toma una decisión equivocada, necesito comprender qué ocurrió. ¿Fue un error razonable? ¿Faltaba conocimiento? ¿Hubo negligencia? ¿O tomó conscientemente una decisión contraria a sus responsabilidades? No todas esas respuestas dicen lo mismo sobre una persona. Error, negligencia y deshonestidad Esta distinción merece especial atención. Una persona puede tomar una decisión razonable y equivocarse; otra puede ignorar deliberadamente un procedimiento por comodidad; otra puede engañar conscientemente a la organización. No podemos tratar las tres situaciones como si fueran equivalentes. * Error no es negligencia. * Negligencia no es deshonestidad. * La deshonestidad tampoco demuestra automáticamente una amenaza interna. La madurez del liderazgo consiste precisamente en distinguir. Si tratamos cada equivocación como una transgresión moral, enseñamos a nuestra gente a ocultar errores. Si, por el contrario, ignoramos patrones serios porque no queremos tener conversaciones difíciles, creamos vulnerabilidades reales. El supervisor tiene que poder hacer ambas cosas: dar una oportunidad y exigir responsabilidad. * La autonomía provee oportunidad. * La decisión provee información. * La responsabilidad provee consecuencias. La confianza no consiste en evitarle al empleado toda ocasión de fallar, sino en permitirle demostrar qué hace con la oportunidad de escoger. Escuchar antes de confrontar Esta misma filosofía influye en otra parte crítica de mi trabajo: las entrevistas investigativas. Cuando entrevisto a una persona, intento comenzar desde una posición muy sencilla: no estoy allí para ganar una discusión. Incluso cuando conozco información que el entrevistado ignora que poseo, cuando sospecho que puede tener responsabilidad o cuando existen inconsistencias que tendré que confrontar, mi primera tarea sigue siendo entender. Una postura acusatoria cambia inmediatamente la naturaleza de la conversación. Cuando una persona percibe que quien está frente a ella ya llegó a una conclusión, tiene pocos incentivos para seguir explicando y comienza a defenderse. Aquí existe una diferencia fundamental: * Explicar produce información. * Defenderse produce posiciones. Por eso intento presentarme como alguien que no necesita que una versión particular resulte cierta. No necesito que sea culpable ni inocente; necesito comprender qué ocurrió. En términos coloquiales, le dejo saber que “no tengo perro en la pelea”. Mi trabajo exige que pueda seguir la evidencia incluso cuando me lleve a una conclusión diferente de la que inicialmente sospechaba. Neutralidad de método Esa neutralidad no es solo una disposición personal. Tom Tyler y la literatura sobre justicia procedimental ofrecen un marco útil: la percepción de justicia no depende únicamente del resultado. También influyen la oportunidad de tener voz, la neutralidad del proceso, el trato digno y respetuoso y la percepción de que quien ejerce autoridad actúa por motivos dignos de confianza (Trust and Justice). Para una entrevista investigativa, estos elementos tienen un valor sumamente práctico. Si quiero obtener información, comenzar creando un adversario es completamente contraproducente. Esto no significa mentir sobre mi función, fingir amistad o prometer resultados que no puedo garantizar. Tampoco significa abandonar el escepticismo profesional. Significa dar algo mucho más sencillo: una oportunidad real para que la persona cuente su versión antes de que yo la interprete por ella. El modelo PEACE (Planning and Preparation, Engage and Explain, Account, Closure, Evaluation) convierte esa disposición en método: estructura la entrevista, involucra al entrevistado, explica el proceso, obtiene su relato libre y reserva la evaluación para una fase posterior. Las guías oficiales británicas señalan que ayuda a obtener información clave y a que el entrevistado comprenda el proceso (College of Policing). Y no es solo una preferencia de estilo. Un estudio del 2024 basado en entrevistas reales con sospechosos encontró que el rapport y un trato respetuoso se asociaban con menor resistencia. También encontró que las preguntas abiertas producían significativamente más información que las cerradas. (Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling). Para un investigador, esto tiene todo el sentido práctico: hablar menos, escuchar más, preguntar antes de afirmar y permitir que la persona construya su propio relato. Cada detalle ofrecido crea algo que después puede evaluarse de manera objetiva: contexto, cronología, afirmaciones verificables, omisiones, inconsistencias y contradicciones. La apertura inicial no debilita la investigación; la fortalece. La neutralidad de método no significa ausencia de consecuencias. Mi trabajo es obtener la mejor información posible, contrastarla con los hechos y permitir que la evidencia me lleve a la conclusión. Confianza no significa ingenuidad Creo que parte de nuestra dificultad en seguridad proviene de una falsa dicotomía: * O eres desconfiado y profesional. * O eres confiado e ingenuo. No tiene por qué ser así. Podemos confiar y verificar, otorgar autonomía y exigir responsabilidad, respetar a una persona y controlar un proceso. Podemos mantener medidas rigurosas sin convertir cada interacción humana en una investigación, observar una anomalía sin inventar una intención e investigar sin acusar antes de tener evidencia sólida. Eso no es debilidad. Es disciplina. Una organización segura necesita personas que hablen Al final, ninguna cámara, política, sistema de acceso ni programa sofisticado de detección puede reemplazar algo mucho más elemental: personas dispuestas a hablar cuando algo no parece correcto. Para que hablen, necesitan confianza. Necesitan creer que una pregunta será escuchada, que pueden reconocer un error y que una preocupación puede plantearse sin convertirse automáticamente en acusación. Deben saber que reportar una anomalía no significa iniciar una cacería de brujas, y que el propósito real de la seguridad es comprender antes de condenar. Paradójicamente, una cultura de confianza es lo que permite identificar antes una amenaza real. Porque cuando existe confianza, las personas comparten información; cuando existe miedo, la esconden. El verdadero equilibrio No propongo abandonar el escepticismo profesional; sería irresponsable. Propongo utilizarlo donde corresponde. La seguridad debe reconocer que las personas pueden mentir, manipular, cometer fraude, abusar de privilegios o ser explotadas por terceros. Pero también debe reconocer que la mayoría de las interacciones humanas ordinarias no son operaciones encubiertas. No toda conversación esconde una segunda intención, no toda discrepancia es insubordinación, no todo error es sabotaje y no toda persona con acceso es una amenaza. Nuestro trabajo no debe consistir en encontrar culpabilidad donde todavía no existe evidencia. Debe consistir en construir sistemas capaces de detectar cuándo el riesgo comienza realmente a cambiar y desarrollar líderes capaces de reconocer esa diferencia. Por eso sigo prefiriendo comenzar desde la confianza. No una confianza ciega ni absoluta, sino una confianza que reconoce que aceptar cierto grado de vulnerabilidad es precisamente parte de confiar. Una confianza consciente de que las personas cambian, se equivocan y pueden ser susceptibles a presión o influencia externa. Esta filosofía de seguridad sostenible se resume en un marco de acción: * CONFIAR EN LAS PERSONAS. * CONTROLAR LOS SISTEMAS. * DAR ESPACIO PARA DECIDIR. * OBSERVAR LA CONDUCTA. * IDENTIFICAR LOS INDICADORES. * SEGUIR LA EVIDENCIA. * ACTUAR CUANDO SEA NECESARIO. La confianza es el punto de partida. Los indicadores cambian la evaluación. La evidencia cambia la confianza. Y creo que esa puede ser una forma más sostenible, más inteligente y, sobre todo, más humana de hacer seguridad. [1] La historia central es una recreación literaria inspirada en hechos reales. Se alteraron lugares, fechas, funciones, personajes y otros detalles para proteger identidades y evitar la identificación de organizaciones concretas. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! Si quieres entender mejor el concepto de Seguridad Humana, puedes adquirir mi serie de libros en Amazon: Get full access to Carlos Rivera at trazandolalinea.substack.com/subscribe

  • September 8 · 27 min

    OSINT Casero para el Viajero del Siglo XXI

    Viajar siempre ha implicado algún grado de riesgo. Sé que no te estoy diciendo nada nuevo. Desde que existe historia documentada, el conflicto, la inestabilidad política, la criminalidad y las tensiones entre sociedades han acompañado al ser humano. Cambian los actores, cambian las fronteras, cambian las razones y cambian las herramientas, pero el conflicto siempre existe. %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aporten en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. Soy producto de la Guerra Fría. Adolescente de los 80. Soldado de los 90. Veterano de los 2000. Crecí y eventualmente serví en un mundo definido por dos colosales bloques, por una Europa dividida, por la amenaza nuclear y por una manera bastante particular de entender quién era aliado, quién era adversario y dónde estaban las líneas. Además de haber sido combatiente, llevo décadas observando cómo ese escenario se ha transformado. Algunas veces desde muy cerca; otras, desde la distancia profesional de quien continúa prestando atención a lo que ocurre alrededor del mundo. Y eso inevitablemente afecta mi percepción. Para aquel que nació después de la caída del Muro de Berlín (1989), tras la desaparición de la Unión Soviética (1991) o incluso después del 11 de septiembre de 2001, es posible que tenga una perspectiva del mundo algo diferente a la mía. Muchas de las condiciones que para mi generación representaron cambios significativos son simplemente parte del paisaje normal para generaciones más recientes. Eso no significa que una generación entienda el riesgo mejor que otra. Solo que nuestros puntos de referencia son diferentes. Durante ese tiempo hemos visto guerras terminar y otras comenzar; países desaparecer y otros surgir; terrorismo internacional, crisis económicas, pandemias, extensos movimientos migratorios, economías fluctuar, cambios tecnológicos y nuevas razones por las que Estados deciden entrar en conflicto. También hemos visto cómo un conflicto aparentemente lejano y ajeno a nuestra realidad, puede afectar rutas aéreas, fronteras, precios, cadenas de suministro, seguridad energética o decisiones políticas a miles de kilómetros de distancia. No digo que vivimos en el momento más peligroso de la historia; eso sería exagerado y bastante alarmista. Ese no soy yo. En perspectiva, la historia del mundo está llena de tragedias y épocas mucho más nefastas que la que vivimos hoy día. Lo que sí puedo decir es que el panorama cambia, y que algunas de esas transformaciones pueden afectar directa o indirectamente la manera en que viajamos. Y, sin embargo, seguimos viajando. Y muchísimo. En 2021, todavía bajo los efectos de la pandemia de COVID-19, el mundo registró aproximadamente 415 millones de llegadas turísticas internacionales. Para 2025, UN Tourism estimó alrededor de 1,520 millones de llegadas, consolidando una recuperación prácticamente total y estableciendo un nuevo récord. No utilizaría esa comparación para decir simplemente que el turismo creció vertiginosamente. El año 2021 fue demasiado irregular para servir como base . Pero los números sí ilustran algo mucho más interesante: la gente quiere viajar. Incluso después de una pandemia, incluso mientras existen conflictos armados, incluso cuando las relaciones entre algunas potencias se deterioran, incluso cuando los titulares pueden hacer parecer que medio planeta está a punto de encenderse en llamas. No sé si esto responde a optimismo, curiosidad, el deseo de recuperar experiencias perdidas o una combinación de todas estas cosas. Pero es una realidad. La gente continúa montándose en aviones. Y yo también. 1. Buscar amenazas es fácil; analizar riesgo es necesario Este mismo año viajé junto a mi esposa y varios amigos a Marrakech y Portugal. Fue un viaje largo, intenso, ambicioso y, al final, extraordinariamente espectacular. Pero antes de salir hice lo que, por experiencia profesional, estoy acostumbrado a hacer: una evaluación de riesgo. No estoy hablando de buscar hoteles. Estoy hablando de riesgo. Revisé condiciones políticas, sociales y de seguridad. Observé acontecimientos regionales. Evalué rutas, desplazamientos, posibles interrupciones, criminalidad, protestas, condiciones culturales y otros factores que pudieran tener algún efecto sobre nosotros. Probablemente se me pasó la mano. De hecho, a veces bromeo que si mi esposa viera todo el proceso de análisis que realizo antes de un viaje, es probable que me hubiera preguntado: ¿Pero… tú estás loco? ¿Pa’ qué carajos vamos pa’ allá? ¿Tú quieres que nos maten? ¿Quieres deshacerte de mí? Eso es, ¿verdad?😅 Porque ocurre algo muy curioso cuando uno comienza a buscar amenazas: las encuentra. Siempre. Ninguna ciudad es cien por ciento segura. Ningún país es cien por ciento estable. Ninguna carretera está completamente libre de accidentes. Ninguna zona turística está exenta de crimen. Ningún aeropuerto está libre de interrupciones. Si buscas, siempre encontrarás algo malo sobre prácticamente cualquier lugar del planeta. Y ahí está precisamente el problema: encontrar amenazas no es lo mismo que analizar riesgo. Mi ejercicio antes de Marrakech no me convenció de cancelar el viaje; me ayudó a entenderlo. Ese es el punto fundamental. La mayoría de nosotros investiga exhaustivamente antes de viajar: buscamos vuelos, hoteles, restaurantes, excursiones y alquileres de automóvil. Comparamos precios, leemos reseñas, vemos videos y estudiamos fotografías. Consultamos Google, TripAdvisor, YouTube, blogs de viajes. Podemos saber qué hotel tiene el mejor desayuno o dónde está la terraza con la mejor vista. Toda esa información es útil, pero casi toda está diseñada para contestar una pregunta básica: ¿Cómo puedo crear la mejor experiencia posible? Hay otra pregunta que merece acompañarla en la planificación de cualquier viaje: ¿Cuál es el entorno dentro del cual voy a tener esa experiencia? No necesariamente encontraremos esa respuesta en la página de ventas del hotel. Tendremos que investigar de forma independiente para comprender la situación política, social, sanitaria o criminal de un destino y, sobre todo, determinar si esos factores tienen alguna consecuencia real para nuestro viaje. No preguntes solamente: ¿Es ese país seguro? Es una pregunta demasiado amplia. Un país puede tener una región completamente normal para el turismo y otra donde existe conflicto armado. Una ciudad puede ser generalmente tranquila mientras determinada zona experimenta protestas. Una carretera puede presentar un riesgo completamente diferente durante la noche. Una actividad puede exponer a un viajero a condiciones que otro turista, hospedado en el mismo hotel, nunca experimentará. Por eso prefiero otra pregunta mucho más acertada: ¿Qué riesgo existe para mí, en ese lugar, en ese momento, haciendo lo que pienso hacer? Ahí cambia completamente el análisis. Podemos reducir la lógica analítica a seis elementos fundamentales que estructuran nuestro razonamiento de seguridad: 1. Amenaza: ¿Qué puede ocurrir? (Crimen, disturbios, terrorismo, enfermedad, fenómenos naturales, accidentes, interrupciones de transporte, conflicto armado, detención, fraude, etc.). 2. Exposición: ¿Qué tan cerca me coloca mi itinerario de esa amenaza? Una manifestación a 800 kilómetros de donde estaré significa una cosa; una manifestación frente a mi hotel, otra. 3. Vulnerabilidad: ¿Qué capacidad tengo para enfrentar el problema? Factores como el idioma, movilidad, salud, dinero disponible, comunicaciones, documentación, conocimiento del área y flexibilidad de itinerario cambian significativamente la respuesta. 4. Mitigación: ¿Qué puedo hacer para reducir la exposición o las consecuencias? Cambiar de ruta, mover una actividad, escoger otro hotel, evitar determinada hora, contratar transporte confiable o comprar un seguro apropiado. 5. Riesgo residual: Después de hacer todo eso, ¿qué queda? Porque siempre queda algo. No existe tal cosa como “cero riesgo”. 6. Decisión: ¿Acepto ese riesgo residual? ¿Lo reduzco más? ¿Cambio de planes, fechas o sencillamente concluyo que la actividad no vale la pena? Esta lógica no es invención mía. Existe una disciplina formal de Gestión de Riesgos de Viaje (Travel Risk Management). La norma internacional ISO 31030, por ejemplo, establece un enfoque estructurado que incluye identificación de amenazas, evaluación del riesgo y estrategias de prevención y mitigación. La norma está diseñada principalmente para organizaciones y sus viajeros corporativos, pero su razonamiento resulta perfectamente transferible como marco analítico para el viajero recreativo. No se trata de convertir las vacaciones en una operación militar; se trata de evitar que el miedo sustituya al análisis. 2. Tu riesgo no necesariamente es igual a mi riesgo: Perfiles y Percepciones Hay además una variable que una evaluación general de un país no siempre captura adecuadamente: quién eres —o quién creen los demás que eres— también puede modificar tu exposición. Aquí entra un concepto incómodo, pero muy real. En el análisis geopolítico aparece frecuentemente la palabra “occidentales” (westerners). Tendemos a interpretarla geográficamente, cuando en realidad puede funcionar más como una categoría política, cultural, económica o social. Australia o Nueva Zelanda, por ejemplo, son habitualmente incluidas dentro del llamado Occidente, aunque la descripción geográfica pura tenga poco sentido. Y operacionalmente, esto importa de manera crítica. Cuando viajamos, el entorno local no necesariamente conoce nuestra ciudadanía, profesión, religión, valores, historia personal o intenciones reales. Nos interpretan inicialmente a partir de lo que pueden observar a simple vista. Alguien puede ser percibido como estadounidense, europeo, occidental, extranjero, adinerado o miembro de determinada religión o grupo étnico, aun cuando alguna de esas percepciones sea completamente incorrecta. Y esas percepciones pueden producir respuestas muy diferentes dependiendo del lugar. No significa que debamos asumir hostilidad; significa simplemente que la aceptación social y las protecciones legales que damos por sentadas en nuestra propia sociedad no son universales. * Vestimenta, Costumbres y Leyes: Independientemente del género, es crucial reconocer que diferentes países aceptan cierta vestimenta, y otros simplemente la ilegalizan.Por ejemplo, el uso de ropa de camuflaje es estrictamente ilegal para los civiles en más de 20 países de todo el mundo, principalmente en el Caribe, África y Oriente Medio. En estos destinos, las leyes prohíben a los civiles y turistas usar o llevar cualquier artículo con estampado de camuflaje, incluidos gorros, bolsos, mochilas y trajes de baño. Estos diseños están reservados exclusivamente para el uso de las fuerzas armadas y la policía con el fin de evitar suplantaciones o confusiones. En algunas naciones africanas, vestir prendas con camuflaje de estilo militar puede acarrear detenciones o multas, ya que las autoridades permanecen alerta ante rebeliones armadas, cazadores furtivos o grupos de milicias que utilizan patrones similares.También existen ciertas costumbres menos severas, pero apuntan a una expectativa no tan obvia para culturas occidentales. En entornos públicos informales, los hombres japoneses suelen usar pantalones cortos durante los meses calurosos de verano; sin embargo, tradicionalmente este estilo se considera excesivamente infantil o inapropiado para espacios profesionales y sagrados. * Mujer viajando sola: Puede encontrar un destino perfectamente accesible y hospitalario, pero también puede enfrentar normas sociales diferentes, expectativas particulares sobre vestimenta o comportamiento, una exposición distinta al acoso o consideraciones adicionales al utilizar transporte público. Las recomendaciones oficiales de los departamentos de estado de diversos países mantienen guías específicas para mujeres viajeras precisamente porque estas condiciones varían drásticamente. * Viajero gay, lesbiana, bisexual o transgénero: Enfrenta variaciones todavía más marcadas. Una conducta perfectamente legal y socialmente aceptada en su país de origen puede estar restringida o incluso severamente criminalizada en otro. Aun donde no existe una prohibición legal expresa, la aceptación social y las actitudes locales pueden cambiar considerablemente, modificando la seguridad del viaje. * Identidad religiosa: Una persona puede viajar sin que su identidad religiosa sea visible, mientras otra utiliza determinada vestimenta, visita lugares de culto, participa en una peregrinación o practica públicamente su fe. Hay sociedades donde determinadas expresiones religiosas son completamente normales y otras donde están estrictamente reguladas o generan sensibilidades locales profundas. * Raza, etnia o nacionalidad percibida: Puede influir en interacciones cotidianas, someter al viajero a controles adicionales en puestos de seguridad o exponerlo a experiencias discriminatorias o sesgos de percepción local. * Diásporas y doble nacionalidad: Mantener vínculos familiares o la ciudadanía del país que se visita puede crear obligaciones o restricciones que no afectan a otros turistas. En algunos casos, el gobierno local puede tratar al viajero exclusivamente como ciudadano suyo, limitando la capacidad de asistencia consular de su otro gobierno. * Perfil profesional: Un periodista no entra a un país con el mismo perfil que un turista convencional. Fotografiar determinada instalación, entrevistar personas o usar equipos de grabación especializados puede ser normal en un contexto y acarrear graves implicaciones legales en otro. Algo similar aplica para militares activos o retirados, funcionarios públicos o investigadores cuyas carreras adquieran un significado político local. 3. Caso Práctico: “Legal” no siempre significa “Prudente” No solamente importa quién yo soy y como afecta eso mi interacción en el entorno que visito; también importa qué actividad pienso hacer en este terreno nuevo. Aprendí esta lección de forma contundente durante mi viaje a Colombia en 2023. Tengo licencia de la FAA estadounidense como piloto de sistemas aéreos no tripulados (UAV/drones), pero una licencia norteamericana no es válida de forma automática en el exterior. Antes de viajar, me tomé el tiempo de solicitar la autorización correspondiente ante la Unidad Administrativa Especial de Aeronáutica Civil de Colombia (Aerocivil). El trámite fue aprobado y, bajo los términos establecidos en la resolución oficial, yo contaba con el permiso legal para elevar mi dron en diversos puntos de mi itinerario. Eso resolvía impecablemente la parte legal. Sin embargo, no resolvía la parte cultural ni la realidad en el entorno. Lo experimenté en dos vecindarios de Medellín: Dos realidades en Medellín: Comuna 13 y Barrio Pablo Escobar En la Comuna 13 de Medellín, antes de desplegar el dron, decidí consultar con nuestro guía. Era un muchacho muy joven, de no más de 18 años, pero con un conocimiento absoluto de la dinámica comunitaria. Él me pidió un momento, fue a hablar directamente con uno de los líderes comunitarios de la zona y regresó con luz verde. Gracias a esa pequeña consulta local, pude volarlo de forma segura y obtuve algunas de las tomas aéreas más espectaculares de nuestro viaje. Días después, visitamos otra comunidad en Medellín: el Barrio Pablo Escobar. Mi autorización formal de Aerocivil seguía vigente y mi análisis preliminar indicaba que no nos encontrábamos dentro del espacio aéreo militar restringido del cercano Batallón Bomboná. Sin embargo, repetí el protocolo de seguridad y pregunté a mi guía antes de sacar el dron. Su respuesta fue contundente: ‘No lo haga. En este barrio los drones no son bienvenidos. Algunos residentes los asocian con vigilancia o intrusión, y hay una posibilidad real de que intenten derribarlo.’ Tenía la autorización de la máxima autoridad aeronáutica del país. Tenía mi licencia. Podía argumentar que mi vuelo era perfectamente legal, y nada de eso hacía prudente elevar aquel dron en el Barrio Pablo Escobar. No lo hice. En mis viajes posteriores a España, Marruecos y Portugal, ni siquiera intenté llevar o volar el dron: las regulaciones locales y las complejidades operacionales hacían que, sencillamente, el esfuerzo no valiera la pena. Este ejemplo práctico ilustra una verdad fundamental para el análisis de riesgos: la legalidad, la aceptación local y la prudencia son tres conceptos completamente distintos. Una autorización gubernamental responde la pregunta: ¿Puedo hacerlo legalmente? Pero el análisis de riesgo real añade preguntas situacionales indispensables: ✔ ¿Debo hacerlo específicamente en este lugar?✔ ¿Debo hacerlo en este preciso momento?✔ ¿Cómo será percibida mi actividad por la gente de este vecindario?✔ ¿Qué consecuencias locales puede tener mi acción, aunque técnicamente esté permitida? En Colombia, el documento de Aerocivil era una fuente oficial muy válida, pero el consejo empírico y oportuno de mi guía de Medellín fue la pieza de información local más accionable. A veces, la mejor fuente de seguridad no está escrita en una ley ni dibujada en un mapa oficial, sino en la perspectiva directa de quien vive y comprende el entorno cotidiano. 4. El Turista como Fenómeno Social: Barcelona y las tensiones del “overtourism” Existe una categoría todavía más simple que nos engloba a todos: El Turista. Ser identificado de inmediato como un visitante extranjero modifica cómo nos percibe el entorno. Ciertos sectores pueden asumir de antemano que tenemos un alto poder adquisitivo, que desconocemos las dinámicas locales, que no conocemos las leyes de protección o que nos resultará difícil denunciar cualquier fraude o robo una vez regresemos a nuestro país de origen. Una cámara llamativa, el idioma en el que conversamos o simplemente caminar arrastrando maletas anuncia nuestra condición de turista antes de pronunciar la primera palabra. Pero hoy en día existe otra dimensión de este perfil que considero sumamente relevante: el turista también puede personificar, de manera involuntaria, un fenómeno socioeconómico sobre el cual existe una acalorada controversia local. El turismo es un motor de empleo, ingresos y enriquecimiento cultural indudable. Sin embargo, en destinos con saturación extrema surgen profundas tensiones en torno a la congestión urbana, la disponibilidad de vivienda, el incremento de los alquileres de corto plazo, la transformación de la identidad vecinal y la sobrecarga de los servicios públicos. Los alquileres turísticos de corto plazo, asociados a plataformas como Airbnb, se han convertido en el foco más álgido de este debate en ciudades como Barcelona. Y esto no lo sé únicamente por informes de prensa o lecturas de gabinete. Caso Práctico: Protestas de Overtourism en Barcelona 2025 En 2025 visité Barcelona junto a mi esposa. Mientras recorríamos los alrededores de la Sagrada Familia, coincidimos directamente con una gran manifestación dirigida precisamente contra los alquileres turísticos de corto plazo y el impacto del overtourism en el costo de la vivienda. Se trataba de una protesta previamente anunciada, coordinada y que se desarrolló mayormente en términos pacíficos. De hecho, nuestro hotel nos había advertido sobre la marcha por la mañana, sugiriéndonos que no representaría un peligro real para nosotros. Así fue en gran medida, aunque en ciertos puntos de tensión algunos manifestantes arrojaron botellas de agua y pintura sobre zonas turísticas. Nosotros no éramos parte del debate de vivienda, no habíamos organizado la manifestación ni representábamos un objetivo específico para los manifestantes. Éramos simplemente turistas que, en ese momento y lugar exactos, nos encontrábamos cruzando el escenario donde esa fricción social latente se estaba expresando de forma activa. El análisis de este caso es sumamente ilustrativo. Barcelona no se convirtió de pronto en una ciudad insegura, ni la majestuosa Sagrada Familia en un sitio prohibido. Admito que en todo mi análisis previo a la visita, no identifiqué este riesgo. No era una noticia que hubiese resaltado en cabeceras de noticias internacionales. Simplemente ocurrió mientras visitábamos. Sencillamente, existía una situación localizada, relativamente previsible y temporal que alteraba de forma directa nuestro entorno inmediato. La respuesta idónea no era la parálisis ni cancelar la visita, sino la conciencia situacional: comprender qué ocurría, mantener una distancia prudente de los puntos de fricción, no entorpecer el paso de la manifestación y continuar con nuestros planes adaptándonos con calma. Esto nos enseña que no podemos asumir que un destino, por el mero hecho de recibir a millones de viajeros cada año, mantenga una relación sencilla y exenta de tensiones con el turismo. Hasta nuestra forma de hospedarnos influye en la exposición de riesgo: un visitante alojado en un hotel convencional puede ser percibido de manera distinta a uno que pernocta en un apartamento turístico ubicado en un edificio residencial donde existe un conflicto activo entre vecinos por la gentrificación. El viajero no está llamado a tomar partido en las disputas sociales locales, pero sí tiene el deber de conocer su existencia. Una manifestación nacida por debates de transporte o vivienda puede coincidir con la calle que planeas recorrer esa tarde. 5. Metodología Práctica: El Análisis OSINT de 7 Capas No pretendo que un viajero convierta su sala en una central de inteligencia táctica antes de irse de vacaciones. El objetivo es mucho más accesible: aprender a llevar a cabo una evaluación OSINT básica de tu viaje. OSINT (Open Source Intelligence) es simplemente el análisis inteligente de fuentes de información abiertas y disponibles públicamente para tomar decisiones racionales e informadas. Nada requiere accesos confidenciales; casi todo es de acceso libre y podemos estructurarlo mediante 7 capas analíticas esenciales: ■ Capa 1: Triangulación de Perspectivas Oficiales (El filtro consular)Los travel advisories oficiales no son verdades absolutas, sino evaluaciones políticas y consulares que cada gobierno diseña primordialmente para sus propios ciudadanos según su pasaporte. Por ello, inicia revisando las recomendaciones consulares de tu propio país (como las Recomendaciones de Viaje de España, la Guía del Viajero de México o las alertas consulares de Colombia y Argentina). Posteriormente, contrástalas con dos o tres sistemas extranjeros robustos como el FCDO del Reino Unido, el Travel Advice de Canadá o las alertas de Francia, Alemania, Portugal, Brasil, Italia y Estados Unidos. Si tres gobiernos independientes advierten sobre problemas en una misma zona subnacional, el riesgo es estructural y merece atención. ■ Capa 2: El Panorama General de Riesgo (El mapeo visual)Utiliza el Risk Map de International SOS, una excelente herramienta de acceso público que combina la visualización de riesgos de seguridad geopolítica y riesgos sanitarios a nivel global. Sirve como un excelente filtro inicial para identificar qué regiones específicas del mapa requieren que hagamos una búsqueda de información mucho más profunda. ■ Capa 3: El Enfoque Regional Subnacional (Conflicto y Protestas)Evita tratar a un país entero como una unidad homogénea de riesgo. Un conflicto fronterizo en Türkiye puede ser sumamente relevante a nivel geopolítico, pero operacionalmente irrelevante para tu itinerario en Estambul. La plataforma ACLED (Armed Conflict Location & Event Data) es perfecta para esto: recopila datos precisos de violencia política y manifestaciones a nivel subnacional, permitiéndote comprobar si las protestas o tensiones coinciden geográficamente con tus rutas y medios de desplazamiento. ACLED Conflict Alert System (CAST) ■ Capa 4: La Mirada desde Dentro del Destino (La perspectiva micro)Mientras los gobiernos extranjeros evalúan un país desde fuera, la información más fresca y accionable se produce desde dentro. A medida que se acerca la fecha del viaje, monitorea las cuentas de la policía local, protección civil, ministerios de salud locales, operadores de transporte público, aeropuertos y periódicos de la ciudad que visitas. Como vimos en Medellín o Barcelona, un hotel, un conductor local o un guía a menudo poseen datos precisos sobre manifestaciones puntuales o regulaciones prácticas que ningún advisory internacional llegará a registrar a tiempo. ■ Capa 5: Riesgo Sanitario y de Salud PúblicaLa seguridad del viajero trasciende la delincuencia. Consulta de forma proactiva las alertas sanitarias de tu propio país y contrástalas con el CDC Travelers’ Health (un recurso excelente para brotes globales y medicina del viajero) y las noticias oficiales Disease Outbreak News de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para estar al tanto de condiciones epidemiológicas locales relevantes. ■ Capa 6: Contexto Criminal EstructuralPara comprender el entorno donde te moverás, consulta el Global Organized Crime Index, que evalúa el crimen organizado y la resiliencia institucional en los 193 Estados miembros de la ONU. Un índice alto no significa una condena de que serás asaltado; es un indicador del ambiente estructural y de la fortaleza de las fuerzas del orden locales frente al crimen complejo. Sirve para calibrar tu nivel general de alerta. ■ Capa 7: Monitoreo Activo en Tiempo RealUna vez en camino, el riesgo continúa evolucionando. Asegúrate de registrar tu viaje en el sistema consular oficial de tu propio país diseñado para emergencias. En Estados Unidos se cuenta con STEP; España mantiene su Registro de Viajeros; México utiliza SIRME; Francia tiene Fil d’Ariane; Alemania cuenta con ELEFAND; e Italia dispone de Dove siamo nel Mondo. Estos registros gratuitos te garantizan recibir alertas inmediatas sobre clima, huelgas o seguridad directo a tu teléfono móvil durante el viaje. Resumen Analítico: Mi Combinación Básica de Recursos Para simplificar el proceso, he estructurado esta matriz que detalla mis recursos sugeridos para cada necesidad de análisis de riesgo de viaje, facilitando una implementación práctica: 6. El rol de las redes sociales y la Inteligencia Artificial ¿Y qué papel juegan las noticias inmediatas, los foros de Reddit o las publicaciones en Facebook, X, TikTok y grupos de viajeros en Facebook? También son sumamente valiosos, pero deben ser procesados de una manera distinta. Las redes sociales y los foros actúan como un sistema de alertas tempranas: producen señales (leads), no conclusiones. Un viajero puede advertir sobre una modalidad de estafa reciente en determinada plaza, o reportar que un camino específico está bloqueado por un deslave o una protesta imprevista. Tratamos esa información como un indicio para iniciar una búsqueda de confirmación independiente, no como una verdad de inmediato. La cantidad de ‘likes’, compartidos o comentarios en un post no transforma una opinión o rumor en información de inteligencia confiable. La inteligencia artificial, por su parte, es una herramienta formidable que utilizo con frecuencia y que jugará un rol cada vez mayor en nuestras preparaciones. La IA brilla organizando grandes volúmenes de datos, extrayendo discrepancias en informes de seguridad complejos y traduciendo fuentes nativas en tiempo real. Esto último es una revolución: dado que gran parte de la información más oportuna de la Capa 4 está publicada en francés, italiano, alemán, portugués, turco o árabe, las herramientas de traducción impulsadas por IA abren un universo de datos locales que antes nos resultaban inaccesibles. Sin embargo, es vital apegarse a una regla de oro de la inteligencia: La inteligencia artificial puede ayudarte a analizar una fuente, pero nunca debe convertirse en la fuente misma. Si una conclusión de seguridad es lo suficientemente crucial como para alterar tu ruta, cambiar tu hotel o cancelar una actividad, debes poder verificarla directamente en la fuente primaria: abrir el informe oficial, leer el periódico local, comprobar el boletín de salud pública o identificar formalmente quién lo publicó. La IA actúa como un excelente asistente analítico, pero el juicio final sigue siendo exclusivamente tuyo. 7. El análisis continuo: Línea de Tiempo del Viajero Para nuestro viaje planificado de 2027 (donde recorreremos Türkiye, el Mar Negro, el Báltico y los Balcanes), ya he comenzado a observar el entorno macro. No obstante, sería un error metodológico grave pensar que una evaluación efectuada hoy describe de manera fidedigna la realidad que encontraremos dentro de un año. El riesgo es dinámico por naturaleza. Una protesta puede ser convocada la próxima semana, una tormenta cambia de trayectoria en horas, una aerolínea suspende vuelos o un brote epidemiológico surge inesperadamente. Por esta razón, la evaluación de riesgos debe estructurarse como un ejercicio continuo y secuencial en el tiempo, dividido en cuatro etapas muy lógicas: * 🗓️90 días antes del viaje: Evaluación general del entorno macro de seguridad de los destinos seleccionados y verificación de la viabilidad general del itinerario propuesto, lo cual te permite realizar ajustes mayores de ruta o reembolsos sin penalizaciones costosas. * 🗓️30 días antes del viaje: Revisión del panorama a nivel regional y subnacional. Análisis detallado de las condiciones de transporte local, alertas sanitarias específicas, patrones de criminalidad común y la estabilidad del clima sociopolítico del entorno. * 🗓️7 días antes del viaje: Monitoreo enfocado de eventos recientes, convocatorias de protestas locales, huelgas de transporte previstas para tus fechas de tránsito, pronósticos meteorológicos de corto plazo y cualquier alerta operativa emitida por tu aerolínea u hotel. * ⌛Durante el viaje: Revisión rápida de alertas consulares enviadas a tu teléfono móvil y una breve verificación situacional del entorno local cuando la realidad sobre el terreno justifique tomar una decisión operativa inmediata. No necesitas empezar de cero en cada una de estas fases. Tu única pregunta directriz debe ser sumamente sencilla pero analíticamente poderosa: ¿Qué cambió? Esta simple pregunta resume a la perfección el núcleo del monitoreo activo. Viajar entendiendo el riesgo No escribo estas líneas para convencer a nadie de que el mundo es un lugar demasiado peligroso para aventurarse en él. Semejante postura sería una total contradicción con mi propia vida. Yo viajo constantemente y tengo la plena intención de continuar explorando el planeta. Tampoco propongo bajo ningún concepto transformar unas anheladas vacaciones familiares en una aburrida u obsesiva operación de inteligencia táctica. Mi propuesta es infinitamente más modesta: incorporar de manera orgánica la información sobre seguridad, salud, cultura y entorno político al mismo proceso analítico con el que habitualmente ya comparamos tarifas aéreas, puntuaciones de hoteles y menús de restaurantes. El objetivo de analizar el riesgo no es encontrar suficientes pretextos para alimentar el miedo. Si esa es nuestra meta, ten por seguro que siempre daremos con ellos en abundancia. El propósito genuino es aprender a discriminar cuáles amenazas verdaderamente importan, determinar en qué grado exacto estamos expuestos a ellas, diseñar medidas de mitigación inteligentes y, finalmente, decidir si el riesgo residual es aceptable para nosotros. A veces la solución será tan simple como cambiar la reserva de un hotel. A veces consistirá en modificar la ruta de carretera. A veces se resolverá evitando transitar determinada avenida durante una tarde de manifestación. A veces implicará dejar el dron guardado de forma prudente en la habitación. A veces nos llevará a contratar un transporte de confianza o, simplemente, a aplazar un trayecto un par de semanas. Sí, habrá ocasiones contadas en las que la decisión prudente y analítica dictará sencillamente que no debemos viajar. Pero en la inmensa mayoría de las situaciones, el resultado de aplicar esta metodología te dará la certeza analítica opuesta: La Certeza del Viajero Entiendo perfectamente el entorno en el que me voy a mover. Sé exactamente qué factores debo observar en el terreno. Conozco cuáles son mis planes de mitigación y seguridad. Estamos listos. Vamos. Porque viajar con seguridad absoluta y cero riesgos es una utopía imposible. Pero viajar comprendiendo, asumiendo y gestionando el riesgo, definitivamente no lo es. Lleva este análisis a tu próximo viaje Hasta aquí te he explicado cómo pienso y qué recursos utilizo. Pero sería mucho más útil si pudieras tomar esta metodología y aplicarla inmediatamente a tu propio viaje. Para eso puedes utilizar una herramienta de inteligencia artificial con acceso a información web actual —ChatGPT u otra plataforma que pueda consultar fuentes recientes, comparar información y mostrarte de dónde obtiene sus conclusiones. La idea no es pedirle a una IA que decida si un país es “seguro” o “peligroso”. Eso sería precisamente reducir todo el ejercicio que acabamos de desarrollar a una respuesta demasiado simple. La intención es utilizarla como asistente de investigación. Que busque. Que compare. Que identifique discrepancias. Que organice la información. Que te señale lo que merece una segunda mirada. Y que te ayude a construir una evaluación de riesgo basada en tu destino, tus fechas, tus actividades y tu perfil particular como viajero. Recuerda la regla que discutimos anteriormente: La inteligencia artificial puede ayudarte a analizar una fuente, pero nunca debe convertirse en la fuente misma. Por eso los “prompts" que comparto a continuación exigen que la herramienta muestre las fuentes utilizadas, distinga entre hechos e inferencias y reconozca aquello que no pudo confirmar. Puedes copiarlo, completar los espacios correspondientes y utilizarlo como punto de partida para tu próximo viaje. No necesitas ser analista. No necesitas acceso a información confidencial. Solo necesitas hacer mejores preguntas. OSINT Casero — Quick Scan (ChatGPT.com) Si lo que buscas es una revisión rápida antes de reservar o confirmar un viaje, utiliza esta versión: PROMPT — QUICK SCAN IMPORTANTE: Remueve los ejemplos {ejemplo} y llena los blancos [___] con tu información. Actúa como un asistente de análisis de riesgos de viaje utilizando exclusivamente inteligencia de fuentes abiertas (OSINT) y fuentes web actuales. Quiero una evaluación breve y práctica de mi próximo viaje. Datos del viaje País de ciudadanía/pasaporte: [___] País de residencia: [___] Destino(s): [___] Ciudades o regiones específicas: [___] Fechas del viaje: [___] Tipo de viaje: {turismo / negocios / familiar / solo / grupo / aventura / otro} Actividades previstas: [___] Factores personales relevantes que deseo considerar, si alguno: [___] No respondas simplemente si el destino es “seguro” o “inseguro”. Evalúa el riesgo según: Amenaza → Exposición → Vulnerabilidad → Mitigación → Riesgo residual → Decisión Investiga, como mínimo: recomendaciones oficiales del país correspondiente a mi ciudadanía; al menos dos fuentes gubernamentales extranjeras adicionales; condiciones regionales o locales relevantes; protestas, conflicto o disturbios recientes; riesgos sanitarios; criminalidad relevante para viajeros; clima, transporte o interrupciones operacionales cuando sean pertinentes; leyes, costumbres o restricciones que puedan afectar las actividades que pienso realizar. Distingue claramente entre: hechos confirmados, inferencias analíticas, y información no confirmada o brechas de información. No inventes datos ni completes lagunas mediante suposición. Incluye enlaces o referencias a las fuentes utilizadas. Termina con: Los cinco riesgos más relevantes para este viaje. Medidas prácticas de mitigación. Actividades, lugares o situaciones que requieren mayor atención. Información que todavía debería verificar. Una valoración breve del riesgo residual después de aplicar las mitigaciones. El propósito no es encontrar razones para cancelar el viaje, sino identificar qué debo conocer, vigilar o modificar para tomar una decisión informada. OSINT Casero — Full Travel Risk Report (ChatGPT.com) Para un viaje más complejo, internacional, de múltiples destinos o con actividades especiales, utilizaría esta versión completa: PROMPT — FULL TRAVEL RISK REPORT Actúa como analista de riesgos de viaje utilizando exclusivamente inteligencia de fuentes abiertas (OSINT), información web actual y fuentes verificables. Prepara un OSINT Travel Risk Report personalizado para el siguiente viaje. DATOS DEL VIAJERO Y DEL VIAJE País de ciudadanía/pasaporte: [___] País de residencia: [___] Destino principal: [___] Otros países o destinos: [___] Ciudades/regiones específicas: [___] Fechas exactas del viaje: [___] Itinerario aproximado: [___] Tipo de viaje: {turismo / negocios / familiar / solo / grupo / aventura / otro} [___] Medios de transporte previstos: [___] Actividades especiales: {conducir / UAV-dron / senderismo / fotografía / vida nocturna / navegación / peregrinación / eventos masivos / otras}[___] Hospedaje previsto, si se conoce: [___] Factores personales relevantes que deseo considerar voluntariamente: [___] OBJETIVO No determines simplemente si el destino es “seguro” o “inseguro”. Evalúa: ¿Qué riesgo existe para este viajero, en estos lugares, durante estas fechas, realizando estas actividades? Utiliza como marco: Amenaza → Exposición → Vulnerabilidad → Mitigación → Riesgo residual → Decisión METODOLOGÍA Investiga el viaje mediante estas siete capas: 1. Perspectiva oficial y consular Comienza por las recomendaciones de viaje del país correspondiente a la ciudadanía del viajero. Contrástalas con al menos dos sistemas gubernamentales extranjeros confiables. Explica cualquier diferencia significativa entre sus evaluaciones. 2. Panorama general de riesgo Examina fuentes reconocidas que permitan evaluar de manera general riesgos de seguridad, salud, estabilidad política o condiciones relevantes del destino. 3. Análisis regional y subnacional No trates al país como una unidad homogénea. Evalúa específicamente las ciudades, regiones, carreteras, fronteras y áreas incluidas en el itinerario. Cuando corresponda, utiliza fuentes especializadas en conflicto, violencia política o protestas. 4. Perspectiva local Busca información producida dentro del propio destino: policía; protección civil; autoridades municipales; ministerios; aeropuertos; operadores ferroviarios; transporte público; medios locales confiables; hoteles, operadores turísticos o fuentes locales cuando sean relevantes. 5. Riesgo sanitario Evalúa brotes, enfermedades, requisitos sanitarios y factores médicos relevantes utilizando autoridades sanitarias oficiales y organismos internacionales. 6. Contexto criminal Examina criminalidad común relevante para viajeros, fraude, robo, crimen organizado, secuestro u otros riesgos criminales pertinentes. No confundas criminalidad estructural con probabilidad directa de victimización del turista. 7. Monitoreo y alertas Identifica sistemas consulares, alertas oficiales, aplicaciones o fuentes que puedan utilizarse para monitorear cambios durante el viaje. PERFIL DEL VIAJERO Evalúa si alguna característica del viajero puede modificar significativamente su exposición. Considera solamente factores que sean relevantes y que el viajero haya proporcionado voluntariamente, como: ciudadanía o nacionalidad percibida; doble nacionalidad; género; orientación sexual; religión visible; raza o etnia percibida; profesión; historial militar o de seguridad; discapacidad o movilidad; condición de turista extranjero. No presupongas vulnerabilidad simplemente por pertenecer a una comunidad. Explica únicamente cómo determinada característica puede interactuar con el entorno legal, cultural o social del destino. LEGALIDAD VS. PRUDENCIA Para cualquier actividad especial incluida en el viaje, distingue entre: ¿Es legal? ¿Está permitida en ese lugar específico? ¿Es social o culturalmente aceptada? ¿Es prudente realizarla en ese momento y contexto? No asumas que una autorización legal significa automáticamente que una actividad sea prudente. CALIDAD DE LA INFORMACIÓN Distingue claramente entre: HECHO CONFIRMADO: información respaldada por una fuente verificable. INFERENCIA ANALÍTICA: conclusión razonable derivada de varias fuentes, identificada expresamente como análisis. SEÑAL NO CONFIRMADA: información proveniente de redes sociales, foros, viajeros u otras fuentes que todavía requiere corroboración. BRECHA DE INFORMACIÓN: asunto relevante sobre el cual no existe suficiente información confiable. Nunca inventes información ni completes una brecha mediante suposición. Prioriza fuentes recientes y especifica cuándo fue publicada o actualizada la información cuando sea posible. FORMATO DEL REPORTE Organiza el resultado de esta manera: 1. Resumen Ejecutivo Síntesis del entorno general y los principales asuntos que requieren atención. 2. Perfil de Riesgo del Viajero Factores individuales o relacionados con actividades que puedan modificar la exposición. 3. Principales Amenazas Describe únicamente aquellas que tengan relación razonable con el itinerario. 4. Evaluación por Destino/Región Analiza por separado cada ciudad, región o tramo relevante. 5. Matriz de Riesgos Para cada riesgo significativo presenta: Amenaza Exposición Vulnerabilidad Impacto Mitigación Riesgo residual 6. Legalidad y Consideraciones Locales Identifica leyes, regulaciones, costumbres o restricciones relevantes para las actividades previstas. 7. Red Flags Identifica condiciones concretas que justificarían: cambiar una ruta; mover una actividad; cambiar alojamiento; modificar transporte; posponer una actividad; o reconsiderar una parte del viaje. 8. Medidas de Mitigación Presenta recomendaciones específicas y prácticas. 9. Brechas de Información Señala expresamente qué información importante no pudo confirmarse. 10. Fuentes Incluye enlaces o referencias verificables y fecha de consulta cuando sea posible. 11. Plan de Reevaluación Identifica qué elementos deberían revisarse nuevamente: 90 días antes del viaje 30 días antes 7 días antes Durante el viaje En cada etapa responde: ¿Qué cambió desde la última evaluación? El propósito de este reporte no es eliminar todo riesgo ni encontrar razones artificiales para cancelar un viaje. El objetivo es proporcionar información suficiente para comprender el entorno, identificar riesgos relevantes, aplicar medidas razonables de mitigación y permitir que el viajero tome su propia decisión informada. Nota final: Guarda este artículo. Quizás hoy no estés planificando un viaje que requiera este nivel de análisis. Pero cuando llegue ese próximo destino que no conoces, esa ruta que cruza varias fronteras o esa actividad sobre la que tienes dudas, vuelve aquí. * Completa los espacios. * Ejecuta el prompt. * Revisa las fuentes. * Haz tus propias preguntas. * Y recuerda: la herramienta puede ayudarte a encontrar y organizar información. La decisión continúa siendo tuya. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! Si quieres entender mejor el concepto de Seguridad Humana, puedes adquirir mi serie de libros en Amazon: Get full access to Carlos Rivera at trazandolalinea.substack.com/subscribe

  • September 1 · 1 hr 5 min

    In Memoriam por Nuestras Mujeres

    NOTA DEL AUTOR: El artículo a continuación toca un tema sumamente serio, grave y sensitivo. Lo preparo con el mayor respeto a la memoria de las personas que se mencionarán a continuación, al igual que de las múltiples víctimas de feminicidio, tanto en Puerto Rico como alrededor del mundo. El mismo ha sido preparado con mucho cuidado y consideración. Aunque mi intención inicial ha sido orientar el mismo para lectores varones, espero que sirva también para que mis lectoras mujeres, o que se identifiquen de alguna otra manera, que encuentren algún beneficio al leer el mismo. Me cuesta pensar que un simple artículo pueda llegar a aquellos que tengan la propensión a agredir a una mujer, sea de manera física o psicológica. Aun así, no pierdo la esperanza de que, si alguno de ustedes, varones, se encuentra en ese umbral, en esa frontera de la cual no hay vuelta atrás, le sirva este para reflexionar y buscar ayuda. “Hombres de bien”: Varones responsables, de principio y morales claros, que reconocen el impacto de sus acciones, el valor de la vida y el valor de la mujer. Les pido encarecidamente que no nos quedemos de brazos cruzados. Tenemos un deber, una obligación, sobre la cual abundaré más adelante. Es importante que entiendan que “Reconocimiento” con “Inacción”, pudiese considerarse igual de perjudicial que la acción nefasta que tanto repudiamos. Mi testimonio: Un milagro privado, no una receta pública Antes de su muerte, mi padre ya se había casado o convivido con unas seis u ocho mujeres. Al día de hoy, esto sigue siendo un misterio familiar que todavía se busca descifrar. De las mujeres que yo conocí personalmente, por lo menos cuatro fueron maltratadas por mi papá, tanto física como psicológicamente. Pateadas, golpeadas, empujadas y reducidas a un ser inferior tanto en público como en privado. Los adultos que sabían preferían hablar de él a sus espaldas y solo en círculos familiares, culpando al alcohol como causa de su comportamiento, y disculpándolo porque era bueno cuando estaba sobrio. Excepto que, cuando se encuentra uno la mayoría del tiempo borracho, difícilmente puede distinguirse quién es Dr. Jekyll y quién es Mr. Hyde. De todas estas mujeres, yo diría que, con excepción de las últimas dos, a quienes llamaremos Marta y Claudia, fueron las únicas que no pudo maltratar. Marta medía casi seis pies, y era todo músculo. Marta era prestamista y utilizaba a mi papá como cobrador, como su “pesado”. Aunque ya entrado en edad, mi papá era un hombre corpulento, con una personalidad muy afable cuando estaba sobrio, pero sumamente violento cuando bebía. Entonces, Marta enviaba a mi papá para que fuera a cobrar, para que “conversara” con sus deudores y consiguiera el dinero que la gente le debía. Pero… Marta fácilmente podía hacer de mi papá un nudo si hubiera querido, así que Papi no pudo domarla. Estos dos no duraron mucho. La última, Claudia, esta era enfermera. Ella comenzó a cuidar de mi papá cuando este ya no podía valerse por sí mismo. Así que ella simplemente lo mantenía provisto con la suficiente cantidad de alcohol debida para mantenerlo funcional, le alimentaba bien y lo mantenía vivo. Que tuviese acceso al cheque de seguro social que le llegaba a papi era solo un bono adicional por su obra altruista. Justicia poética, supongo. Ya antes de que mi papá muriera, mi relación con él era inexistente. Lo que quiero decir con todo esto es que fui criado en un entorno violento. No todo el tiempo… hubo momentos buenos. Pero fácilmente se puede decir que mi ejemplo a seguir, mi modelo, era un abusador. No es difícil ver entonces cómo el potencial existía de que yo eventualmente me convirtiera en uno. La semilla de la violencia estaba sembrada en mí; el potencial de repetir esa historia era una posibilidad real. Mi madre, su primera esposa; no me enseñó a ser un hombre violento, todo lo contrario. Me enseñó el rol y el deber de un buen varón. Como hermano, debía proteger a mi hermana. Como caballero ejemplar, debía abrir la puerta del carro a la dama. Debía caminar al lado del tránsito cuando paseara con una dama. Después de todo, era la mentalidad de ese entonces de que la mujer era el sexo débil, y nuestro deber como caballeros y pilares de nuestra comunidad era proteger a nuestras mujeres. Ya que nuestra figura paternal estaba ausente y no era el mejor de los ejemplos, mi mamá trató del mejor modo que pudo, sola, de criar a dos varones y una niña. Después del divorcio, fue estigmatizada y, sola, de la mejor manera que pudo, tenía que educar a dos varones, contrarrestando el efecto nocivo de las visitas de fin de semana con nuestro padre. Ella sabía lo que íbamos a presenciar, pero legalmente, no tenía remedio. La corte estableció las reglas, y en aquellos tiempos, no existían muchos recursos para pelear contra el sistema. A mi mamá se le educó de manera clara sobre cuáles eran los roles del varón y de la mujer en una relación. No conociendo diferente, así trato de educarnos. Y así, hasta mis 16 o 17 años, cuando conocí a esta muchacha. La mujer que me enseñaría un nuevo modelo de ser un hombre. Liza, una mujer hermosa y poderosa. Con quien llevo más de 30 años casados y con quien tengo dos hermosas hijas. Liza, ni por lecciones, ni por conversaciones de lo que debe ser un hombre de verdad o de cómo tratar a una mujer. Me enseñó más bien por su ejemplo, por su carácter. Pienso que más que nada su forma de ver la vida fue lo que me hizo replantearme lo que hasta ese momento para mí era la relación hombre-mujer. Ya antes de conocer a Liza, yo tenía unas tendencias, unos comportamientos, unos celos, una posesividad que se había dado en relaciones anteriores que apuntaban a un camino sumamente sombrío. Tenía una actitud y una perspectiva de superioridad hacia la mujer que no pronosticaba un futuro prometedor para mí y mis relaciones de pareja. Estamos hablando de que lo que teníamos era no más de 16 o 17 años. No estamos hablando de un hombre y una mujer adultos, formados o con un futuro claro o previsto. Éramos unos adolescentes con ideas y sin plan. Liza, mi mejor amiga, pronto se transformó en la mujer con la que yo quería compartir el resto de mi vida. Liza mantenía una visión bastante diferente a la mía sobre los roles del hombre y de la mujer en una relación. Era deportista, tenía ambiciones claras o por lo menos bastante dirigidas, y mantenía más amigos varones que amigas. No de manera coqueta; ella era simplemente otro más de los muchachos. Lo cual, tengo que admitir, para mi mentalidad machista, representaba un reto significativo y difícil de superar. De ser mi amiga, se convirtió en un objetivo. En la presa que debía domar. Pero pronto me di cuenta de mi idiotez. Me di cuenta de que lo que más quería en este mundo era que ella me quisiera a mí. Y para eso tuve que adaptarme. Tuve que volver a aprender. Tuve que cambiar mi forma de ser, evaluar mi percepción y mi conducta, y entender que ella nunca se fijaría en mí mientras la tratara como una posesión o un ser débil que requería mi protección. Me presentó a su familia, me presentó a su padre. Sin ella saberlo, por primera vez en mi vida vi el ejemplo de un hombre recto, un hombre íntegro... mi nuevo modelo a seguir. Sin saber, sin plan, sin intención, solo siendo mi amiga, siendo quien era, con su presencia indomable y con el ejemplo de su familia… me reeducó. El resto de la historia es larga y existen debates aún hoy entre Liza y yo sobre quién conquistó a quién, pero en algo estamos de acuerdo. Liza, y mi amor por ella, impidieron que otro potencial abusador entrara en este mundo. El detonante para mi introspección Existen textos, artículos, investigaciones que uno lee y archiva sin pensarlos de nuevo. Otros, sin embargo, se instalan en nuestra memoria y nos obligan a hacernos preguntas inquietantes. Eso me ocurrió al leer hace unas semanas “La verdad del caso Carmen Ortiz”, publicado por la criminóloga Shey Arwen | Criminóloga junto con Salvador Lorca 📚. Su desgarrador desglose sobre el feminicidio de Carmen en España, los fallos del andamiaje preventivo y el largo e invisible calvario de su hija Thania, me despertó una inquietud profunda. Como profesional de la seguridad con más de 35 años de experiencia dirigiendo operaciones federales y en la práctica privada como detective licenciado en Puerto Rico, poseo un criterio especializado para evaluar riesgos, capas de protección y fallas sistémicas. Sin embargo, el doloroso análisis de Arwen no me invitó a una fría comparativa jurídica entre España y nuestra isla, sino a enfrentar una herida abierta y urgente en nuestro propio suelo. Antes de continuar, con toda humildad, quiero dejar algo meridianamente claro, con el respeto y la admiración que siento por el trabajo de Arwen, Lorca y otras personas como ellos. No soy abogado, ni criminólogo, ni trabajador social, ni psicólogo, ni especialista clínico en violencia de género. Tampoco es mi intención conocer a fondo las particularidades del sistema de justicia penal español para evaluar desde nuestra perspectiva en Puerto Rico qué funciones específicas deben corresponder a cada disciplina en su jurisdicción. Por tanto, este escrito, no nace de la soberbia de tener una respuesta definitiva. De lo contrario. Este nace, más bien, de la inquietud profunda que me provocó el argumento de Arwen, y de constatar que, a medida que profundizaba cada vez más en el andamiaje preventivo y legal de Puerto Rico, las interrogantes solo comenzaban a acumularse. %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aporten en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. Como han podido determinar de mi testimonio, no soy ajeno a los estragos de la violencia doméstica en Puerto Rico. No me presento aquí como una voz experta especial o única, sino como alguien que lleva el tema marcado en su propia historia. Este hecho no me hace más conocedor que otros, pero me impone el deber ético de romper el silencio. Porque para entender la ineficacia del sistema, a veces hace falta mirar el origen del maltratador. • • • El amparo institucional Respecto al asunto que Shey Arwen aborda en su artículo, lo que me parece realmente desgarrador e impactante acerca de Carmen Ortiz es que no enfrentamos la tragedia de una mujer sin protección institucional. Carmen cumplió con todo lo que el Estado y la sociedad requerían de ella: denunció a su agresor, testificó ante el tribunal adecuado, se emitió una sentencia condenatoria en contra de su agresor y contaba con una orden de prohibición de comunicación y alejamiento formalmente emitida. Además, contaba con el apoyo técnico de un servicio del gobierno español llamado ATENPRO, que es su Servicio Telefónico de Atención y Protección para víctimas de violencia hacia las mujeres. Según la meticulosa reconstrucción que el artículo “La verdad del caso Carmen Ortiz” ofrece, el atacante estableció un patrón de comunicación opresivo e insistente durante varios días, hasta que finalmente consiguió aparecer en su hogar. A pesar de que Carmen se opuso con firmeza y de forma repetida a esa intromisión, su perímetro se fue cerrando. Posteriormente, tuvo lugar la anulación de una cita con su trabajadora social y, cuando se organizó otra cita, Carmen ya no pudo ser contactada; su teléfono celular no funcionaba. Lamentablemente, la movilización que resultó en la denuncia de su desaparición no sucedió sino hasta semanas después, lo cual mostró el enorme vacío que hay entre los procesos institucionales y la urgencia de vivir. Carmen ya estaba en el sistema. El aparato gubernamental estaba completamente al tanto del peligro: había una sanción penal vigente, una prohibición de contacto y un protocolo de seguimiento. No obstante, todas esas capas teóricas de protección no lograron evitar que el peligro escondido volviera a aparecer físicamente junto a ella. Aquí es donde me vi obligado a enfrentar la pregunta que el análisis de Shey Arwen suscitó en mí: ¿Quién supervisa y gestiona de forma coordinada un riesgo a lo largo del tiempo, una vez que el Estado ha documentado y certificado la presencia de un riesgo extremo? No estoy hablando del funcionario que simplemente completa un formulario, ni del agente que toma una declaración jurada, ni del juez que dirige una vista administrativa, ni de la persona que hace una llamada de seguimiento habitual. La pregunta fundamental es: ¿Quién es aquel que examina la totalidad del cuadro humano y determina -bajo criterios profesionales- que esa persona se encuentra bajo riesgo inminente hasta tanto no se pruebe con total certeza lo contrario? • • • Puerto Rico: Un andamiaje robusto frente a la realidad Inevitablemente, mi mente me regresó a mi pequeña isla. En Puerto Rico contamos con un andamiaje legal e institucional que, al menos en el papel, se presenta recio: La “Ley para la prevención e intervención con la violencia doméstica (Ley Núm. 54)”, órdenes de protección, salas judiciales especializadas, fiscales con adiestramiento específico, intercesoras legales, trabajadores sociales, servicios de apoyo psicológico y médico, albergues de emergencia, protocolos de coordinación interagencial y numerosos programas de apoyo. De hecho, el Poder Judicial de Puerto Rico administra Salas Especializadas en Casos de Violencia Doméstica y Violencia de Género que, durante el año fiscal 2023-2024, brindaron atención a más de 26,000 personas. Asimismo, el Departamento de Justicia cuenta con unidades especializadas en violencia doméstica, delitos sexuales y maltrato a menores, fundamentadas en un modelo de intervención interdisciplinaria. Por su parte, la Oficina de la Procuradora de las Mujeres despliega esfuerzos educativos enfocados en la Ley 54, el acecho, la violencia en el noviazgo, el manejo de crisis y las estrategias de prevención comunitaria. Incluso, nuestro sistema jurídico ha incorporado la herramienta científica Danger Assessment (Evaluación de Peligrosidad) en apoyo a las investigaciones iniciales de la Policía y la Fiscalía. Los hallazgos presentados por el Instituto de Estadísticas junto al Departamento de Justicia son estremecedores: en un proyecto piloto que analizó 2,021 evaluaciones durante el primer semestre de 2024, se reveló que una de cada cuatro mujeres evaluadas se encontraba bajo un nivel de peligrosidad calificado como severo o extremo. Queda claro que, en términos normativos y de infraestructura, no nos encontramos ante un vacío institucional. Y es que es precisamente esa abundancia de mecanismos lo que aumenta mi incomodidad y preocupación. A pesar de los recursos disponibles, las tragedias y las agresiones no disminuyen en nuestra isla. Según datos preliminares de la Oficina de la Procuradora de las Mujeres, se registraron 7,955 incidentes de violencia doméstica reportados en 2023 y 9,043 en 2024. Aunque debemos analizar estas cifras con prudencia, ya que un incremento en las querellas no necesariamente se traduce de forma lineal en un alza de la violencia real. Sino que puede responder a una mayor cultura de denuncia o a refinamientos en el registro estadístico del Negociado de la Policía. El volumen total de querellantes es incuestionablemente elevado y alarmante. En términos prácticos, esto no significa necesariamente que nuestra isla sea hoy más violenta que ayer, sino que la ciudadanía está denunciando lo que antes callaba por miedo o vergüenza, y el sistema policial ahora tiene mayor capacidad para documentarlo. Más preocupantes aún son las variables de letalidad que arrojan las evaluaciones del año 2024. Entre los factores de riesgo extremo más recurrentes se encuentran los celos obsesivos expresados con violencia, la presencia de menores procreados con parejas anteriores y la ruptura de la relación afectiva en el año precedente tras un periodo de convivencia. Estos datos nos confirman que no estamos ante meros altercados circunstanciales de pareja que escalan por accidente. Nos enfrentamos a patrones de control, posesividad obsesiva, dinámicas peligrosas tras la separación y perfiles de alta peligrosidad. • • • La brecha fundamental: Confundir la mitigación con la prevención primaria Fue ante este panorama que mi perspectiva analítica cambió de forma repentina. Ciertamente, las herramientas antes descritas son indispensables y, en innumerables ocasiones, han logrado salvar la vida de algunas víctimas. Sin embargo, la activación de estas medidas es reactiva: el andamiaje estatal se pone en marcha una vez que la violencia ya ha dejado su huella, y por huella quiero decir “golpe”. Comienza a operar después de una amenaza verbal, la manifestación de un patrón de maltrato, una agresión física, la radicación de una querella judicial, la expedición de una orden de protección o el inicio de un proceso criminal. Esto conlleva consigo un “Protocolo de Intervención” o “Respuesta Inicial”, un manejo de la crisis inmediata y un esfuerzo por mitigar el daño inminente para evitar que la agresión escale a una conclusión fatal. Esto no es prevención, es reacción. De nada sirve perfeccionar los mecanismos de protección para quienes huyen aterrorizadas de un entorno violento si, de forma paralela, no reducimos nuestra habilidad colectiva como sociedad a engendrar agresores y promover relaciones nocivas. Podemos optimizar el trámite de las órdenes de protección, pero eso no altera la posesividad patológica del agresor que obligó a que fuera solicitada en primer lugar. Es realmente admirable la iniciativa de estructurar evaluaciones de letalidad más científicas, pero llegan cuando los celos iniciales ya se han transformado en un peligroso asedio cotidiano. Podemos capacitar exhaustivamente a nuestros fiscales y oficiales de ley y orden, pero esa formación no alcanza al joven que, en su etapa formativa, confunde el control coercitivo con el afecto. En pocas palabras, estamos interviniendo sumamente tarde en la etapa final de la trayectoria del riesgo. • • • Intervención tardía: El reto de reeducar después del daño Es justo y necesario reconocer que Puerto Rico ha diseñado políticas públicas para atender la conducta del agresor. Desde el año 2000, mediante la Ley 449, contamos con la Junta Reguladora de los Programas de Reeducación y Readiestramiento para Personas Agresoras. Este cuerpo normativo tiene el mandato de licenciar, supervisar y fiscalizar estos programas para velar por la calidad y efectividad de los servicios de intervención. Del mismo modo, nuestro ordenamiento contempla programas de desvío para imputados bajo la Ley 54, permitiendo que ciertos individuos que ingresan al sistema judicial penal participen en procesos terapéuticos y educativos. No obstante, nos topamos nuevamente con una limitación temporal crítica: todo ocurre después. Después de consumada la agresión, después de radicada la querella, después de judicializado el caso y, dolorosamente, después de que una persona ha sido victimizada. Por otra parte, la fiscalización de estos programas ha enfrentado escollos severos. Una rigurosa investigación publicada por el “Centro de Periodismo Investigativo” en 2021 puso al descubierto debilidades históricas en el monitoreo de estos esfuerzos, detallando periodos de inactividad de la Junta y la ausencia de datos empíricos robustos para medir la tasa de reincidencia de los participantes o evaluar el impacto real de las intervenciones. Sería injusto alegar que no se han tomado cartas en el asunto desde entonces. Por el contrario, existen esfuerzos de renovación; resulta relevante que en junio de 2026 se presentara en el Senado el Proyecto del Senado 1319 con el fin específico de reestructurar dicha Junta. La exposición de motivos de esta medida admite con franqueza que el modelo de gobernanza previo ha confrontado tropiezos operacionales y que las vacantes prolongadas en su matrícula llegaron a obstaculizar el quórum requerido para su funcionamiento ordinario. Dicha iniciativa propone una composición interagencial para dotar de estabilidad, continuidad y garras fiscalizadoras a estos programas. Esta realidad legislativa no implica que los programas de reeducación carezcan de valor, sino que subraya que, como país, todavía nos encontramos en la fase de construir la capacidad técnica para certificar su efectividad real. En el diseño de políticas públicas serias, cuantificar la matrícula de un programa no equivale a documentar la transformación de conducta de un ser humano. Nos urge responder con datos precisos: ¿cuántos de los participantes completan el ciclo de manera exitosa?, ¿cuántos reinciden en el foro judicial?, ¿cuántos persisten en patrones de acecho o intimidación psicológica?, ¿cuántos logran asimilar herramientas saludables para procesar el rechazo afectivo sin recurrir a la violencia? Conocer qué tipo de intervención resulta eficaz, para qué perfil delictivo y con qué nivel de permanencia en el tiempo, es un imperativo que la seguridad pública no puede evadir. • • • La urgencia de una prevención temprana y dirigida Resulta indispensable señalar que nuestra isla no carece de iniciativas de prevención temprana. La Oficina de la Procuradora de las Mujeres imparte charlas y talleres dirigidos a fomentar relaciones saludables, identificar micromachismos y prevenir la violencia en el noviazgo, mientras que el Departamento de Salud ha impulsado campañas orientadas a la población joven. En este año 2026, continúan articulándose esfuerzos interagenciales de concienciación sobre relaciones de pareja saludables. Estos esfuerzos son valiosos y merecen nuestro reconocimiento. No obstante, al examinar la información pública disponible, no se vislumbra una arquitectura preventiva y formalmente evaluada con el mismo nivel de rigurosidad e inversión que la que se ha desarrollado para reaccionar cuando el peligro ya ha tocado a la puerta. En otras palabras, no se le ha puesto el mismo nivel de esfuerzo, dinero y atención a los programas de prevención como se ha puesto a los de reacción. Es en este punto donde considero indispensable dar un giro de ciento ochenta grados a la discusión pública. Llevamos décadas educando de forma muy acertada a las potenciales víctimas, recordándoles las pautas de supervivencia: “Identifica las señales de peligro, establece límites firmes, retírate a tiempo, denuncia al agresor y solicita una orden de protección”. Esa exhortación debe mantenerse y reforzarse con total firmeza. Sin embargo, resulta imperativo comenzar a dirigir el discurso también hacia el otro extremo de la ecuación afectiva. Debemos identificar y educar directamente al joven que le exige la contraseña del celular a su pareja; al que justifica los celos patológicos como si fuesen evidencia de su amor; al que pretende controlar el círculo social de su compañera; al que se presenta sin previo aviso en los lugares que ella frecuenta para controlar sus movimientos; al que percibe una ruptura sentimental como un agravio insoportable a su hombría; al que recurre a la manipulación afectiva y a la amenaza de autolesión para impedir una separación; y al que, en definitiva, asume que el afecto hacia otra persona le concede derechos de posesión o propiedad sobre su vida. Es muy probable que ese joven aún no haya cruzado la línea, y ese es precisamente el momento en que una intervención a tiempo pudiese resultar transformadora. Debemos actuar mucho antes de que su conducta obligue a tramitar un expediente en la sala de investigaciones de un tribunal, o peor aún, en una sala de emergencias o una morgue. • • • El rol ausente: La criminología en el análisis y gestión del riesgo Esta interrogante fundamental en la obra de Arwen merece ser examinada con el mayor rigor analítico. Mediante este, ella sostiene que en España se desaprovecha el talento y la formación de profesionales capacitados específicamente para el estudio del comportamiento delictivo, la valoración técnico-científica del riesgo y la comprensión de las dinámicas de victimización, abogando por su plena integración en las agencias de primera respuesta. Aunque carezco de elementos de juicio para exportar de forma idéntica esta recomendación a nuestra realidad, me di a la tarea de indagar cuál es el panorama profesional de la criminología en Puerto Rico. Nuestra administración pública sí reconoce formalmente la preparación académica en criminología. De hecho, en convocatorias gubernamentales del Departamento de Corrección y Rehabilitación para plazas de Técnicos de Servicios Sociopenales, se contemplan como elegibles las disciplinas de Criminología, Justicia Criminal, Trabajo Social, Psicología y Sociología. Estos profesionales están llamados a orientar, evaluar, investigar y supervisar a la población bajo supervisión correccional y a su entorno familiar. Sostener de manera categórica que en Puerto Rico se ignora a los profesionales de la criminología sería equivocado. No obstante, al llevar a cabo un análisis de las estructuras operativas dedicadas directamente a la respuesta inicial ante la violencia de género, el panorama cambia. Los equipos interdisciplinarios están compuestos fundamentalmente por fiscales, intercesoras legales, agentes del orden público, trabajadores sociales, psicólogos clínicos y personal médico. En este andamiaje, el criminólogo no figura institucionalizado como la figura técnica responsable de la articulación e integración amplia del análisis de riesgo. De igual forma, la composición actual y las reformas propuestas en el Proyecto del Senado 1319 para la Junta Reguladora de Programas para Agresores contemplan la participación de múltiples especialidades, pero omiten estructurar un rol específico para la disciplina de la criminología. Esta observación no pretende prescribir una reestructuración forzada del sistema, pero indudablemente valida una interrogante crucial que nos devuelve al mismo dilema: ¿Quién observa y atiende de manera coordinada el riesgo a través del tiempo? • • • De la fotografía a la película: La necesidad de una gestión dinámica La implementación del instrumento “Danger Assessment” en nuestra jurisdicción representa, sin duda, un paso de vanguardia que nos faculta para identificar científicamente los factores de letalidad y priorizar los casos de extrema gravedad. No obstante, desde la perspectiva de la seguridad, es vital comprender que un diagnóstico de riesgo es tan solo una fotografía fija del momento de la evaluación. El riesgo real, en cambio, se asemeja más a una película en constante desarrollo: es dinámico, escala, se desplaza geográficamente y muta según el entorno. La ruptura formal de la convivencia sentimental altera drásticamente la psicología del agresor. La aparición de un nuevo vínculo afectivo por parte de la víctima puede agudizar su hostilidad. La violación de una orden de protección, una llamada insistente a altas horas de la noche o una aparente tregua en el hostigamiento no son elementos aislados, sino variaciones tácticas del riesgo. En este contexto, una cita inusualmente cancelada o el silencio repentino de una querellante que deja de responder las llamadas de seguimiento institucional no deben interpretarse como desinterés o resolución del conflicto. En muchas ocasiones, ese silencio es elocuente porque la persona se encuentra en una situación de coerción extrema que le impide hablar. Este es, a mi juicio, el aprendizaje más doloroso que nos hereda el caso de Carmen Ortiz. La seguridad no estriba meramente en acumular datos en un expediente, sino en poseer la agudeza técnica e institucional para descifrar el significado de cada cambio de patrón y reaccionar con agilidad. Para que esto funcione, la responsabilidad de interpretar esa metamorfosis diaria del peligro debe estar inequívocamente asignada a un componente del sistema. • • • Andrea Ruiz Costas: Las costosas grietas de nuestro foro judicial Lamentablemente, el pueblo de Puerto Rico conoce de primera instancia el desgarrador costo de formularse estas interrogantes cuando ya es demasiado tarde. En el año 2021, la joven Andrea Ruiz Costas acudió en múltiples ocasiones a las salas del tribunal en busca de auxilio frente al acecho y la conducta hostil de su expareja. Tras enfrentar diversos trámites procesales y determinaciones adversas en su solicitud de amparo judicial, Andrea, visiblemente agotada por el propio sistema, desistió de continuar con sus reclamos de protección. Semanas después, su vida fue arrebatada. Esta dolorosa pérdida estremeció los cimientos de nuestra sociedad y propulsó una revisión profunda del Poder Judicial sobre los protocolos de manejo de estos casos en sus salas. Aunque es necesario precisar de forma objetiva que la posterior investigación administrativa exoneró de responsabilidad ética y disciplinaria a las juezas que atendieron las vistas, este veredicto administrativo no debe eludir el debate de fondo: una evaluación técnica del sistema es algo muy distinto a una investigación disciplinaria de tipo legal. La investigación de las juezas no fue una investigación del sistema. La tragedia de la familia de Andrea no culminó con su deceso; sus seres queridos se vieron forzados a emprender un nuevo y espinoso litigio judicial para que se autorizara el acceso público a las grabaciones de las comparecencias en las que Andrea clamaba por su seguridad. Resulta profundamente conmovedor que, en medio de un duelo devastador por la pérdida de una hija y hermana, esta familia tuviera que asumir además el rol de defensores de la transparencia institucional. Es precisamente en ese reclamo incansable donde descubro un paralelismo ineludible con la entereza de Thania, la hija de Carmen. • • • Karla Rodríguez Ares: La distancia entre el papel y la vida El caso de Karla Rodríguez Ares, ocurrido en diciembre de 2023, encaja en esta misma dolorosa paradoja. Karla contaba con una orden de protección plenamente vigente al momento de su asesinato. De hecho, había comparecido ante las autoridades de ley y orden en dos ocasiones previas para reportar violaciones explícitas a dicha orden, tras percatarse de la presencia amenazadora de su expareja en las inmediaciones de su entorno laboral y en un centro comercial. A la par con estas denuncias, se ventilaba en los tribunales un proceso criminal formal por maltrato físico y emocional. Nuevamente, el Estado poseía el expediente del conflicto, existía un historial de agresiones documentado, se habían activado los protocolos de intervención y mediaba un dictamen judicial de protección formal. A pesar de todo ello, la tragedia se consumó. No es mi intención evocar las memorias de Andrea o de Karla con el propósito de simplificar escenarios de alta complejidad de hechos, ni de imputar culpas individuales a los funcionarios implicados de manera retrospectiva. Lo hago porque sus historias nos imponen el deber ético de trazar una línea conceptual inevitable entre dos realidades que frecuentemente se confunden: la formalidad de una orden de protección y la seguridad real de una mujer. No son lo mismo. Una orden judicial de protección reconfigura el estatus legal del agresor ante la ley y le expone a posibles consecuencias penales en caso de desacato. Es tan solo una mera advertencia. No obstante, carece por sí misma de la capacidad, de fuerza física, para contener la voluntad violenta del agresor o alterar su determinación de infligir más daño. El papel advierte, no protege. • • • El costo invisible: El proceso judicial y el trauma de quienes sobreviven En el repaso de estas tragedias es donde el escrito de Arwen adquiere una sobrecogedora sensibilidad humana al constatar que la devastación no termina con la muerte de la víctima. Thania y su núcleo familiar consumieron años de existencia estructurando sus rutinas en torno al calvario del proceso judicial en España. De acuerdo con el relato documentado por Arwen, ante la inminencia del juicio por jurado, la familia se vio acorralada en un dilema ético y emocional abrumador: debían decidir entre una conformidad judicial que les garantizaba una certeza de condena o enfrentar las incertidumbres inherentes a la continuidad del litigio: retrasos adicionales, los límites del término de prisión provisional para el imputado, la complejidad de la carga de la prueba y, sobre todo, el temor fundado de que los miembros del jurado juzgaran con severidad las decisiones personales de Carmen, colmado por los prejuicios de género que aún persisten en la sociedad. Finalmente, optaron por aceptar la conformidad. Aseguraron una pena de prisión para el agresor, pero tuvieron que sacrificar la búsqueda de un juicio oral y público que expusiera la verdad en toda su dimensión. Sería irresponsable de mi parte sostener que un jurado en Puerto Rico evaluaría un escenario de forma idéntica; no dispongo de estudios empíricos que demuestren que las y los ciudadanos llamados a juzgar en nuestra isla exhiban un sesgo sistemático en contra de las querellantes de violencia doméstica. No obstante, compartimos con la jurisdicción española la naturaleza técnica de un proceso penal de carácter adversarial: la evidencia científica y testimonial debe ser rigurosamente desmenuzada, la credibilidad de los testimonios es sometida al rigor del contrainterrogatorio, y la representación legal del imputado ejerce su deber constitucional e ineludible de levantar la defensa más sólida en favor de su representado. Es en ese escenario formal donde florecen las interrogantes más hirientes y revictimizadoras de nuestra cultura judicial: ¿Por qué accedió a comunicarse con él?, ¿por qué respondía sus llamadas?, ¿por qué decidió no marcharse de la vivienda de inmediato?, ¿por qué retiró las denuncias anteriores?, ¿por qué sus gestos no reflejaban un miedo evidente? Vistas desde lejos y con la supuesta objetividad técnica de un tribunal, las actitudes de supervivencia de una víctima —motivadas por el pánico paralizante, la dependencia económica y psicológica, el chantaje emocional y el agotamiento físico— frecuentemente son calificadas, equivocadamente, como incoherentes o poco creíbles. Ciertamente, el derecho sagrado a la defensa y a un juicio justo y expedito no puede ser menoscabado bajo ningún pretexto democrático. Sin embargo, resulta éticamente inaceptable que el escrutinio procesal de la prueba penal desvíe su foco para sentar en el banquillo de los acusados a la memoria de la víctima. • • • Puerto Rico y la negociación de la certeza judicial Este doloroso cruce procesal e íntimo se ve claramente y a menudo en la realidad judicial puertorriqueña. En los procesos judiciales tras el feminicidio de Rosario Marín, el acusado José Luis Reyes Rivero se declaró culpable mediante una alegación preacordada con el Ministerio Público, trámite que contó con el consentimiento de la familia de la víctima. Como consecuencia de este acuerdo de culpabilidad, la tipificación del delito de asesinato en primer grado en la modalidad de feminicidio fue enmendada a asesinato en segundo grado, imponiéndosele una condena de 55 años y seis meses de prisión. No podemos, ni sería ético de nuestra parte, especular que los seres queridos de Rosario se enfrentaron a las mismas consideraciones y temores que acongojaron a la familia de Carmen. Sin embargo, estos casos muestran que nuestra práctica judicial enfrenta regularmente el mismo dilema: llegar a un acuerdo para asegurar una condena firme con la fiscalía o arriesgarse a la incertidumbre de un juicio completo. NOTA: Recientemente fuí corregido sobre el uso del término feminicidio. La criminología denomina “feminicidio” como un término más coloquial o político para referirse de manera general al homicidio de una mujer. Es indispensable tipificar el crimen de una relación para poder evaluar de forma empírica el tipo de crimen que genera. Los criminólogos reservan la palabra uxoricidio para el homicidio particular y privativo cometido por el esposo, en su sentido estricto y legal. * Origen real: La palabra proviene del latín uxor, que significa específicamente “esposa”. Por lo tanto, la Real Academia Española (RAE) define uxoricidio estrictamente como la “muerte causada a la mujer por su marido”. * ¿Qué pasa con las parejas no casadas? Si el crimen es cometido por un novio, concubino, pareja de hecho o expareja, el término uxoricidio no aplica de forma correcta. El término uxoricidio es exclusivo para el esposo según su definición estricta y legal. Para referirse al asesinato de una pareja sin un vínculo de matrimonio formal, los términos correctos y actuales son feminicidio íntimo (si la víctima es mujer) o simplemente homicidio. (dentro del ámbito de la violencia doméstica o de pareja). Para no desviar el mensaje de este artículo, he utilizado y seguiré utilizando el término feminicidio, ya que los casos mencionados califican como feminicidio íntimo. Hago la salvedad, porque, aunque no sea un factor determinante, sí la ausencia del uso de la terminología correcta es un indicador de la falta de consulta a la profesión de criminología, sobre todo en este tipo de casos. Y cuando se habla en términos científicos, y legales, el significado de cada palabra tiene peso y hace diferencia. Nuestra propia jurisprudencia penal, ilustrada en el precedente del Tribunal Supremo Pueblo v. Acosta Pérez, establece que, si bien la querellante o víctima de delito al amparo de la Ley 54 posee el derecho estatutario de ser escuchada por el tribunal en procesos de desvío o negociación, su postura o parecer no resulta vinculante para las partes procesales ni limita la facultad discrecional del juzgador para homologar [ratificar] el acuerdo. En términos más simples: en nuestro ordenamiento penal, la víctima ciertamente tiene voz, pero la responsabilidad del proceso penal continúa siendo del Estado. Y cuando la agresión extingue la vida de la víctima, el peso emocional, la incertidumbre y las secuelas psicológicas de ese andamiaje institucional recaen sobre los hombros de su familia superviviente. • • • Víctimas secundarias: Las secuelas familiares de los feminicidios Esta dimensión de la tragedia merece un análisis significativamente más profundo y empático en nuestra discusión colectiva. Una investigación exhaustiva realizada en conjunto por el “Centro de Periodismo Investigativo” y el medio alternativo “Todas” reveló que, entre septiembre de 2017 y noviembre de 2021, al menos 55 menores de edad quedaron huérfanos de madre en Puerto Rico a causa de feminicidios íntimos. El reportaje arrojó luz sobre una realidad invisible y heroica: abuelas, tíos y abuelos que deben asumir de forma súbita e imprevista la tutela y crianza de estos menores, debiendo lidiar de manera simultánea con la devastación de su propio duelo y el profundo trauma psicológico de la niñez afectada. Este hallazgo obliga a ensanchar radicalmente el concepto jurídico y social de lo que constituye una “víctima”. El acto de violencia machista arranca una vida física, pero mutila de manera permanente el andamiaje existencial de todo un entorno familiar. Detrás de cada estadística quedan hijos en la orfandad, padres sumidos en el desconsuelo, hermanos desamparados y abuelas que agotan sus últimos años en la crianza de una nueva generación. Hablamos de familias que sufren el colapso de sus ingresos, hogares forzados a desplazarse geográficamente por razones de seguridad, núcleos que deben comparecer con regularidad a las salas de justicia, soportar la ventilación pública de la evidencia forense y esperar con angustia por la imposición de sentencias que nunca logran mitigar la ausencia. Son familias que requieren intervenciones de salud mental urgentes y prolongadas que el Estado rara vez provee de manera sistemática. Ante el abandono institucional, algunas de estas familias terminan transitando el camino de Thania: transformando un dolor de naturaleza estrictamente privada en una causa de activismo social, pues saben que la inacción es la única respuesta que recibirán si guardan silencio. Este calvario paralelo constituye uno de los costos humanos más desgarradores y menos contabilizados de nuestro sistema. • • • La necesidad de ampliar nuestra perspectiva Al iniciar este proceso de reflexión, mi interrogante de partida era directa: ¿qué reformas deben implementarse para que, una vez identificado el riesgo por las autoridades, el Estado trascienda el plano de las formalidades procesales y comience verdaderamente a garantizar la vida de la víctima? Hoy sostengo la vigencia de esa pregunta, pero la reconozco incompleta. Al centrar la discusión exclusivamente en este punto, confinamos la responsabilidad social y estatal al momento en que la víctima ya está sufriendo el ciclo del maltrato. Es ahí donde radica nuestra falla conceptual básica: la reflexión de fondo debe iniciar con anterioridad. • • • Un marco integral de acción: Antes, durante y después El antes: Prevención primaria en la raíz de la conducta ¿Cuáles son las estrategias concretas que estamos desplegando en el ámbito educativo e institucional para evitar la gestación de la conducta agresiva? No se trata de sobrecargar a la mujer joven con la responsabilidad de identificar celos patológicos; se trata de adiestrar al joven varón para que aprenda a detectarlos y deconstruirlos en su fuero interno. La solución no estriba únicamente en instruir a la víctima sobre cómo bloquear los canales de contacto del acosador, sino en enseñarle a él, desde la niñez, que la persecución compulsiva tras el fin de una relación constituye un acto de violencia psicológica, jamás un rasgo de amor. La prevención primaria no radica en recordar que el acceso inconsulto a las comunicaciones telefónicas ajenas es una violación de la intimidad, sino en desmontar el falso andamiaje cognitivo que le hace creer a él que goza de prerrogativas de control sobre la persona amada. No basta con estructurar programas de readiestramiento clínico posteriores a una condena judicial. Nos es imperativo abrir compuertas preventivas accesibles e idóneas para que aquel varón que identifique impulsos violentos o celotipias obsesivas en su conducta pueda solicitar y recibir apoyo terapéutico especializado de forma voluntaria, mucho antes de transformarse en imputado de un proceso criminal. La prevención verdadera no puede posponerse hasta que el expediente del Estado adquiera el nombre de una víctima. El Durante: La Custodia Unificada del Riesgo Dinámico Una vez que el peligro ha irrumpido en la realidad de una persona, ¿qué figura o componente de nuestro andamiaje público asume la responsabilidad unificada de su gestión? En Puerto Rico contamos con un personal valioso de agentes de la Policía, fiscales especializados, trabajadores sociales, sicólogos forenses, intercesoras y magistrados, complementado con bases de datos informáticas y escalas científicas de valoración del riesgo. Sin embargo, se echa de menos un ente integrador encargado de analizar la secuencia en su conjunto, capaz de captar la dinámica de la “película completa” y no únicamente “instantáneas” procesales aisladas. ¿Qué funcionario fiscaliza de forma unificada que un agresor con orden de protección ha violentado los límites espaciales, ha intensificado el volumen de correspondencia o llamadas telefónicas, ha reanudado patrones de acecho físico, ha experimentado un proceso de separación reciente o que la víctima ha cancelado repentinamente sus contactos con el intercesor legal? ¿Quién posee la jerarquía técnico-profesional y la facultad de ley para dictaminar, ante un sutil cambio de conducta, que el nivel de letalidad ha mutado y que se requiere una intervención inmediata de resguardo físico? Al examinar los portales oficiales y la información disponible en Puerto Rico, no se constata la existencia de un rol con estas facultades, una laguna que amerita ser subsanada de forma urgente. El después: La reparación integral como eje de seguridad En aquellos dolorosos escenarios donde el sistema de protección resulta ineficaz y la tragedia se consuma, ¿quién asume la tutela y el acompañamiento de las víctimas sobrevivientes? La conclusión formal de una causa penal no cauteriza el desgarro humano. Un fallo condenatorio no tiene la capacidad de reintegrar el regazo materno; una reparación civil decretada en sentencia con frecuencia se convierte en letra muerta ante la insolvencia del agresor; y un preacuerdo de culpabilidad, si bien garantiza certeza, suele dejar interrogantes perennes sin dilucidar para la familia sobreviviente. El escrito de Shey Arwen aborda esta realidad postraumática del caso de Carmen con una lucidez ejemplar que me ha obligado a expandir mis propios esquemas como profesional de la seguridad. La reparación integral y la justicia restaurativa constituyen, de hecho, componentes intrínsecos de la seguridad democrática. La resiliencia colectiva de un hogar, su acompañamiento clínico sostenido y el acceso a condiciones materiales para reconstruir su proyecto de vida tras el desastre emocional deben ser incorporados formalmente como variables críticas al evaluar la efectividad real de nuestro sistema de justicia de género. La métrica real: Evaluar la efectividad más allá de la actividad Esta representa, quizás, la interrogante de mayor complejidad técnica y política. Como sociedad y como Estado, debemos trascender el conformismo de cuantificar únicamente la actividad burocrática del sistema. Medir el éxito a base de estadísticas de producción —tales como el volumen de órdenes de protección expedidas, el número de talleres educativos impartidos, la matrícula inscrita en programas de desvío, la cantidad de casos adjudicados en sala o las evaluaciones de letalidad cumplimentadas— es un enfoque contable incompleto. La métrica sustantiva y el verdadero indicador de impacto residen en preguntas de índole cualitativa: * ¿En qué medida la intervención del Estado ha incrementado los niveles reales de seguridad para las víctimas de violencia de género? * ¿Hemos logrado una reducción medible en los índices de reincidencia delictiva de los agresores adiestrados? * ¿Se constata un cambio cognitivo duradero en el agresor tras su paso por los programas terapéuticos? * ¿Posee el sistema la agilidad analítica para anticipar el próximo escenario de alto riesgo antes de que culmine en feminicidio? * ¿Se ha blindado con efectividad a la familia sobreviviente? * ¿Hemos institucionalizado los aprendizajes colectivos de cada trágico error del pasado? Un aparato gubernamental puede exhibir un cumplimiento formal impecable en cada uno de sus reglamentos y protocolos internos, y de forma paralela, fracasar rotundamente en la preservación de las vidas que tiene la obligación constitucional de custodiar. • • • Hacia una integración real del sistema Al culminar este riguroso ejercicio de lectura, investigación y escritura, mi conclusión dista mucho de ser una simplista descalificación de los recursos o capacidades con que cuenta nuestra isla. De ninguna manera sugiero que los profesionales comprometidos que laboran incansablemente en el manejo de la violencia doméstica —desde trabajadores sociales, oficiales de la uniformada y fiscales, hasta magistrados, intercesoras de la comunidad y psicólogos— estén realizando su labor de forma ineficiente o con ligereza profesional. No pretendo, ni mucho menos, prescribir cómo deben desempeñar sus exigentes responsabilidades técnicas las distintas disciplinas. Mi observación, por el contrario, apunta hacia un escenario mucho más complejo e incómodo: Puerto Rico cuenta con una amplia diversidad de herramientas institucionales y normativas de alta calidad, pero estas operan con frecuencia como islas independientes. El reto crítico reside en la articulación e integración de estas piezas para estructurar un verdadero sistema unificado. La intervención estatal existe, pero cabe cuestionar si su activación no es demasiado tardía. Contamos con instrumentos especializados de evaluación del peligro, pero nos falta definir quién asume la gerencia longitudinal de ese riesgo diagnosticado. Disponemos de programas de reeducación dirigidos a agresores, pero adolecemos de métricas robustas para medir de forma longitudinal su eficacia y reincidencia. Los servicios dirigidos a las víctimas y sobrevivientes están legislados, mas el sistema tropieza cuando la víctima se encuentra silenciada o impedida físicamente para reclamarlos. La administración de la justicia penal rinde cuentas procesales, pero subsiste la interrogante de qué recursos de sanación y sustento quedan disponibles para las familias cuando el foro judicial clausura el expediente del caso. • • • El imperativo de actuar: Carmen, Karla y Andrea como un llamado a la acción Debemos dejar bien claro que el doloroso desenlace del caso de Carmen Ortiz no debe utilizarse como argumento para desalentar a las mujeres a radicar querellas o acudir al sistema legal. Todo lo contrario. El acto de denunciar es un paso de incalculable valor y trascendencia. Las órdenes de protección salvan vidas diariamente y constituyen un recurso de seguridad indispensable. La labor comprometida de nuestros trabajadores sociales, el patrullaje de los agentes del orden público, la tenacidad del Ministerio Público, la rigurosidad de los jueces en sala, el acompañamiento de psicólogos clínicos y criminólogos, la labor incansable de las organizaciones no gubernamentales y el respaldo solidario de las familias son pilares esenciales para la supervivencia de miles de querellantes. Sin embargo, resulta éticamente inaceptable e insostenible delegar de forma exclusiva la responsabilidad de la seguridad en la propia víctima. No es justo ni viable estructurar un sistema en el cual la protección activa dependa enteramente de que una mujer aterrorizada, manipulada psicológicamente, extenuada emocionalmente y aislada de su red de apoyo familiar, mantenga la fuerza física y el ánimo de levantar la mano con regularidad para advertirnos que su vida sigue pendiendo de un hilo. Carmen Ortiz ya había levantado la mano ante el sistema en España. Andrea Ruiz Costas lo hizo en nuestras salas de justicia. Karla Rodríguez Ares hizo lo propio ante nuestros agentes del orden público. En cada uno de estos casos están presentes particularidades jurídicas e individuales que no permiten ni comparaciones lineales ni juicios simplistas. Sin embargo, todos ellos confluían en la formulación de interrogantes inaplazables, que exigían respuestas con carácter de urgencia. • • • Antes. Durante. Después. En el Antes: ¿Qué estrategias concretas estamos ejecutando a nivel de país para identificar y reconducir constructivamente los patrones de control y violencia que moldean al futuro agresor, mucho antes de que se consuma la existencia de una víctima? En el Durante: Una vez que el riesgo severo ha sido formalmente evaluado por el sistema, ¿qué entidad o profesional asume la responsabilidad integral de gestionar ese peligro como un proceso dinámico y cambiante, hasta certificar de forma razonable su mitigación definitiva? En el Después: En aquellos trágicos escenarios donde el andamiaje preventivo resulta ineficaz para impedir el feminicidio, ¿quién se hace cargo de proveer sustento material, clínico y emocional a la familia que hereda la devastación de la tragedia? Y de manera transversal: ¿cómo medimos con rigor científico y de forma longitudinal la efectividad de las políticas públicas implementadas? Carezco de respuestas mágicas o infalibles. No obstante, tras sumergirme en las revelaciones que Shey Arwen y Salvador Lorca nos exponen sobre Carmen Ortiz, ya no me es posible aducir desconocimiento sobre el verdadero rostro de estas preguntas. Es muy probable que el nacimiento de la prevención colectiva comience exactamente en ese punto: no en la soberbia de proclamar que poseemos todas las soluciones teóricas, sino en la honestidad de aprender a identificar dónde es preciso mirar antes de que sea demasiado tarde. Fuentes y referencias Fuentes consultadas y verificadas al 13 de agosto de 2026. Los datos estadísticos identificados como preliminares se presentan como tales en sus respectivas fuentes. Caso Carmen Ortiz y punto de partida * Lorca, Salvador & Arwen, Shey. “La verdad del caso Carmen Ortiz: contada por la criminóloga que está trabajando en él.” Ley Derecho, Substack, 26 de julio de 2026. Leer artículo Marco institucional, prevención y respuesta en Puerto Rico * Poder Judicial de Puerto Rico. “Programa para la Atención de Casos de Violencia de Género.” Descripción de las Salas Especializadas en Casos de Violencia Doméstica y Violencia de Género, sus componentes, servicios y mecanismos de seguimiento. * Poder Judicial de Puerto Rico. Memorial de Presupuesto 2025-2026. Incluye datos sobre las Salas Especializadas y proyectos de atención a casos de violencia de género, servicios de trabajo social y coordinación interagencial. * Departamento de Justicia de Puerto Rico. Oficina de Coordinación de las Unidades Especializadas de Violencia Doméstica, Delitos Sexuales y Maltrato a Menores. * Departamento de Justicia de Puerto Rico. Orden Administrativa Núm. 2023-08. Incorporación de la hoja de evaluación de riesgo de muerte y otros instrumentos especializados al protocolo de investigación de casos de violencia doméstica. * Oficina de la Procuradora de las Mujeres. “Educación y Prevención.” Programas y ofrecimientos sobre violencia en el noviazgo, relaciones saludables, señales de alerta, micromachismos, violencia de género y estrategias de prevención. Estadísticas y evaluación de riesgo * Oficina de la Procuradora de las Mujeres / Negociado de la Policía de Puerto Rico. Incidentes de Violencia Doméstica, Año 2023. Datos preliminares: 7,955 incidentes reportados. * Oficina de la Procuradora de las Mujeres / Negociado de la Policía de Puerto Rico. Incidentes de Violencia Doméstica, Año 2024. Datos preliminares: 9,043 incidentes reportados. * Instituto de Estadísticas de Puerto Rico y Departamento de Justicia. “Estudio de Justicia y el Instituto de Estadísticas revela: Una de cuatro querellantes por violencia doméstica enfrenta riesgo de muerte.” Análisis de la herramienta Danger Assessment aplicada en casos de violencia doméstica. Programas dirigidos a personas agresoras * Gobierno de Puerto Rico. Ley Núm. 449-2000, según enmendada, Ley para crear la Junta Reguladora de los Programas de Reeducación y Readiestramiento para Personas Agresoras. Establece la supervisión, certificación y evaluación de los programas de reeducación vinculados a la Ley 54. * Senado de Puerto Rico. P. del S. 1319, presentado el 12 de junio de 2026. Propone modificar la composición de la Junta Reguladora, garantizar su funcionamiento continuo y fortalecer la supervisión de los programas de desvío para personas agresoras. * Quiles, Cristina del Mar. “Sin fiscalización los programas de desvío para agresores por Ley 54.” Centro de Periodismo Investigativo, 15 de julio de 2021. Investigación sobre fiscalización, recopilación de datos y medición de reincidencia y efectividad de los programas. Criminología y utilización profesional * Departamento de Corrección y Rehabilitación de Puerto Rico. Convocatoria DCR-2026-2027-01, Técnico de Servicios Sociopenales. Reconoce Criminología, junto con Psicología, Trabajo Social, Sociología, Ciencias Sociales y Justicia Criminal, entre las preparaciones académicas elegibles para funciones de evaluación, investigación y seguimiento de población correccional y familiares. Casos de Puerto Rico mencionados * Quiles, Cristina del Mar. “La Jueza Presidenta del Tribunal Supremo rinde cuentas sobre el manejo de casos de violencia de género.” Centro de Periodismo Investigativo / Todas, 7 de julio de 2022. Incluye el análisis institucional posterior al caso de Andrea Ruiz Costas. * Quiles, Cristina del Mar. “Los tribunales ante el machismo.” Centro de Periodismo Investigativo / Todas, 7 de julio de 2022. Examina la experiencia de víctimas y sobrevivientes ante los tribunales y el reclamo de transparencia realizado por la familia de Andrea Ruiz Costas. * Torres Nieves, Valeria María. “‘El sistema le falló’: tras feminicidio en Gurabo, urgen estrategias contra la violencia machista.” El Nuevo Día, 13 de diciembre de 2023. Sobre el caso de Karla Rodríguez Ares, quien tenía una orden de protección vigente al momento de ser asesinada. * Centro de Periodismo Investigativo / Todas. “Buscaban su propia ruta.” 25 de noviembre de 2022. Incluye el caso de Rosario Marín y el preacuerdo judicial avalado por su familia. Alegaciones preacordadas y participación de la víctima * Tribunal Supremo de Puerto Rico. Pueblo v. Acosta Pérez, 2014 TSPR 56. Decisión relacionada con una alegación preacordada en un caso bajo la Ley 54, la posición de la víctima y los límites procesales después de que el tribunal acepta el acuerdo. Familias y víctimas secundarias * Centro de Periodismo Investigativo / Todas. “Las abuelas van al rescate de los niños de sus hijas asesinadas.” 17 de diciembre de 2021. Investigación sobre menores que quedan huérfanos como consecuencia de feminicidios íntimos y sobre las abuelas y familiares que asumen su crianza mientras enfrentan su propio trauma y pérdida. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! Si quieres entender mejor el concepto de Seguridad Humana, puedes adquirir mi serie de libros en Amazon: Get full access to Carlos Rivera at trazandolalinea.substack.com/subscribe

  • August 25 · 17 min

    Kamaishi: No fue un milagro

    Siempre me ha llamado la atención cómo buscamos consuelo en la palabra “milagro” cuando nos asomamos al abismo de una tragedia. En los días posteriores al 11 de marzo de 2011, la prensa internacional se llenó de un titular recurrente: “El milagro de Kamaishi”. Se referían a cómo casi 3,000 niños de escuelas primarias y secundarias de una pequeña ciudad costera en Japón lograron escapar de uno de los tsunamis más devastadores de la historia moderna. Pero la palabra milagro es peligrosa porque nos invita a creer en la suerte, en que la salvación es simplemente un guiño del destino. Lo que ocurrió en Kamaishi no tuvo nada de místico. Fue el resultado de una dolorosa y sistemática educación diseñada para responder a la pregunta más difícil de nuestra psicología: ¿cómo actuar cuando estamos muertos de miedo? A las 2:46 de la tarde de aquel día, la tierra comenzó a temblar frente a la costa noreste de Japón. Fue un terremoto de magnitud 9.0, el más violento registrado en la historia moderna del país, seguido casi de inmediato por un muro de agua implacable. Antes de hablar de quienes sobrevivieron, quiero que nos detengamos un momento a recordar a quienes no pudieron hacerlo. El Gran Terremoto del Este de Japón fue una tragedia cuya escala es muy difícil de asimilar. Cerca de 20,000 personas perdieron la vida y más de 2,500 siguen oficialmente desaparecidas. A ellas se suman miles de vidas que se apagaron en los meses siguientes debido al deterioro de la salud, las evacuaciones apresuradas y el peso insoportable de las condiciones de vida que siguieron al impacto. Quince años después, cuando uno camina por estas localidades, ve carreteras nuevas y diques de hormigón imponentes, pero la infraestructura física no reconstruye por sí sola una comunidad. Muchas de estas poblaciones siguen enfrentando el dolor silencioso de la despoblación, el envejecimiento y unas secuelas sociales y económicas que persistirán durante generaciones. Nada de lo ocurrido en Kamaishi disminuye el peso de estas pérdidas; al contrario, es precisamente en medio de este luto colectivo donde su historia merece ser contada, no como un espectáculo de supervivencia, sino como una humilde semilla de esperanza. En Kamaishi murieron o desaparecieron más de mil personas. Sin embargo, en medio del caos, ocurrió algo que desafió las estadísticas más sombrías: de casi 3,000 estudiantes que habitaban la localidad, 2,911 lograron salvarse de las garras del tsunami. Cinco estudiantes fallecieron, pero ninguno de ellos se encontraba bajo la tutela de la escuela en ese momento. No se salvaron por azar. Llevaban años preparándose para ese día. %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aporten en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. La distancia invisible entre saber y actuar Es fácil diseñar protocolos sobre el papel. Es cómodo de hecho calendarizar simulacros, trazar flechas de colores en mapas de evacuación y memorizar en qué esquina encontrarnos. Todo eso importa, claro. Pero hay algo que ningún ejercicio de escritorio puede reproducir completamente: la hora de la verdad. La hora de la verdad es ese instante exacto en que la alarma deja de ser un pitido de prueba y se convierte en un aullido ensordecedor. Es cuando la adrenalina te inunda el cuerpo, cuando el escenario real no se parece en nada al folleto ilustrado y descubres, con pánico, que las personas que más quieres no están a tu lado. En ese momento crítico, ninguno de nosotros sabe con absoluta certeza cómo va a responder hasta que se ve obligado a hacerlo. Por eso, el verdadero reto de una emergencia no consiste en memorizar un manual de instrucciones, sino en preparar a la persona de carne y hueso que tendrá que ejecutarlas. Esta brecha entre la teoría y la acción quedó al descubierto de forma dolorosa en Kamaishi, en el año 2006. Tras un sismo en la región costera de Sanriku, las alarmas de tsunami comenzaron a sonar. Los estudiantes sabían perfectamente que el agua representaba un peligro mortal. Sin embargo, casi nadie evacuó. Los niños sabían, pero no se movieron. Este es un fenómeno profundamente humano y universal. Sabemos que debemos abandonar un edificio en llamas, sabemos dónde están las salidas de emergencia de los lugares que visitamos y qué hacer ante una alarma. Pero entre el saber y el hacer se abre un abismo psicológico que solemos llenar de dudas, de miradas de reojo a ver qué hacen los demás, y de una parálisis silenciosa que nos dice que, tal vez, no pasa nada. Conscientes de este peligro, las escuelas de Kamaishi ya habían comenzado a transformar su enfoque educativo desde el año 2004, bajo la dirección del profesor Toshitaka Katada. Katada entendió que enseñar qué era un tsunami resultaba inútil en una región que había convivido con ellos durante generaciones. El reto no era intelectual; era conductual: había que convertir el conocimiento pasivo en un comportamiento activo. • • • El miedo no es tu enemigo Vivimos en una cultura que nos repite constantemente que debemos erradicar nuestras emociones negativas: “mantén la calma”, “no tengas miedo”, “controla tu mente”. Pero pedirle a alguien que bloquee el miedo mientras el mundo se cae a pedazos es una expectativa absurda. Me interesa el miedo porque solemos hablar de él como si fuera un defecto de diseño de nuestra psicología. Y es todo lo contrario: es nuestro sistema de alerta biológica más antiguo y perfeccionado. Su función es obligarnos a considerar el peligro, agudizar nuestra atención y preparar nuestro cuerpo para huir o luchar. El problema real jamás ha sido sentir miedo; el problema es: qué decidimos hacer una vez lo sentimos? Un miedo no canalizado se traduce en dos respuestas destructivas: la parálisis absoluta o la impulsividad ciega, como seguir a la multitud sin pensar o regresar corriendo al peligro porque nos gana la desesperación. Por lo tanto, la pregunta correcta que el profesor Katada y su equipo se formularon no fue “¿cómo eliminamos el miedo?”, sino “¿cómo nos preparamos para funcionar cuando aparezca?”. Para resolver este dilema bajo presión, el método Kamaishi simplificó la acción en tres principios fundamentales que debían operar como una brújula intuitiva, evitando debates mentales cuando la adrenalina nubla el juicio: * No quedes atrapado por tus suposiciones. * Haz lo mejor que puedas con las condiciones que tienes en ese instante. * Toma la iniciativa para evacuar, sin esperar a nadie más. El propósito era que la primera reacción correcta no requiriera comenzar a deliberar desde cero. En medio de la catástrofe, cuando el campo de atención se reduce y las preguntas paralizantes afloran (“¿será real?”, “¿estaré exagerando?”, “¿espero a ver qué hacen los otros?”), estos tres pilares de acción rápida proveían una base de acción inmediata. • • • Tsunami Tendenko: El pacto de fe mutua Para sostener estos principios en una comunidad tan estrechamente unida como la japonesa, fue necesario rescatar y deconstruir una antigua filosofía de la región de Sanriku conocida como tsunami tendenko. A primera vista, la regla del tendenko resulta incómoda, casi ofensiva para nuestros instintos morales más básicos. Su traducción cruda es la siguiente: cuando llegue un tsunami, evacúa inmediatamente; no regreses a buscar a nadie; cada persona debe dirigirse por su cuenta a terreno alto. Incluso si se trata de tu propia familia. Nuestra primera reacción ante una catástrofe es buscar a los seres queridos, reunirnos y asegurarnos de que están a salvo antes de mover un solo pie. Sin embargo, tendenko se cimenta sobre una verdad devastadora: correr de vuelta hacia la zona de peligro a menudo no salva a la persona que buscamos y, en cambio, añade una víctima más a la tragedia. La filosofía de tendenko no es una apología del egoísmo o del individualismo insensible. Es un pacto de confianza familiar y comunitaria de una profundidad sobrecogedora. Para que funcione, requiere que la familia haya conversado de antemano, que cada miembro conozca perfectamente el peligro, sepa a dónde dirigirse y, lo más difícil de todo, tenga la fe absoluta de que el otro hará exactamente lo mismo. La promesa implícita de esta filosofía no es “sálvate tú y que los demás se las arreglen”. El verdadero pacto es mucho más profundo: “Tú muévete. Yo me moveré. Ninguno regresará hacia el peligro buscando al otro. Nos encontraremos arriba”. Es —en el fondo— la misma lógica de las máscaras de oxígeno en un avión en emergencia. Debes colocarte primero la tuya antes de intentar ayudar a nadie... incluso a tus propios hijos. No es una actitud egoísta; es... física elemental. Si pierdes el conocimiento intentando ayudar, pronto habrá dos personas que rescatar en lugar de una. Asegurar tu propia capacidad de actuar es el prerrequisito absoluto para poder salvar a alguien más. Los niños de Kamaishi entendieron perfectamente este matiz. El 11 de marzo de 2011, tsunami tendenko no provocó una estampida egoísta. Ocurrió lo contrario: los estudiantes de secundaria tomaron a los niños de primaria de la mano, ayudándose mutuamente a correr. Pero lo hicieron mientras avanzaban de manera decidida hacia terreno seguro, sin detenerse innecesariamente, sin retroceder hacia la zona inundable y sin sacrificar su propia capacidad de supervivencia en el proceso. • • • El cerebro no se apaga: pensamiento crítico bajo la tormenta Existe un malentendido común al hablar de respuestas que se convierten en “segunda naturaleza”. Solemos imaginar un comportamiento robótico, autómata y desprovisto de pensamiento. Pero Kamaishi demostró que la verdadera preparación es el mejor fertilizante para el pensamiento crítico en tiempo real. El plan estatal de prevención de Kamaishi tenía un punto ciego fundamental: las escuelas de la ciudad estaban ubicadas fuera de la zona teórica de inundación de los mapas de riesgo gubernamentales. Si los estudiantes hubieran seguido el plan de manera ciega y mecánica, habrían evacuado al punto de reunión establecido y se habrían quedado allí esperando que el agua no los alcanzara. Pero la preparación que recibieron les había enseñado a no quedar atrapados por sus propias suposiciones. Al llegar al primer refugio designado, los estudiantes observaron las condiciones reales del entorno y detectaron señales inequívocas de que la proyección oficial iba a ser superada. No se quedaron paralizados discutiendo el mapa; cuestionaron el plan y decidieron seguir corriendo hacia un terreno más elevado. El agua continuó subiendo, devorando el primer punto de refugio, y los niños volvieron a moverse aún más alto. Aquí reside la genialidad del método Kamaishi. El entrenamiento no consistió en memorizar un libreto rígido. Consistió en proveer una base sólida de actuación para que, cuando apareciera la catástrofe, los niños no tuvieran que empezar a tomar decisiones en blanco. Les dio una dirección inicial, prioridades claras y un movimiento inicial conocido. Y una vez en movimiento, con la respiración acelerada pero con la inercia del pánico controlada, les permitió hacer lo más difícil en una crisis: volver a pensar. Como les enseñó el profesor Katada: si existe duda, continúa buscando seguridad. • • • Una lección de humilde realismo Un simulacro es un ejercicio cómodo; sabemos que la alarma terminará y que volveremos a nuestra rutina de siempre. La realidad de una catástrofe introduce una variable que ningún simulacro puede replicar: las consecuencias. Es en ese escenario, con vidas en juego, donde descubrimos la verdadera resistencia del ser humano que se encuentra detrás del procedimiento. Por esta razón, tengo serias reservas con llamar a Kamaishi un milagro. La preparación no es un escudo mágico contra el destino, ni una garantía de supervivencia absoluta. Aquel fatídico 11 de marzo, miles de personas perdieron la vida en situaciones donde ninguna cantidad de preparación individual o familiar habría podido alterar el trágico desenlace. La preparación no promete milagros; nos ofrece algo mucho más realista: una mejor oportunidad de actuar correctamente cuando todavía existe una acción que podemos tomar. El logro de Kamaishi no se materializó en el momento en que la tierra tembló, sino en los años de paciente educación que lo precedieron. Alguien entendió a tiempo que no bastaba con dar conferencias científicas sobre tectónica de placas a unos niños de escuela. Algún día, esos niños se enfrentarían a alarmas ensordecedoras, a un miedo asfixiante y a decisiones con consecuencias irrevocables. No se les enseñó a ser inmunes al miedo. Se les enseñó a convertirlo en combustible para el movimiento. Primero, muévete.Después, observa y piensa.Adapta tu curso.Y nunca dejes de avanzar. Esa es la preparación en su expresión más humana. No se trata de eliminar el miedo, sino de estar listos para funcionar a través de él. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! Si quieres entender mejor el concepto de Seguridad Humana, puedes adquirir mi serie de libros en Amazon: Get full access to Carlos Rivera at trazandolalinea.substack.com/subscribe

  • August 18 · 11 min

    Cuando algo te dice que “No”

    A veces, el peligro es un grito ensordecedor. Un ruido seco a nuestras espaldas en una calle desierta, una sombra que acelera el paso detrás de nosotros, una puerta forzada o una conducta abiertamente agresiva. Ante la amenaza evidente, el cuerpo y la mente reaccionan de inmediato: vemos algo, entendemos lo que ocurre y sentimos miedo. Pero hay otras veces en que el peligro viaja en silencio. No hay alarmas evidentes, ni armas, ni rostros hostiles. Solo aparece una incomodidad sutil. Una resistencia silenciosa. La sensación extraña de que algo —por alguna razón que nuestra mente racional aún no logra descifrar— simplemente no encaja. %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aporten en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. “No” es una oración completa Gavin de Becker, cuya obra “The Gift of Fear” ha influido profundamente en mi manera de entender la seguridad humana, menciona más de una vez una idea aparentemente sencilla: “No” is a complete sentence. El “no”, no necesita una justificación, ni disculpas, ni la presentación de un expediente de pruebas. Tampoco requiere, en absoluto, la aprobación de quien lo recibe. Solemos entender esta frase como una herramienta de límites sociales, pero hoy creo que tiene otra dimensión: es la forma más pura y directa en que nuestra intuición se convierte en acción. A menudo no sabemos por qué nos detenemos. Solo sabemos que algo adentro se niega a seguir avanzando. El verdadero problema empieza cuando le exigimos una explicación detallada antes de obedecerla; en ese tiempo que tardamos en buscar una “razón convincente”, solemos terminar convenciéndonos de ignorar el susurro. Dos mujeres, separadas por continentes y circunstancias completamente distintas, me hicieron pensar en esto. Ambas tenían razones para confiar; ambas establecieron un límite que resultaría ser mucho más significativo de lo que podían imaginar en ese momento. El hombre de la placa Es el 9 de junio de 2017. Emily Hogan camina hacia una parada de autobús en el campus de la Universidad de Illinois. Un coche se detiene a su lado. El conductor lleva gafas de aviador, le muestra lo que parece ser una placa y se presenta como policía encubierto; dice que está trabajando en la zona y quiere hacerle algunas preguntas. Emily coopera. Se acerca al coche y habla con él. Pero entonces, el tono cambia: el hombre le pide que suba al automóvil para continuar con las preguntas. Emily se niega. Da un paso atrás y se marcha. En su mente solo queda una idea flotando: “He didn’t seem like a cop”. No tenía pruebas de que fuera un impostor, ni sospechaba de sus intenciones. Solo sintió que algo no encajaba. Emily reporta el encuentro a la policía y sigue con su día. Apenas cuatro horas más tarde, en ese mismo campus, Yingying Zhang, una investigadora de 26 años, espera el transporte público. Llega tarde a una cita. El mismo coche negro se detiene a su lado. Yingying decide subir. Nunca regresará. El conductor era Brendt Christensen, quien sería condenado a cadena perpetua por su secuestro y asesinato. Aquella mañana, antes de encontrarse con Yingying, había intentado subir a Emily Hogan a su vehículo. Emily tomó su decisión a oscuras, sin saber nada de eso. No necesitó demostrar que la placa era falsa, ni establecer que el hombre mentía. Solo necesitó decidir: “No voy a entrar en ese carro”. Cuando la amenaza parece cuidado La segunda historia ocurre en un espacio que debería ser seguro: una relación de pareja. En la década de 1990, Brenda Grant mantiene una relación con Malcolm Webster, un hombre con formación como enfermero. Cuando Brenda sufre de dolores de cabeza, Malcolm le ofrece medicamentos para aliviar el dolor. Pero ella, una y otra vez, se niega a tomarlos. Desde fuera, la escena es casi idílica. Tu pareja sabe que te duele la cabeza, tiene conocimientos médicos y te ofrece algo para el dolor. Eso puede parecer atención, cuidado o cariño. Sin embargo, Brenda simplemente no quiere tomar las pastillas. Años después, la verdad saldría a la luz. Malcolm Webster fue condenado en Escocia por asesinar a su primera esposa y por intentar asesinar a la segunda, utilizando en ambos casos sustancias médicas para incapacitarlas antes de simular accidentes. No sabemos si las pastillas que le ofrecía a Brenda estaban adulteradas, ni si él pretendía hacerle daño a ella. No hace falta inventarlo para sentir un escalofrío: Brenda rechazó repetidamente la medicina de un hombre que, más tarde, sería condenado por drogar a otras mujeres con quienes mantenía relaciones íntimas. Su negativa silenciosa la mantuvo a salvo. Cuando la evidencia apunta en otra dirección Lo que hace tan poderosas a estas dos historias es que la amenaza nunca se presentó como tal. Christensen no dijo: “Soy un hombre peligroso, sube”. Webster no dijo: “Déjame darte algo que te hará daño”. Las señales sociales eran impecables: una placa de autoridad en un caso, una relación afectiva en el otro. La intuición no siempre compite contra señales de peligro; a veces compite contra razones sólidas para sentirnos seguros: una profesión, una sonrisa, una explicación lógica o una amistad. Y compite, sobre todo, contra una fuerza social devastadora: la cortesía. “No seas desconfiado”, “no exageres”, “no seas grosero”, “seguro que no es nada”. Nos aterra herir los sentimientos ajenos o parecer ridículos. Pero decidir no avanzar no es una acusación contra el otro; es simplemente establecer cuánta exposición estamos dispuestos a aceptar en nuestro propio cuerpo. La intuición no necesita ganar el caso Para acusar a alguien en un juzgado o privarlo de libertad se necesitan pruebas irrefutables. Pero para proteger tu vida o tu paz, no necesitas demostrarle nada a nadie. Si decides no subir a un coche, no tomar una pastilla, no abrir la puerta o dar por terminada una conversación, no tienes que convencer a un jurado. No estás juzgando a la otra persona, estás decidiendo por ti. La intuición no es infalible. A veces nos equivocamos. Pero hay errores cuyo costo es una simple conversación incómoda, y hay errores cuyo costo es infinitamente mayor. La intuición no es magia No necesitamos ver la intuición como un sexto sentido místico o sobrenatural. Tampoco hay que descartarla por el hecho de no poder explicarla conscientemente con palabras en ese instante. Nuestro cerebro es una máquina extraordinaria que procesa continuamente miles de datos en segundo plano: incongruencias en el tono de voz, micro expresiones, una distancia física extraña, una pieza del rompecabezas que falta. Nada de eso se verbaliza al instante, pero la suma de esas señales genera una conclusión rápida antes de que la conciencia termine de redactar su informe escrito. Emily no desglosó los detalles del coche o de la placa; solo concluyó: “No parecía policía”. Brenda sintió un límite y lo sostuvo. Eso fue suficiente. No siempre es miedo La intuición rara vez empieza como un pánico paralizante. Suele manifestarse antes, como una pequeña molestia, una resistencia silenciosa, un freno de mano físico. Vivir sospechando de cada sombra no es seguridad, es un agotamiento insostenible. No se trata de ver enemigos en todas partes. Se trata de que, cuando nuestro sistema de percepción interrumpe una situación que parecía normal, le concedamos al menos una cosa: atención. Ellas no conocían el final de la historia Nosotros leemos estas líneas sabiendo el final de la historia. Podemos mirar atrás con comodidad, identificar a los culpables y analizar sus patrones. Pero Emily y Brenda decidieron a oscuras, sin conocer el próximo capítulo. Y ese es el verdadero valor de la intuición. No nos revela el futuro, ni nos dice exactamente qué va a pasar. Su tarea es más modesta y vital: hacernos parar, ganar unos segundos de distancia, invitarnos a mirar dos veces antes de dar el siguiente paso. Querido lector, querida lectora: A veces, la señal que nos salva no grita. A veces apenas susurra. No siempre sabremos de dónde viene ese susurro, ni podremos explicar por qué apareció. Pero no necesitas entenderlo para escucharlo. La próxima vez que sientas esa sutil resistencia en el pecho, o esa pequeña incomodidad que no sabes explicar, concédete un regalo fundamental: el derecho a detenerte. Tu seguridad y tu paz no le deben explicaciones a nadie. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! Si quieres entender mejor el concepto de Seguridad Humana, puedes adquirir mi serie de libros en Amazon: Get full access to Carlos Rivera at trazandolalinea.substack.com/subscribe

  • August 11 · 32 min

    Parecen policías. No lo son.

    Por lo general, busco en internet relatos que apunten a la necesidad o que demuestren el valor de desarrollar la capacidad humana como base de cualquier práctica de seguridad. Este caso pertenece a la primera categoría: la necesidad. Cuando mi esposa me enseñó el video que apareció en sus redes, lo que sentí fue desconcierto, disgusto. Pero no por lo obvio. No por las imágenes violentas que estaba viendo. Sino por lo que existía detrás de todo esto. El caso ocurrió en Albuquerque, pero la preocupación me resulta muy cercana. Desde hace tiempo observo en Puerto Rico guardias de seguridad privada, armados y con apariencia cuasi-táctica utilizados como si estuvieran en un área de combate o en un operativo táctico, en ocasiones simplemente parados en una entrada y desconectados de una estrategia operacional más amplia. La presencia es evidente. El sistema que la apoya no lo es. Es un ejemplo de cómo la búsqueda de una Ilusión de Seguridad puede crear terreno fértil para que la apariencia de control termine convertida en fatalidad. No escribo para determinar la culpabilidad penal de Josiah Armijo. Esa responsabilidad corresponde a los tribunales. Mi pregunta es otra: ¿qué sistema colocó a un guardia privado, con apariencia y equipo de policía, en una situación para la cual quizás solo había recibido una fracción de la preparación que asociamos con ese papel? %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aporten en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. Menos de noventa dólares El 16 de octubre de 2025, en una tienda Spirit Halloween de Albuquerque, Chase Beltramo presuntamente intentó salir con mercancía valorada en menos de noventa dólares. Según la denuncia criminal y los videos divulgados, el guardia de seguridad Josiah Armijo lo persiguió hasta el estacionamiento, lo derribó y comenzó una confrontación física. Durante el forcejeo, Armijo sacó su arma, amenazó con disparar, volvió a guardarla, utilizó gas pimienta y posteriormente disparó. Beltramo estaba desarmado y murió en el lugar. El Departamento de Policía de Albuquerque (APD) determinó que Armijo tenía fundamento para detenerlo, pero no justificación para emplear fuerza letal. Fue acusado de asesinato en segundo grado. El proceso penal, no este artículo, deberá determinar su responsabilidad. Chase Beltramo tenía 41 años. La Policía de Albuquerque esperó a notificar a su familia antes de divulgar su nombre. Fuera de eso, la cobertura pública dice muy poco sobre él. No he podido confirmar si era esposo o padre. Sabemos más sobre la mercancía que presuntamente tomó y sobre sus encuentros anteriores con la justicia que sobre la persona que murió aquella tarde. Esa ausencia importa. En cuestión de horas, Chase dejó de ser una persona y quedó reducido a una categoría: el shoplifter. Pero un presunto delito contra la propiedad no disminuye el valor de una vida. Los noventa dólares explican cómo comenzó el incidente; no establecen cuánto valía la persona que murió. La semejanza peligrosa Armijo no era policía. Era empleado de una compañía privada de seguridad. Sin embargo, para el público —y posiblemente para el propio guardia— la diferencia podía resultar menos clara. Uniforme, chaleco, cámara corporal, radio, esposas, gas pimienta y arma de fuego. A eso se añade un vocabulario de órdenes, detención, registro, control y uso de fuerza. Parece policía. Se equipa parcialmente como policía. Se adiestra mediante conceptos tomados del trabajo policial. Pero no posee la autoridad general, la formación integral ni la estructura de supervisión de un agente del Estado. Nuevo México reconoce el llamado shopkeeper’s privilege: ante causa probable de hurto, la ley permite una detención razonable y por un tiempo razonable para intentar recuperar la mercancía. Esa autoridad especial explica por qué APD consideró legítimo que Armijo detuviera a Beltramo. Pero es una facultad limitada; no convierte al guardia en policía ni autoriza cualquier método para impedir una fuga. La línea crítica no estaba entre “hacer algo” o “no hacer nada”. Estaba entre detener razonablemente y crear una confrontación cuyo riesgo superaba por mucho el valor de lo que se intentaba proteger. Cuarenta y cuatro horas Nuevo México divide la capacitación de los guardias en tres niveles. Sobre el papel, el sistema parece ordenado y profesional: · Nivel 1: mínimo de 8 horas. · Nivel 2: mínimo adicional de 20 horas. · Nivel 3: mínimo adicional de 16 horas para el nivel armado, junto con requisitos de cualificación con el arma, evaluación psicológica y antecedentes. En total, el currículo mínimo acumulado es de 44 horas, además de los requisitos administrativos y las certificaciones aplicables. Así lo establece el reglamento de licenciamiento de Nuevo México. El problema no es que exista capacitación. Tampoco que incluya exámenes, ejercicios prácticos o requisitos psicológicos. El problema es la relación entre lo que el sistema permite hacer, la imagen profesional que debe proyectarse y el tiempo disponible para desarrollar criterio. El Nivel 1 incluye autoridad y responsabilidad, detención, registro, uso de fuerza, comunicación e identificación de evidencia. Dentro de ese currículo, solo una hora práctica está expresamente dedicada al uso apropiado de fuerza y al desescalamiento. El mismo documento también introduce preparación mental para confrontaciones, control del encuentro y lenguaje derivado de modelos policiales. El Nivel 2 profundiza en uso de fuerza y responsabilidad, dinámica de confrontación, registros, esposas, armas de impacto y agentes químicos. Incluye comunicación y manejo de conflictos, pero su centro de gravedad continúa siendo la intervención y el control físico. El Nivel 3 se concentra en armas de fuego: manipulación, puntería, retención, acondicionamiento mental, reconocimiento de amenazas, tiro bajo juicio y leyes sobre fuerza letal y arresto. No cuestiono que esos conocimientos sean necesarios para quien porta esos equipos. Cuestiono que podamos confundir una exposición breve a materias críticas con la formación del juicio humano necesario para aplicarlas bajo presión. Imitar una función no crea la capacidad La comparación con la policía no pretende idealizar a la policía. Los agentes de la policía también se equivocan, y una academia extensa no garantiza buen juicio. Pero la escala ayuda a entender el problema. La Academia de APD requiere 26 semanas de entrenamiento, 40 horas por semana, estructuradas sobre el currículo de certificación estatal. A eso se añaden entrenamiento de campo, evaluación continua, periodo probatorio y capacitación recurrente. El currículo básico estatal, por sí solo, comprende 677 horas. Un guardia armado puede alcanzar el mínimo curricular de su función en poco más de una semana laboral. Un policía atraviesa meses de formación antes de comenzar otra etapa supervisada en la calle. La diferencia no consiste solamente en aprender más leyes o disparar más rondas. Consiste en filtros, repetición, escenarios, corrección, exposición supervisada y tiempo para observar cómo una persona decide cuando siente miedo, frustración, cansancio o pérdida de control. Podemos enseñar a alguien a usar esposas, gas pimienta y un arma en cuestión de días. Desarrollar criterio para saber cuándo no usarlos toma mucho más tiempo. Albuquerque y Puerto Rico no quedan tan lejos Puerto Rico no utiliza los tres niveles de Nuevo México. La Ley 108 de 1965, según enmendada, exige un curso de por lo menos cuatro semanas y seis horas de educación continua cada dos años, cuatro de ellas en la Academia de la Policía o su entidad sucesora. El Reglamento 9262 incluye derechos civiles, procedimiento criminal, uso de fuerza, preservación de evidencia, función del guardia y redacción de informes. Cuatro semanas parecen superar las 44 horas mínimas de Nuevo México, pero la ley no las convierte en horas contacto. En el currículo general descrito por el reglamento de Puerto Rico no aparecen cualificaciones separadas para esposas, dispositivos de descarga eléctrica, macanas, kubotanes, gas pimienta o equipo de primeros auxilios o de control de hemorragias. Conocer el concepto de fuerza razonable no equivale a estar certificado en cada herramienta del cinturón. El arresto por persona particular En Puerto Rico, el arresto civil o ciudadano (arresto por persona particular) es la facultad legal que tiene cualquier civil para retener a otra persona si esta comete o intenta cometer un delito en su presencia. La licencia de guardia de seguridad no concede poder policial. Las Reglas de Procedimiento Criminal distinguen el arresto por un funcionario del orden público (un policía), bajo la Regla 11, y el arresto por una persona particular, bajo la Regla 12. Esta última permite arrestar de inmediato por un delito cometido o intentado en presencia del particular, o cuando realmente se cometió un delito grave y existen motivos fundados para creer que el arrestado lo cometió. Quien arresta debe informar su intención, causa y autoridad —con excepciones limitadas— y entregar al arrestado sin demora innecesaria. Aunque la Regla 16 permite los medios necesarios, la persona particular no puede infligir grave daño corporal. Las esposas, que presuponen un arresto válido, necesidad real y fuerza proporcional, no son un accesorio neutro. El equipo no confiere autoridad: Una advertencia de negocio Un dispositivo de descarga eléctrica (taser), el gas pimienta, una macana o un kubotán son herramientas de fuerza. Portarlas no autoriza a utilizarlas. El Código Penal de Puerto Rico exige daño inminente, necesidad racional del medio empleado y no infligir más daño del necesario para justificar la legítima defensa. La excepción ocupacional para portar ciertos instrumentos no autoriza su uso injustificado. Antes de asignarlos, la organización debería demostrar autorización legal, adiestramiento específico y recurrente, política escrita, inspección, reporte y revisión supervisada de cada uso. La advertencia para el comerciante: Muchos empresarios y directores de operaciones creen que contratar una agencia de seguridad externa y desplegar guardias armados “tácticos” los aísla de cualquier reclamación legal. Esto es un error crítico. La propia Ley 108 exige a la agencia una fianza o póliza que responda por daños causados mediante culpa o negligencia, pero aclara expresamente que esta garantía no releva a nadie de la responsabilidad civil impuesta por ley. Si usted contrata seguridad que carece de adiestramiento específico y documentado sobre las herramientas que porta en su cinturón, usted no está comprando protección. Está asumiendo una exposición civil, penal y reputacional masiva en caso de un incidente. Ante el tribunal, el argumento de “yo subcontraté ese servicio” no detendrá la demanda contra su negocio si el sistema que permitió la fatalidad carecía de criterio y supervisión. Puerto Rico ya ha visto la advertencia Puerto Rico no ha vivido un caso idéntico al de Armijo, pero sí incidentes que reflejan distintas partes del mismo problema: 1. Rincón (2021) y el conflicto de autoridad: Durante la controversia del Condominio Sol y Playa, un guardia de seguridad empujó a un manifestante sobre una estructura de hormigón, provocando su caída y una posterior querella. Lo que comenzó como la protección de los intereses de un cliente terminó proyectando una autoridad física e injustificada sobre un ciudadano en una disputa puramente civil. 2. La Placita de Santurce (2023) y el mal uso del equipo: Un guardia del Vibra Lounge fue acusado de golpear a una clienta en la cabeza con un detector manual de metales durante una discusión. La mujer requirió seis puntos de sutura. Este caso demuestra que cuando el criterio y el autocontrol fallan, cualquier herramienta —incluso un escáner de metales diseñado para inspeccionar— se convierte en un arma contundente de agresión. 3. La Avenida Baldorioty de Castro (2023) y la escalada descontrolada: Dos guardias privados persiguieron por la avenida a un hombre que había hurtado un vehículo. La persecución terminó cuando uno de ellos le disparó mortalmente. El incidente comenzó con el hurto de una propiedad y terminó en un escenario de persecución ilegal y uso de fuerza letal. El caso de Rincón nos advirtió sobre la falsa autoridad; el de La Placita, sobre la improvisación con el equipo; y el de la Baldorioty, sobre la escalada ilegal por propiedad. El caso Armijo en Albuquerque reúne las tres advertencias en una sola tragedia. Un torniquete tampoco es utilería En Puerto Rico, es cada vez más común observar a guardias de seguridad que integran en su “uniforme” equipos tácticos de primeros auxilios, incluyendo torniquetes tácticos tipo C-A-T (Combat Application Tourniquet). Un torniquete y un kit para traumatismos pueden salvar una vida, y su presencia es admirable. Pero precisamente por su naturaleza crítica, requieren adiestramiento severo en control de hemorragias, activación del sistema de emergencias 9-1-1, inspección del material, protección contra exposición a patógenos en sangre y documentación. No pueden ser simple utilería estética para completar el “look” operacional. Además, la Ley del Buen Samaritano en Puerto Rico no ofrece una inmunidad automática como muchos creen. Esta ley protege a determinados profesionales de la salud, técnicos de emergencias, voluntarios acreditados y, bajo condiciones específicas, policías, bomberos y personal de ambulancia adiestrado. No menciona expresamente al guardia privado. Un guardia en servicio remunerado no puede dar por sentado que una asistencia prestada como parte de su empleo comercial goza de dicha inmunidad estatal si actúa con negligencia crasa o fuera de su competencia de adiestramiento. Llevar un torniquete CAT en el cinturón sin una certificación real es el síntoma perfecto de una tendencia mucho más profunda: adoptar la silueta externa del operador táctico sin reproducir la disciplina de la institución que lo respalda. Es aquí donde el equipo deja de ser una herramienta de mitigación y se convierte en una declaración de identidad. Cuando el equipo táctico se convierte en identidad Un chaleco antibalas puede ser protección legítima. El problema comienza cuando el equipo deja de ser un recurso de protección y se convierte en un vestuario de autoridad para proyectar poder. La Ley 108 y el Reglamento 9262 restringen estrictamente, sin autorización previa, el uso de uniformes o equipos que sean idénticos o similares a los de las agencias del orden público, precisamente para evitar que se confunda al ciudadano y se altere la conducta del propio guardia. No existe una organización única llamada Black Rifle. Pero utilizo la expresión cultura del «fusil negro» para describir un ecosistema civil de armas, accesorios, entrenamiento, medios digitales y preparación permanente que toma su estética del mundo militar y de operaciones especiales. Esta cultura forma parte de lo que el sociólogo David Yamane denomina Gun Culture 2.0: una transición donde la cultura tradicional del tiro recreativo y la caza ha cedido espacio a una mentalidad centrada de manera casi exclusiva en la protección personal y la defensa activa frente a amenazas. Nada de esto convierte automáticamente a un propietario de armas, defensor de la Segunda Enmienda o veterano en alguien radical o imprudente. En su mejor versión, esta cultura promueve la autodisciplina, la responsabilidad y la protección del prójimo. Pero en su peor versión, puede convertir un derecho en una identidad totalitaria: el mundo se interpreta como una amenaza permanente, el equipo se asume como prueba de competencia y cada confrontación cotidiana se percibe como la oportunidad esperada para demostrar preparación. La cultura táctica civil adopta los símbolos del mundo militar, pero con frecuencia olvida lo más importante: se adopta la silueta del operador sin reproducir la institución (la cadena de mando, las reglas de enfrentamiento, la supervisión estricta y la rendición de cuentas) que controla al mismo. En Puerto Rico, esta tendencia se manifiesta con claridad. Sectores de la seguridad privada gravitan hacia esta estética táctica. Cuando una preferencia personal comienza a definir la práctica profesional, el concepto de seguridad se distorsiona: · La seguridad se convierte únicamente en presencia armada. · La preparación se reduce a la acumulación de equipo táctico. · La autoridad se mide por la capacidad de imponer control físico. Para un guardia privado, esta combinación es sumamente delicada. Si ofrecer seguridad significa prepararse principalmente para la confrontación física, entonces observar, o contener, puede percibirse erróneamente como pasividad o debilidad. La intervención física deja de ser el último recurso y comienza a formar la identidad profesional. Se convierte en la decisión por defecto. El caso de Josiah Armijo en Albuquerque no demuestra que la cultura táctica haya causado directamente sus decisiones. Pero sí demuestra de forma contundente por qué una organización debe evaluar no solo qué equipo porta su personal, sino qué entiende ese personal como seguridad, autoridad y desempeño. Lo que todavía no sabemos No he encontrado documentación pública suficiente para afirmar si Armijo poseía todas las credenciales y certificaciones exigidas por el estado de Nuevo México para trabajar armado. Que llevara uniforme y arma no demuestra que hubiera cumplido cada requisito legal, ni tampoco lo contrario. Incluso suponiendo que cumpliera con cada uno de los mínimos reglamentarios, la pregunta estructural permanece: ¿eran adecuados esos mínimos para las funciones, equipos y decisiones de alta presión que el sistema esperaba que asumiera en la calle? Un certificado acredita la asistencia a un curso; no demuestra por sí solo que la preparación produjo la capacidad que el puesto aparentaba ofrecer. Once días y una llamada En uno de los videos divulgados por APD, Armijo le indicó a la agente interventora un detalle devastador: llevaba once días trabajando de forma continua sin un solo día libre. El cansancio físico y mental extremo no excusa una decisión letal, ni determina culpabilidad legal por sí solo. Pero sí constituye un riesgo operacional severamente previsible. La privación de sueño y el agotamiento acumulado erosionan la paciencia, alteran la percepción situacional, disminuyen el control emocional y sabotean la toma de decisiones racionales bajo estrés. Si una organización coloca a una persona armada en contacto diario con el público, el diseño de su horario de trabajo deja de ser un asunto administrativo y se convierte en un factor de seguridad de vida o muerte. También resulta revelador lo ocurrido inmediatamente después. Ya en el cuartel de policía, antes de contestar preguntas a los detectives de homicidios, Armijo indicó estar dispuesto a cooperar, pero solicitó que primero se comunicaran con la compañía aseguradora de protección legal “Right to Bear”, siguiendo las instrucciones que había recibido para incidentes con armas de fuego. Esto no debe interpretarse como falta de remordimiento. Buscar representación legal inmediata ante un interrogatorio por homicidio es un derecho constitucional y una acción prudente. El detalle importa por una razón mucho más profunda: demuestra que el sistema tenía un procedimiento perfectamente estructurado, claro y ensayado para el “después del disparo” (a quién llamar, cómo activar el seguro legal), mientras deja en total abandono la preparación, supervisión y apoyo operacional disponibles “antes de que el encuentro tuviera que llegar a ese punto fatal”. El seguro de responsabilidad legal puede administrar las consecuencias jurídicas y financieras de una tragedia. No desarrolla la capacidad humana necesaria para evitarla. La receta del desastre Josiah Armijo pudo haber fallado gravemente. Le corresponderá al tribunal determinar cómo y bajo qué grado de responsabilidad penal. Pero el análisis profesional de riesgos no puede terminar en él. También corresponde preguntar qué políticas operacionales estableció su patrono, qué tipo de supervisión en tiempo real recibía, por qué se le permitió acumular once días de trabajo extenuante sin descanso, y cuáles eran sus directrices específicas ante un hurto de mercancía. Corresponde cuestionar por qué un establecimiento comercial temporero consideró necesario desplegar seguridad armada con equipo táctico para proteger mercancía de bajo valor monetario. Y corresponde, sobre todo, exigir cuentas al Estado por permitir que una persona se acerque tanto a la apariencia y a las funciones críticas de un policía con apenas una fracción mínima de su formación académica y profesional. Nuevo México estableció los niveles de capacitación. Definió las horas. Aprobó currículos que enseñan detención, registro, esposamiento, uso de agentes químicos y fuerza letal. Y luego, permitió que todo ese poder coercitivo se concentrara en una figura privada cuya autoridad legal seguía siendo limitada. Nuevo México no apretó el gatillo. Pero diseñó el sistema y preparó el terreno en el que este incidente fatal era solo cuestión de tiempo. En Puerto Rico, lamentablemente, estamos fertilizando un terreno peligrosamente idéntico. Nuestro sistema no tiene que reproducir las leyes de Nuevo México al pie de la letra para compartir su nivel de riesgo. Basta con que sigamos confundiendo la simple presencia física con una estrategia de seguridad, el equipo táctico con la preparación técnica, y la capacidad física de intervenir con el criterio ético y profesional para decidir replegarse. El caso de Josiah Armijo en Albuquerque nos brinda un espejo incómodo. Nos permite examinar con crudeza las consecuencias de nuestras propias carencias operacionales, antes de que una tragedia idéntica en suelo local nos obligue a hacerlo de la peor manera. La ilusión cumplió su función La Ilusión de Seguridad no siempre surge de la ausencia de medidas. Con frecuencia, nace de su acumulación desmedida: un uniforme, una cámara corporal, un radio, arma, un cinturón táctico cargado de herramientas, un certificado de curso rápido y una póliza de seguro. Cada elemento parece añadir una capa de control. Juntos pueden convencernos de que existe una capacidad operativa que, en realidad, nunca fue plenamente desarrollada. Pero un uniforme no crea criterio. Un arma no concede autoridad legal. Un certificado de horas mínimas no sustituye la experiencia supervisada. Y una póliza de seguro de responsabilidad civil jamás evitará una mala decisión bajo presión. Chase Beltramo murió por menos de noventa dólares. Josiah Armijo enfrenta hoy cargos por asesinato en segundo grado por un encuentro que jamás debió haber escalado. Una familia recibió la llamada devastadora que nadie quiere recibir. Una empresa, un cliente comercial y un sistema regulador estatal tendrán que responder preguntas difíciles que no desaparecerán cuando concluya el proceso judicial. La seguridad real no consiste en parecer preparado. Consiste en haber desarrollado la capacidad humana y el criterio operativo para reconocer con absoluta claridad el momento preciso en que intervenir protege... y el momento en que retirarse, contener y solicitar apoyo protege mucho más. Un guardia sin estructura es meramente presencia física: una ilusión de control. Un guardia armado operando dentro del marco de una estructura mal diseñada y sobrecargada de equipo táctico es, de hecho, un multiplicador de riesgo. Solo cuando la selección rigurosa, la preparación basada en criterio, los límites legales claros, la supervisión activa y el respaldo institucional forman un sistema unificado, podemos hablar de una verdadera y responsable gestión del riesgo. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! Si quieres entender mejor el concepto de Seguridad Humana, puedes adquirir mi serie de libros en Amazon: Get full access to Carlos Rivera at trazandolalinea.substack.com/subscribe

  • August 4 · 31 min

    La verdad soportable

    La guerra, vista desde lejos, parece tener estructura. Hay mapas, horarios, rutas, objetivos y unidades representadas por símbolos. Cuando todo termina, otras personas pueden reunir los informes, escuchar las comunicaciones, comparar testimonios y estudiar durante meses una decisión que alguien tuvo que tomar en segundos. Desde esa distancia, el caos comienza a parecer evitable. Aparecen los errores, lo que debió hacerse, lo que alguien no vio y lo que otro, supuestamente, habría hecho mejor. Como veterano, no me es ajena la crítica de los “coaches” de grada: quienes no estuvieron allí, pero después pretenden poseer una perspectiva más clara que la de quienes sí estuvieron. A veces la tienen. Cuando uno está dentro del “sandbox”, solo puede ver lo que tiene al frente. El terreno, el ruido, el cansancio y el miedo reducen el mundo. Quien observa desde afuera puede ver el mapa completo, identificar fallas de planificación y comprender una cadena de acontecimientos que resultaba invisible para quienes estaban atrapados dentro de ella. La distancia puede producir claridad. Lo que no concede automáticamente es superioridad moral. La guerra no ocurre en los mapas. Ocurre dentro de cuerpos cansados, en lugares donde nadie posee toda la información, donde las comunicaciones fallan, los planes se deshacen y una decisión puede parecer correcta durante cinco segundos y convertirse en una tragedia al sexto. La guerra no es limpia ni se desarrolla como una coreografía. Es caos. Es sucia, fea, confusa y desorganizada. Cuando todo lo demás comienza a desaparecer, sobrevivir es lo que más importa. %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aporten en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. El único que regresó. La historia de Marcus Luttrell suele presentarse como una historia de heroísmo y resistencia. En junio de 2005, durante la Operación Red Wings, Luttrell formó parte de un equipo de reconocimiento de cuatro Navy SEALs en las montañas de Afganistán. Michael Murphy, Danny Dietz y Matthew Axelson murieron durante el enfrentamiento. Ese mismo día, dieciséis militares que acudían en su auxilio murieron cuando el helicóptero que los transportaba fue derribado. Diecinueve hombres murieron. Luttrell fue el único miembro de su equipo que regresó. Su relato se convirtió después en el libro Lone Survivor y, más tarde, en una película. La historia adquirió dimensiones casi legendarias: cuatro hombres rodeados por una fuerza abrumadora, resistiendo hasta el límite, mientras uno de ellos conseguía sobrevivir contra toda probabilidad. Con el tiempo aparecieron otras reconstrucciones. Victory Point, de Ed Darack, colocó la operación dentro de un contexto más amplio y cuestionó algunos de los elementos centrales del relato popular: la cantidad de combatientes enemigos, el número de bajas causadas, la importancia real del objetivo, la decisión relacionada con los pastores y la planificación de la misión. Desde entonces, buena parte de la conversación se ha concentrado en determinar quién dijo la verdad. No es la conversación que me interesa. No me interesa convertir a Luttrell en acusado. Tampoco me interesa defender cada detalle de su versión como si haber estado allí garantizara una memoria perfecta. Me interesa algo más difícil: qué ocurre dentro de una persona cuando el miedo y el deseo de sobrevivir la llevan a tomar decisiones o realizar acciones que nunca imaginó que sería capaz de hacer. Qué ocurre cuando regresa y debe explicar esas acciones desde un mundo que espera coherencia, lógica y respuestas claras. Y qué historia necesita construir para poder continuar viviendo con lo ocurrido. Dos perspectivas incompletas. Quien estuvo dentro de una operación posee una verdad que ningún analista puede reproducir. Conoce el ruido, el olor, la incertidumbre, el cansancio y la sensación física del miedo. Sabe lo que significa no poder ver más allá de unos metros. Sabe lo que se siente cuando una radio no funciona, cuando un compañero deja de responder o cuando cada movimiento puede revelar una posición. Pero precisamente porque estuvo dentro del caos, puede no haber comprendido todo lo que ocurría a su alrededor. El observador no siente nada de eso, pero puede estudiar el terreno completo, reconstruir los movimientos e identificar fallas de mando, vulnerabilidades en las comunicaciones y decisiones tomadas mucho antes del primer disparo. Puede descubrir que el enemigo era más pequeño de lo que parecía, que una posición era insostenible, que la operación ya estaba comprometida o que la tragedia no comenzó con una sola decisión, sino con una cadena de errores, limitaciones y circunstancias que nadie dentro del combate podía ver en su totalidad. El participante conoce la experiencia, pero no necesariamente todo lo ocurrido. El analista puede reconstruir lo ocurrido, pero nunca conocerá completamente la experiencia. Ambas perspectivas ofrecen claridad y ambas están incompletas. El error aparece cuando una de ellas reclama la posesión absoluta de la verdad. El hombre antes del combate. Antes de entrar al caos, todos creemos saber quiénes somos. Nos hacemos promesas. Decimos que nunca abandonaremos a nadie, que protegeremos al inocente, que respetaremos las reglas, que actuaremos con integridad y que no permitiremos que el miedo determine nuestras acciones. No mentimos cuando lo decimos. Esas promesas son sinceras. Forman parte de los valores que nos inculcaron o que decidimos aceptar como propios. Pero fueron formuladas en condiciones normales. La persona que hace esas promesas está segura, alimentada y descansada. Tiene tiempo para pensar. Puede imaginar una crisis sin sentirla físicamente, ordenar las alternativas y distinguir con relativa facilidad entre lo correcto y lo incorrecto. El problema es que las situaciones extremas rara vez presentan alternativas limpias. En la guerra, dos valores legítimos pueden enfrentarse. Proteger a civiles puede entrar en conflicto con proteger al equipo. Cumplir la misión puede entrar en conflicto con rescatar a un compañero. Mantener la posición puede entrar en conflicto con sobrevivir. Decir toda la verdad puede entrar en conflicto con proteger la memoria de los muertos. No siempre existe una opción correcta. A veces solo existen decisiones que producirán una deuda moral diferente. El hombre dentro del combate. Cuando comienza el peligro, la persona que pensábamos ser no desaparece, pero deja de estar sola al mando. El miedo entra en la habitación. No siempre nos paraliza. Con frecuencia organiza nuestra atención, elimina lo que considera irrelevante y concentra todos los recursos en la amenaza inmediata. El campo visual se estrecha. El tiempo cambia. Los minutos pueden parecer horas o desaparecer por completo. Los sonidos se confunden. Una posición de fuego puede parecer varias. El movimiento de un mismo atacante puede sentirse como la presencia de muchos. El cuerpo actúa antes de que la conciencia construya una explicación. Buscamos cobertura, disparamos, corremos, nos escondemos, seguimos adelante o dejamos algo atrás. La moral no necesariamente desaparece durante esos momentos, pero cambia de posición. Los principios continúan presentes, aunque ya no operan desde la comodidad de una reflexión ordenada. Compiten con el cansancio, el dolor, la confusión y un organismo convencido de que puede morir. Las reglas de enfrentamiento establecen límites. No eliminan el peso de lo que ocurre dentro de ellos. Algo puede estar autorizado, ser necesario y haber sido realizado correctamente, y aun así resultar difícil de explicar cuando uno regresa a casa. Legal no significa sencillo. Justificado no significa limpio. Necesario no significa que podamos vivir cómodamente con ello. Lo que sé sin compararme. No puedo identificarme directamente con Marcus Luttrell. Nada de lo que viví se acerca a aquella montaña, a perder a todo un equipo o a regresar como el único hombre capaz de contar lo ocurrido. Establecer esa equivalencia no sería honesto. Pero sí conozco algo de la historia que viene después. Sé lo que es ordenar un relato, cambiar una palabra, omitir una escena, suavizar una decisión, disfrazar, mentir y callar. No siempre para parecer mejor. A veces para poder volver a casa. Vi e hice cosas que, aunque justificadas por el entorno, la situación y las reglas bajo las que operábamos, no serían fáciles de explicar a quienes me quieren. No porque ellos sean incapaces de comprender, sino porque comprender tendría un precio. No sé si conocer ciertos detalles produciría disgusto, pena o una visión más completa de mí. Quizá me entenderían mejor. Quizá descubrirían una dimensión que siempre intuyeron, pero que nunca pudieron nombrar. También podrían comenzar a mirarme de otra manera. Y no estoy dispuesto a perjudicarlos diciéndolo todo. Ni toda la verdad. El hombre que regresa. Cuando el peligro termina, regresa la persona que existía antes y encuentra evidencia de lo que hizo la persona que intentaba sobrevivir. Ahí puede comenzar la verdadera confrontación. El superviviente necesita reconciliar tres identidades: el hombre que creía saber cómo actuaría, el hombre que actuó dentro del caos y el hombre que ahora debe explicar lo ocurrido. Quizá no comprende completamente sus propias decisiones. Puede recordar escenas, sensaciones, movimientos y fragmentos de conversaciones, pero no una secuencia ordenada. Puede saber lo que hizo sin lograr identificar con precisión por qué lo hizo. Sin embargo, el mundo espera una explicación —la familia, la institución, los investigadores, el público— y el superviviente tiene que convertir el caos en una narración. Entonces los espacios en blanco comienzan a llenarse. Las acciones reciben motivos claros, las decisiones impulsivas adquieren intención, la confusión se convierte en secuencia y los momentos dispersos empiezan a relacionarse entre sí. Esto no siempre es una mentira consciente. Puede ser una forma de reconstrucción. La memoria no funciona como una grabación. Selecciona, conecta, interpreta y reorganiza. A veces incorpora información conocida después. En otras ocasiones, intenta proteger la continuidad de nuestra identidad. Necesitamos creer que la persona que actuó en el caos todavía es compatible con la persona que pensábamos ser. Necesitamos una historia que nos permita reconocernos. Una fuerza imposible de contar. Una de las discrepancias más conocidas alrededor de Lone Survivor es la cantidad de combatientes enemigos que atacaron al equipo. Las cifras varían ampliamente según el relato y la fuente. Para algunos críticos, esa diferencia demuestra que la versión popular fue exagerada. Para otros, refleja la imposibilidad de contar con precisión a un enemigo móvil durante un enfrentamiento confuso en terreno montañoso. Pero quizá existen dos preguntas diferentes: cuántos combatientes había realmente y cuántos combatientes experimentó Luttrell. La primera pregunta pertenece a la historia militar. La segunda pertenece a la experiencia humana. Para el analista, ocho hombres son ocho hombres. Pueden identificarse en grabaciones, estimarse mediante inteligencia y compararse con informes posteriores. Para una persona herida, aislada y perseguida, ocho hombres que se mueven cambian de posición y disparan desde diferentes ángulos pueden convertirse en una presencia interminable. La experiencia subjetiva no cambia el número real. Pero el número real tampoco cancela la experiencia. Podemos corregir la historia sin concluir que comprendemos completamente lo que el hombre percibió dentro de ella. El miedo altera las proporciones. No necesariamente porque inventemos, sino porque sobrevivimos a lo que nuestra mente creyó que tenía frente a ella. La decisión que explica todo. Otro elemento central del relato es el encuentro del equipo con varios pastores afganos. En la versión más conocida, los hombres discutieron qué hacer con ellos. Liberarlos podía comprometer la misión. Retenerlos resultaba difícil. Matarlos habría sido moral y legalmente indefendible. La historia convirtió aquella situación en el punto de ruptura: los pastores fueron liberados, el enemigo fue alertado y el equipo fue atacado. Después se cuestionó si realmente existió una votación, si los pastores alertaron directamente a los insurgentes y si la operación ya estaba comprometida por otros factores. No sé exactamente qué ocurrió en aquella montaña, y esa incertidumbre es parte del tema. Cuando una persona sobrevive a una cadena de acontecimientos en la que otros mueren, puede sentir la necesidad de localizar el instante preciso en que todo cambió. Una decisión, una conversación, un error, un momento capaz de explicar todo lo que vino después. Quizá sea porque aceptar que una tragedia surgió de docenas de factores —terreno, comunicaciones, planificación, decisiones enemigas, azar y errores acumulados— resulta más difícil que señalar un solo punto de ruptura. Una decisión concreta puede atormentarnos. El caos sin explicación puede destruirnos. Por eso construimos una causa, no siempre para evadir responsabilidad, sino a veces para encontrar un lugar donde depositarla. Las preguntas de quienes nos esperan. La familia quiere saber. La esposa quiere saber si estás bien. Los hijos intentan entender qué hicimos. Los amigos buscan historias. Y uno aprende que no todas las verdades pueden entrar a la casa. No porque las personas que nos quieren sean débiles. Tampoco porque no confiemos en ellas. Precisamente porque las conocemos. Sabemos cómo nos miran y conocemos la versión de nosotros que llevan consigo: el esposo, el padre, el amigo, el hombre confiable que regresa, y comparte. Contar toda la verdad significaría introducir a otra persona en una habitación de la que nosotros mismos todavía no hemos logrado salir. Por eso respondemos con frases cortas: “Fue difícil”. “Pasaron algunas cosas”. “Hicimos lo que teníamos que hacer”. “Estoy bien”. No siempre son respuestas verdaderas. Tampoco son completamente falsas. Son el perímetro que construimos entre lo que ocurrió allá y las personas que esperaban por nosotros aquí. El miedo después del miedo. Durante una situación extrema, el miedo ayuda a sobrevivir. Reduce el mundo y obliga a mirar lo inmediato: la amenaza, la cobertura, la salida, el próximo movimiento. Después adopta otra forma. Ya no tememos necesariamente morir. Tememos ser vistos de manera diferente. Tememos que nuestra esposa encuentre a un desconocido dentro del hombre con quien comparte la vida. Que nuestros hijos descubran que el padre que les enseñó a hacer lo correcto alguna vez tuvo que escoger entre opciones que no eran buenas. Que nuestros amigos intenten comprender y solo consigan imaginar. Y, muchas veces, imaginar es peor. Entonces el silencio también se convierte en una forma de supervivencia. No protege el cuerpo; protege la identidad. Protege a la familia. O, al menos, eso nos creemos. Porque el silencio también tiene un costo. Crea distancia, obliga a quienes nos quieren a convivir con una versión incompleta de nosotros y nos permite permanecer cerca mientras mantenemos una parte esencial fuera de su alcance. No sé si eso es cobardía o amor. Probablemente sea un poco de ambas cosas. La carga del único testigo. Marcus Luttrell no regresó únicamente como superviviente. Regresó como el principal narrador de la muerte de sus compañeros. Esa posición contiene un peso difícil de comprender. Cuando una persona es la única que vuelve, su memoria deja de pertenecerle por completo. Se convierte en el vehículo mediante el cual las familias, la institución y el público conocen los últimos momentos de quienes murieron. Ya no habla solamente por sí mismo. Habla junto a hombres que no pueden corregirlo. Cada recuerdo adquiere una responsabilidad enorme. Cada omisión puede parecer una traición. Cada contradicción puede interpretarse como una ofensa contra los muertos. Al mismo tiempo, el superviviente puede estar intentando entender por qué él regresó y por qué ellos no. La culpa del superviviente no siempre aparece como una confesión. Puede presentarse como la necesidad de demostrar que se hizo todo lo posible, que el enemigo era abrumador, que la resistencia fue extraordinaria, que nadie falló y que la muerte de los compañeros tuvo una dimensión proporcional a quienes eran. Tal vez engrandecer la batalla también engrandece su sacrificio. Tal vez simplificar la historia protege algo que el superviviente considera sagrado. Eso no convierte cada afirmación en históricamente correcta. Pero puede ayudarnos a comprender por qué ciertas versiones se vuelven necesarias. La historia que todos necesitaban escuchar. El relato de Lone Survivor no fue creado por un solo hombre. Fue construido a partir de recuerdos, conversaciones, decisiones editoriales, intereses institucionales y las expectativas de una sociedad que necesita encontrar significado en sus guerras. El público rara vez quiere escuchar que una operación terminó en desastre por una combinación confusa de problemas de comunicación, terreno adverso, fallas de coordinación y decisiones tomadas con información incompleta. Quiere una historia clara. Quiere saber quiénes fueron los héroes, identificar al enemigo, comprender por qué murieron los buenos y creer que el sacrificio produjo un significado. La industria del entretenimiento necesita algo parecido: una narrativa que pueda seguirse, una decisión central, una fuerza enemiga reconocible, un protagonista, un momento de quiebre y una supervivencia casi imposible. Quizá la historia de Luttrell creció porque demasiadas personas necesitaban que creciera. No solamente él. Comprender no es absolver. Reconocer la influencia del miedo, el trauma y la memoria no significa que toda versión deba aceptarse sin examen. Las operaciones militares deben estudiarse con rigor. Las cifras deben corregirse. Las fallas de planificación deben identificarse. Las instituciones tienen la responsabilidad de aprender de sus errores, especialmente cuando esos errores cuestan vidas. La experiencia del superviviente no debe utilizarse para impedir el análisis. Pero el análisis tampoco debe utilizarse para declarar superioridad moral sobre quien tuvo que decidir dentro del caos. Comprender no es absolver. Tampoco es condenar. Es reconocer que una persona puede decir algo inexacto sin haber construido deliberadamente una mentira. Puede recordar sinceramente una experiencia que no coincide con la reconstrucción documental. Puede defender una decisión porque todavía está intentando comprenderla. Puede proteger una versión de los hechos porque admitir la incertidumbre significaría aceptar que no sabe por qué sobrevivió. Y puede callar no porque carezca de valor para hablar, sino porque ha decidido que decirlo todo no siempre produce justicia. A veces solo distribuye el daño. Lo que no estoy dispuesto a contar. Existe una idea cómoda según la cual decir toda la verdad nos hará libres. Que hablar sana. Que revelar lo ocurrido permite finalmente dejarlo atrás. Quizá sea cierto para algunas personas. No necesariamente para todas. Hay verdades que, al ser compartidas, no desaparecen de quien las carga. Solo cambian de hombros. No estoy dispuesto a colocar ese peso sobre mi esposa, mis hijas, mi familia o mis amigos para sentirme más liviano. No pretendo presentar esa decisión como noble. Tal vez no lo sea. El silencio también puede ser una forma de egoísmo. Puede proteger la imagen que quiero que ellos conserven de mí. Puede evitarme el riesgo de descubrir si su amor sobreviviría intacto a ciertas verdades. Pero también existe algo que considero responsabilidad. Ellos no estuvieron allí. No tomaron aquellas decisiones. No hicieron aquellas cosas. No tienen por qué llevarlas dentro de sí solo porque yo necesito sacarlas de mí. Puede que algún día comprendan mejor estas palabras. Puede que ya comprendan más de lo que imagino. Lo único que puedo decirles es esto: la versión de mí que conocen no es falsa. Soy el esposo, el padre, el familiar y el amigo que ellos reconocen. Pero no soy solamente ese hombre. También soy la persona que tomó decisiones bajo condiciones que ellos nunca tuvieron que enfrentar. La persona que descubrió que los valores no siempre conducen a respuestas claras. La persona que aprendió que se puede hacer lo necesario y todavía preguntarse, años después, qué parte de uno quedó comprometida al hacerlo. No les oculto ciertas cosas porque no los ame. Las oculto precisamente porque los amo, aunque reconozco que el amor y el miedo, en este caso, se parecen demasiado. La persona que ellos conocen. Toda persona contiene habitaciones cerradas. Algunas guardan secretos triviales. Otras contienen cosas que nunca debieron salir del lugar donde ocurrieron. Uno regresa con fragmentos que no encajan en la vida que dejó atrás. Entonces selecciona cuáles puede mostrar, cuáles puede explicar y cuáles debe mantener bajo control. Construye una versión que le permita continuar. No una identidad falsa, sino una identidad habitable. No toda la verdad, sino la verdad soportable. Quizá Luttrell hizo algo parecido. Quizá todos los que regresan de ciertos lugares lo hacen, de una manera u otra. No para convertirse en héroes. No siempre para engañar. A veces para conservar un espacio dentro de la vida a la que regresaron. Para sentarse a la mesa, abrazar a sus hijos, dormir junto a alguien que todavía los mira como antes y continuar siendo parte de un mundo que ya no se parece por completo al suyo. Sobrevivir dos veces. Marcus Luttrell sobrevivió físicamente a una operación en la que murieron diecinueve militares estadounidenses. Después tuvo que sobrevivir a la historia. No sé si Lone Survivor contiene la versión más precisa de lo ocurrido. Probablemente no. Pero esa no es la única pregunta que merece hacerse. También debemos preguntarnos qué parte de ese relato surgió del miedo, cuál surgió del trauma, cuál fue creada por otros y cuál necesitó Luttrell para poder levantarse cada mañana siendo el hombre que regresó. Y algunas veces construimos una historia para cerrar esa distancia. No siempre porque deseemos ocultar la verdad. A veces porque todavía no sabemos cómo vivir con ella. La línea. No sé si una persona puede sobrevivir a algo como aquello y contarlo exactamente como ocurrió. No porque necesariamente quiera mentir, sino porque antes de explicar lo sucedido a los demás tiene que encontrar una manera de explicárselo a sí misma. La memoria llena espacios. El miedo cambia proporciones. La culpa busca causas. La lealtad protege a los muertos. El amor protege a quienes no estuvieron allí. Y el superviviente traza una línea entre lo que puede contar y aquello que debe permanecer en silencio. Quizá esa línea no separa la verdad de la mentira. Quizá separa dos formas distintas de supervivencia: la que nos permitió regresar y la que nos permite seguir viviendo con quienes nos estaban esperando. La verdad soportable Marcus Luttrell y lo que dejamos fuera de la historia La guerra, vista desde lejos, parece tener estructura. Hay mapas, horarios, rutas, objetivos y unidades representadas por símbolos. Cuando todo termina, otras personas pueden reunir los informes, escuchar las comunicaciones, comparar testimonios y estudiar durante meses una decisión que alguien tuvo que tomar en segundos. Desde esa distancia, el caos comienza a parecer evitable. Aparecen los errores, lo que debió hacerse, lo que alguien no vio y lo que otro, supuestamente, habría hecho mejor. Como veterano, no me es ajena la crítica de los entrenadores desde la grada: quienes no estuvieron allí, pero después pretenden poseer una perspectiva más clara que la de quienes sí estuvieron. A veces la tienen. Cuando uno está dentro del sandbox, solo puede ver lo que tiene al frente. El terreno, el ruido, el cansancio y el miedo reducen el mundo. Quien observa desde afuera puede ver el mapa completo, identificar fallas de planificación y comprender una cadena de acontecimientos que resultaba invisible para quienes estaban atrapados dentro de ella. La distancia puede producir claridad. Lo que no concede automáticamente es superioridad moral. La guerra no ocurre en los mapas. Ocurre dentro de cuerpos cansados, en lugares donde nadie posee toda la información, donde las comunicaciones fallan, los planes se deshacen y una decisión puede parecer correcta durante cinco segundos y convertirse en una tragedia al sexto. La guerra no es limpia ni se desarrolla como una coreografía. Es caos. Es sucia, fea, confusa y desorganizada. Cuando todo lo demás comienza a desaparecer, sobrevivir es lo que más importa. El único que regresó La historia de Marcus Luttrell suele presentarse como una historia de heroísmo y resistencia. En junio de 2005, durante la Operación Red Wings, Luttrell formó parte de un equipo de reconocimiento de cuatro Navy SEALs en las montañas de Afganistán. Michael Murphy, Danny Dietz y Matthew Axelson murieron durante el enfrentamiento. Ese mismo día, dieciséis militares que acudían en su auxilio murieron cuando el helicóptero que los transportaba fue derribado. Diecinueve hombres murieron. Luttrell fue el único miembro de su equipo que regresó. Su relato se convirtió después en el libro Lone Survivor y, más tarde, en una película. La historia adquirió dimensiones casi legendarias: cuatro hombres rodeados por una fuerza abrumadora, resistiendo hasta el límite, mientras uno de ellos conseguía sobrevivir contra toda probabilidad. Con el tiempo aparecieron otras reconstrucciones. Victory Point, de Ed Darack, colocó la operación dentro de un contexto más amplio y cuestionó algunos de los elementos centrales del relato popular: la cantidad de combatientes enemigos, el número de bajas causadas, la importancia real del objetivo, la decisión relacionada con los pastores y la planificación de la misión. Desde entonces, buena parte de la conversación se ha concentrado en determinar quién dijo la verdad. No es la conversación que me interesa. No me interesa convertir a Luttrell en acusado. Tampoco me interesa defender cada detalle de su versión como si haber estado allí garantizara una memoria perfecta. Me interesa algo más difícil: qué ocurre dentro de una persona cuando el miedo y el deseo de sobrevivir la llevan a tomar decisiones o realizar acciones que nunca imaginó que sería capaz de hacer. Qué ocurre cuando regresa y debe explicar esas acciones desde un mundo que espera coherencia, lógica y respuestas claras. Y qué historia necesita construir para poder continuar viviendo con lo ocurrido. Dos perspectivas incompletas Quien estuvo dentro de una operación posee una verdad que ningún analista puede reproducir. Conoce el ruido, el olor, la incertidumbre, el cansancio y la sensación física del miedo. Sabe lo que significa no poder ver más allá de unos metros. Sabe lo que se siente cuando una radio no funciona, cuando un compañero deja de responder o cuando cada movimiento puede revelar una posición. Pero precisamente porque estuvo dentro del caos, puede no haber comprendido todo lo que ocurría a su alrededor. El observador no siente nada de eso, pero puede estudiar el terreno completo, reconstruir los movimientos e identificar fallas de mando, vulnerabilidades en las comunicaciones y decisiones tomadas mucho antes del primer disparo. Puede descubrir que el enemigo era más pequeño de lo que parecía, que una posición era insostenible, que la operación ya estaba comprometida o que la tragedia no comenzó con una sola decisión, sino con una cadena de errores, limitaciones y circunstancias que nadie dentro del combate podía ver en su totalidad. El participante conoce la experiencia, pero no necesariamente todo lo ocurrido. El analista puede reconstruir lo ocurrido, pero nunca conocerá completamente la experiencia. Ambas perspectivas ofrecen claridad y ambas están incompletas. El error aparece cuando una de ellas reclama la posesión absoluta de la verdad. El hombre antes del combate Antes de entrar al caos, todos creemos saber quiénes somos. Nos hacemos promesas. Decimos que nunca abandonaremos a nadie, que protegeremos al inocente, que respetaremos las reglas, que actuaremos con integridad y que no permitiremos que el miedo determine nuestras acciones. No mentimos cuando lo decimos. Esas promesas son sinceras. Forman parte de los valores que nos inculcaron o que decidimos aceptar como propios. Pero fueron formuladas en condiciones normales. La persona que hace esas promesas está segura, alimentada y descansada. Tiene tiempo para pensar. Puede imaginar una crisis sin sentirla físicamente, ordenar las alternativas y distinguir con relativa facilidad entre lo correcto y lo incorrecto. El problema es que las situaciones extremas rara vez presentan alternativas limpias. En la guerra, dos valores legítimos pueden enfrentarse. Proteger a civiles puede entrar en conflicto con proteger al equipo. Cumplir la misión puede entrar en conflicto con rescatar a un compañero. Mantener la posición puede entrar en conflicto con sobrevivir. Decir toda la verdad puede entrar en conflicto con proteger la memoria de los muertos. No siempre existe una opción correcta. A veces solo existen decisiones que producirán una deuda moral diferente. El hombre dentro del combate Cuando comienza el peligro, la persona que pensábamos ser no desaparece, pero deja de estar sola al mando. El miedo entra en la habitación. No siempre nos paraliza. Con frecuencia organiza nuestra atención, elimina lo que considera irrelevante y concentra todos los recursos en la amenaza inmediata. El campo visual se estrecha. El tiempo cambia. Los minutos pueden parecer horas o desaparecer por completo. Los sonidos se confunden. Una posición de fuego puede parecer varias. El movimiento de un mismo atacante puede sentirse como la presencia de muchos. El cuerpo actúa antes de que la conciencia construya una explicación. Buscamos cobertura, disparamos, corremos, nos escondemos, seguimos adelante o dejamos algo atrás. La moral no necesariamente desaparece durante esos momentos, pero cambia de posición. Los principios continúan presentes, aunque ya no operan desde la comodidad de una reflexión ordenada. Compiten con el cansancio, el dolor, la confusión y un organismo convencido de que puede morir. Las reglas de enfrentamiento establecen límites. No eliminan el peso de lo que ocurre dentro de ellos. Algo puede estar autorizado, ser necesario y haber sido realizado correctamente, y aun así resultar difícil de explicar cuando uno regresa a casa. Legal no significa sencillo. Justificado no significa limpio. Necesario no significa que podamos vivir cómodamente con ello. Lo que sé sin compararme No puedo identificarme directamente con Marcus Luttrell. Nada de lo que viví se acerca a aquella montaña, a perder a todo un equipo o a regresar como el único hombre capaz de contar lo ocurrido. Establecer esa equivalencia no sería honesto. Pero sí conozco algo de la historia que viene después. Sé lo que es ordenar un relato, cambiar una palabra, omitir una escena, suavizar una decisión, disfrazar, mentir y callar. No siempre para parecer mejor. A veces para poder volver a casa. Vi e hice cosas que, aunque justificadas por el entorno, la situación y las reglas bajo las que operábamos, no serían fáciles de explicar a quienes me quieren. No porque ellos sean incapaces de comprender, sino porque comprender tendría un precio. No sé si conocer ciertos detalles produciría disgusto, pena o una visión más completa de mí. Quizá me entenderían mejor. Quizá descubrirían una dimensión que siempre intuyeron, pero que nunca pudieron nombrar. También podrían comenzar a mirarme de otra manera. Y no estoy dispuesto a perjudicarlos diciéndolo todo. Ni toda la verdad. El hombre que regresa Cuando el peligro termina, regresa la persona que existía antes y encuentra evidencia de lo que hizo la persona que intentaba sobrevivir. Ahí puede comenzar la verdadera confrontación. El superviviente necesita reconciliar tres identidades: el hombre que creía saber cómo actuaría, el hombre que actuó dentro del caos y el hombre que ahora debe explicar lo ocurrido. Quizá no comprende completamente sus propias decisiones. Puede recordar escenas, sensaciones, movimientos y fragmentos de conversaciones, pero no una secuencia ordenada. Puede saber lo que hizo sin lograr identificar con precisión por qué lo hizo. Sin embargo, el mundo espera una explicación —la familia, la institución, los investigadores, el público— y el superviviente tiene que convertir el caos en una narración. Entonces los espacios en blanco comienzan a llenarse. Las acciones reciben motivos claros, las decisiones impulsivas adquieren intención, la confusión se convierte en secuencia y los momentos dispersos empiezan a relacionarse entre sí. Esto no siempre es una mentira consciente. Puede ser una forma de reconstrucción. La memoria no funciona como una grabación. Selecciona, conecta, interpreta y reorganiza. A veces incorpora información conocida después. En otras ocasiones, intenta proteger la continuidad de nuestra identidad. Necesitamos creer que la persona que actuó en el caos todavía es compatible con la persona que pensábamos ser. Necesitamos una historia que nos permita reconocernos. Una fuerza imposible de contar Una de las discrepancias más conocidas alrededor de Lone Survivor es la cantidad de combatientes enemigos que atacaron al equipo. Las cifras varían ampliamente según el relato y la fuente. Para algunos críticos, esa diferencia demuestra que la versión popular fue exagerada. Para otros, refleja la imposibilidad de contar con precisión a un enemigo móvil durante un enfrentamiento confuso en terreno montañoso. Pero quizá existen dos preguntas diferentes: cuántos combatientes había realmente y cuántos combatientes experimentó Luttrell. La primera pregunta pertenece a la historia militar. La segunda pertenece a la experiencia humana. Para el analista, ocho hombres son ocho hombres. Pueden identificarse en grabaciones, estimarse mediante inteligencia y compararse con informes posteriores. Para una persona herida, aislada y perseguida, ocho hombres que se mueven, cambian de posición y disparan desde diferentes ángulos pueden convertirse en una presencia interminable. La experiencia subjetiva no cambia el número real. Pero el número real tampoco cancela la experiencia. Podemos corregir la historia sin concluir que comprendemos completamente lo que el hombre percibió dentro de ella. El miedo altera las proporciones. No necesariamente porque inventemos, sino porque sobrevivimos a lo que nuestra mente creyó que tenía frente a ella. La decisión que explica todo Otro elemento central del relato es el encuentro del equipo con varios pastores afganos. En la versión más conocida, los hombres discutieron qué hacer con ellos. Liberarlos podía comprometer la misión. Retenerlos resultaba difícil. Matarlos habría sido moral y legalmente indefendible. La historia convirtió aquella situación en el punto de ruptura: los pastores fueron liberados, el enemigo fue alertado y el equipo fue atacado. Después se cuestionó si realmente existió una votación, si los pastores alertaron directamente a los insurgentes y si la operación ya estaba comprometida por otros factores. No sé exactamente qué ocurrió en aquella montaña, y esa incertidumbre es parte del tema. Cuando una persona sobrevive a una cadena de acontecimientos en la que otros mueren, puede sentir la necesidad de localizar el instante preciso en que todo cambió. Una decisión, una conversación, un error, un momento capaz de explicar todo lo que vino después. Quizá sea porque aceptar que una tragedia surgió de docenas de factores —terreno, comunicaciones, planificación, decisiones enemigas, azar y errores acumulados— resulta más difícil que señalar un solo punto de ruptura. Una decisión concreta puede atormentarnos. El caos sin explicación puede destruirnos. Por eso construimos una causa, no siempre para evadir responsabilidad, sino a veces para encontrar un lugar donde depositarla. Las preguntas de quienes nos esperan La familia quiere saber. La esposa pregunta cómo fue. Los hijos intentan entender qué hicimos. Los amigos buscan historias. Y uno aprende que no todas las verdades pueden entrar a la casa. No porque las personas que nos quieren sean débiles. Tampoco porque no confiemos en ellas. Precisamente porque las conocemos. Sabemos cómo nos miran y conocemos la versión de nosotros que llevan consigo: el esposo, el padre, el amigo, el hombre confiable que regresa, deja el equipo a un lado y se sienta a cenar. Contar toda la verdad significaría introducir a otra persona en una habitación de la que nosotros mismos todavía no hemos logrado salir. Por eso respondemos con frases cortas: “Fue difícil”. “Pasaron algunas cosas”. “Hicimos lo que teníamos que hacer”. “Estoy bien”. No siempre son respuestas verdaderas. Tampoco son completamente falsas. Son el perímetro que construimos entre lo que ocurrió allá y las personas que esperaban por nosotros aquí. El miedo después del miedo Durante una situación extrema, el miedo ayuda a sobrevivir. Reduce el mundo y obliga a mirar lo inmediato: la amenaza, la cobertura, la salida, el próximo movimiento. Después adopta otra forma. Ya no tememos necesariamente morir. Tememos ser vistos de manera diferente. Tememos que nuestra esposa encuentre a un desconocido dentro del hombre con quien comparte la vida. Que nuestros hijos descubran que el padre que les enseñó a hacer lo correcto alguna vez tuvo que escoger entre opciones que no eran buenas. Que nuestros amigos intenten comprender y solo consigan imaginar. Y, muchas veces, imaginar es peor. Entonces el silencio también se convierte en una forma de supervivencia. No protege el cuerpo; protege la identidad. Protege a la familia. O eso nos decimos. Porque el silencio también tiene un costo. Crea distancia, obliga a quienes nos quieren a convivir con una versión incompleta de nosotros y nos permite permanecer cerca mientras mantenemos una parte esencial fuera de su alcance. No sé si eso es cobardía o amor. Probablemente sea un poco de ambas cosas. La carga del único testigo Marcus Luttrell no regresó únicamente como superviviente. Regresó como el principal narrador de la muerte de sus compañeros. Esa posición contiene un peso difícil de comprender. Cuando una persona es la única que vuelve, su memoria deja de pertenecerle por completo. Se convierte en el vehículo mediante el cual las familias, la institución y el público conocen los últimos momentos de quienes murieron. Ya no habla solamente por sí mismo. Habla junto a hombres que no pueden corregirlo. Cada recuerdo adquiere una responsabilidad enorme. Cada omisión puede parecer una traición. Cada contradicción puede interpretarse como una ofensa contra los muertos. Al mismo tiempo, el superviviente puede estar intentando entender por qué él regresó y por qué ellos no. La culpa del superviviente no siempre aparece como una confesión. Puede presentarse como la necesidad de demostrar que se hizo todo lo posible, que el enemigo era abrumador, que la resistencia fue extraordinaria, que nadie falló y que la muerte de los compañeros tuvo una dimensión proporcional a quienes eran. Tal vez engrandecer la batalla también engrandece su sacrificio. Tal vez simplificar la historia protege algo que el superviviente considera sagrado. Eso no convierte cada afirmación en históricamente correcta. Pero puede ayudarnos a comprender por qué ciertas versiones se vuelven necesarias. La historia que todos necesitaban El relato de Lone Survivor no fue creado por un solo hombre. Fue construido a partir de recuerdos, conversaciones, decisiones editoriales, intereses institucionales y las expectativas de una sociedad que necesita encontrar significado en sus guerras. El público rara vez quiere escuchar que una operación terminó en desastre por una combinación confusa de problemas de comunicación, terreno adverso, fallas de coordinación y decisiones tomadas con información incompleta. Quiere una historia clara. Quiere saber quiénes fueron los héroes, identificar al enemigo, comprender por qué murieron los buenos y creer que el sacrificio produjo un significado. La industria del entretenimiento necesita algo parecido: una narrativa que pueda seguirse, una decisión central, una fuerza enemiga reconocible, un protagonista, un momento de quiebre y una supervivencia casi imposible. Quizá la historia de Luttrell creció porque demasiadas personas necesitaban que creciera. No solamente él. Comprender no es absolver Reconocer la influencia del miedo, el trauma y la memoria no significa que toda versión deba aceptarse sin examen. Las operaciones militares deben estudiarse con rigor. Las cifras deben corregirse. Las fallas de planificación deben identificarse. Las instituciones tienen la responsabilidad de aprender de sus errores, especialmente cuando esos errores cuestan vidas. La experiencia del superviviente no debe utilizarse para impedir el análisis. Pero el análisis tampoco debe utilizarse para declarar superioridad moral sobre quien tuvo que decidir dentro del caos. Comprender no es absolver. Tampoco es condenar. Es reconocer que una persona puede decir algo inexacto sin haber construido deliberadamente una mentira. Puede recordar sinceramente una experiencia que no coincide con la reconstrucción documental. Puede defender una decisión porque todavía está intentando comprenderla. Puede proteger una versión de los hechos porque admitir la incertidumbre significaría aceptar que no sabe por qué sobrevivió. Y puede callar no porque carezca de valor para hablar, sino porque ha decidido que decirlo todo no siempre produce justicia. A veces solo distribuye el daño. Lo que no estoy dispuesto a contar Existe una idea cómoda según la cual decir toda la verdad siempre libera. Que hablar sana. Que revelar lo ocurrido permite finalmente dejarlo atrás. Quizá sea cierto para algunas personas. No necesariamente para todas. Hay verdades que, al ser compartidas, no desaparecen de quien las carga. Solo cambian de hombros. No estoy dispuesto a colocar ese peso sobre mi esposa, mis hijas, mi familia o mis amigos para sentirme más liviano. No pretendo presentar esa decisión como noble. Tal vez no lo sea. El silencio también puede ser una forma de egoísmo. Puede proteger la imagen que quiero que ellos conserven de mí. Puede evitarme el riesgo de descubrir si su amor sobreviviría intacto a ciertas verdades. Pero también existe algo que considero responsabilidad. Ellos no estuvieron allí. No tomaron aquellas decisiones. No hicieron aquellas cosas. No tienen por qué llevarlas dentro de sí solo porque yo necesito sacarlas de mí. Puede que algún día comprendan mejor estas palabras. Puede que ya comprendan más de lo que imagino. Lo único que puedo decirles es esto: la versión de mí que conocen no es falsa. Soy el esposo, el padre, el familiar y el amigo que ellos reconocen. Pero no soy solamente ese hombre. También soy la persona que tomó decisiones bajo condiciones que ellos nunca tuvieron que enfrentar. La persona que descubrió que los valores no siempre conducen a respuestas claras. La persona que aprendió que se puede hacer lo necesario y todavía preguntarse, años después, qué parte de uno quedó comprometida al hacerlo. No les oculto ciertas cosas porque no los ame. Las oculto precisamente porque los amo, aunque reconozco que el amor y el miedo, en este caso, se parecen demasiado. La persona que ellos conocen Toda persona contiene habitaciones cerradas. Algunas guardan secretos triviales. Otras contienen cosas que nunca debieron salir del lugar donde ocurrieron. Uno regresa con fragmentos que no encajan en la vida que dejó atrás. Entonces selecciona cuáles puede mostrar, cuáles puede explicar y cuáles debe mantener bajo control. Construye una versión que le permita continuar. No una identidad falsa, sino una identidad habitable. No toda la verdad, sino la verdad soportable. Quizá Luttrell hizo algo parecido. Quizá todos los que regresan de ciertos lugares lo hacen, de una manera u otra. No para convertirse en héroes. No siempre para engañar. A veces para conservar un espacio dentro de la vida a la que regresaron. Para sentarse a la mesa, abrazar a sus hijos, dormir junto a alguien que todavía los mira como antes y continuar siendo parte de un mundo que ya no se parece por completo al suyo. Sobrevivir dos veces Marcus Luttrell sobrevivió físicamente a una operación en la que murieron diecinueve militares estadounidenses. Después tuvo que sobrevivir a la historia: vivir dentro de un relato repetido, celebrado, cuestionado, corregido y convertido en símbolo, respondiendo por decisiones tomadas bajo presión mientras personas que no estuvieron allí desarmaban cada fragmento de su memoria. No sé si Lone Survivor contiene la versión más precisa de lo ocurrido. Probablemente no. Pero esa no es la única pregunta que merece hacerse. También debemos preguntarnos qué parte de ese relato surgió del miedo, cuál surgió del trauma, cuál fue creada por otros y cuál necesitó Luttrell para poder levantarse cada mañana siendo el hombre que regresó. Y algunas veces construimos una historia para cerrar esa distancia. No siempre porque deseemos ocultar la verdad. A veces porque todavía no sabemos cómo vivir con ella. La línea No sé si una persona puede sobrevivir a algo como aquello y contarlo exactamente como ocurrió. No porque necesariamente quiera mentir, sino porque antes de explicar lo sucedido a los demás tiene que encontrar una manera de explicárselo a sí misma. La memoria llena espacios. El miedo cambia proporciones. La culpa busca causas. La lealtad protege a los muertos. El amor protege a quienes no estuvieron allí. Y el superviviente traza una línea entre lo que puede contar y aquello que debe permanecer en silencio. Quizá esa línea no separa la verdad de la mentira. Quizá separa dos formas distintas de supervivencia: la que nos permitió regresar y la que nos permite seguir viviendo con quienes nos estaban esperando. Nota del autor: Este ensayo propone una lectura sobre el papel del miedo, el trauma, la memoria y la culpa en la construcción del relato de Marcus Luttrell. No pretende diagnosticarlo, afirmar que toda discrepancia sea una mentira deliberada, establecer que su testimonio sea históricamente exacto ni reducir la complejidad de Operation Red Wings a una única explicación psicológica. Tampoco busca sustituir el análisis militar, documental o institucional de lo ocurrido, sino examinar cómo una persona puede intentar dar sentido a una experiencia extrema después de sobrevivirla. Una evaluación crítica de Lone Survivor no debe borrar la obra que Marcus Luttrell realizó después. Además de publicar Service y crear Team Never Quit, fundó la Lone Survivor Foundation —posteriormente Operation Red Wings Foundation—, que durante dieciséis años ofreció gratuitamente 415 retiros y más de 185,000 horas de atención terapéutica a 5,328 veteranos y familiares. Aunque la fundación concluyó operaciones en 2026, ese legado de servicio merece ser reconocido. Su trabajo de apoyo puede conocerse también a través de la Team Never Quit Foundation y Boot Campaign, organización con la que ha colaborado en favor de veteranos y familias militares. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! Get full access to Carlos Rivera at trazandolalinea.substack.com/subscribe

  • July 30 · 26 min

    La niña que aprendió a no existir

    Loung Ung tenía cinco años cuando los Jemeres Rojos entraron en Phnom Penh y cambiaron su vida para siempre. Aquel régimen, responsable de uno de los genocidios más devastadores del siglo XX, causó la muerte de sobre 2 millones de personas por ejecuciones, trabajos forzados y hambruna. Loung no lo aprendió de otros o como tragedia histórica: lo vivió en carne propia. La historia de Loung no es nueva. Si te suena familiar es porque Loung Ung publicó su autobiografía “First They Killed My Father” en el año 2000. Y Angelina Jolie llevó sus memorias a Netflix en 2017, en una película escrita junto con la propia Loung. Para algunos lectores y espectadores, lo que ocurrió con su familia durante el régimen de los Jemeres Rojos puede que ya sea conocido. Por eso volver a esta historia no consiste en repetir lo que ya se sabe, sino en mirar con más atención aquello que suele quedar en segundo plano: la manera silenciosa en que una niña aprende a sobrevivir. Pero, conocer una historia no significa haber visto todo lo que contiene. Por mucho tiempo pensé que la base de esta historia era una niña obligada a sobrevivir a uno de los regímenes más brutales del siglo XX. Hoy la leo de otra manera. Me parece que, junto a Loung, hay una presencia que la acompaña en casi todas las escenas, aunque no tenga nombre, ni rostro, ni diálogo: el miedo. No era ese miedo que se manifiesta como frenesí ni ese que nos paraliza súbitamente y nos priva de la sensación de control. Era un miedo constante, una presencia silenciosa que observaba lo que la niña no percibía, que reconocía el peligro antes de que ella pudiera explicarlo y le decía qué hacer o, con más frecuencia, qué no hacer. Y este miedo, le hablaba mediante el silencio. La película nos hace sentir y el libro nos permite comprender. La película y el libro cuentan esencialmente la misma historia, pero no producen el mismo nivel de comprensión: la película nos presenta al peligro desde afuera, mientras el libro nos permite entrar en la lógica interior del miedo y el silencio mientras Lung lo expone. En la película, el silencio es cinematográfico. Las pausas, los rostros, los sonidos distantes, la respiración contenida y la ausencia de explicaciones producen tensión. El espectador observa a Loung y siente que algo terrible puede ocurrir en cualquier momento. El silencio nos coloca emocionalmente junto a ella. En sus memorias, Loung no solo cuenta lo que hizo. Intenta explicar lo que percibía, lo que temía revelar, lo que comprendía de los adultos y lo que ocurría dentro de ella mientras permanecía inmóvil o callada. La película utiliza el silencio para que sintamos el peligro. El libro nos permite examinar lo que el silencio estaba haciendo por ella. Y es esa diferencia la que me llama la atención, porque es ahí donde se revela el punto más íntimo e impactante del ensayo. No quiero volver a contar toda la historia de Camboya ni repasar cada acontecimiento político que condujo al ascenso de los Jemeres Rojos. Me interesa observar algo más específico e íntimo: cómo una niña de cinco años aprende a desaparecer sin que nadie se lo enseñe a hacerlo. El día en que las reglas cambiaron El 17 de abril de 1975, los Jemeres Rojos entraron en Phnom Penh. Después de años de guerra, muchos habitantes de la capital camboyana pensaron que la llegada de los combatientes significaba el regreso de la paz. Aquella esperanza duró muy poco. En cuestión de horas, los soldados comenzaron a expulsar de la ciudad a aproximadamente dos millones de personas. Viviendas, escuelas y hospitales fueron vaciados a la fuerza. Familias enteras tuvieron que abandonar sus hogares y caminar hacia el campo con las pocas pertenencias que podían cargar. Ese fue el comienzo de una transformación radical del país. Entre 1975 y 1979, el régimen sometió a la población a desplazamientos forzados, trabajo extremo, hambre, persecución y ejecuciones. Murieron cerca de dos millones de personas. La familia Ung quedó atrapada dentro de ese mundo. El padre de Loung había estado vinculado al gobierno anterior. Su identidad podía condenarlo y poner en peligro a todos sus hijos. La familia tuvo que abandonar su vida urbana, ocultar su procedencia y aprender rápidamente las reglas de un sistema en el que una palabra incorrecta podía resultar fatal. Loung tenía cinco años. No poseía entrenamiento. No tenía décadas de experiencia para comparar situaciones. No conocía teorías sobre conducta, supervivencia o evaluación de amenazas. No podía analizar el régimen, comprender completamente su ideología ni anticipar estratégicamente todo lo que estaba por ocurrir. Pero podía sentir miedo. En ese vacío de herramientas, el miedo comenzó a instruirla. %%first_name%%, gracias por tu interés en este artículo. Espero que esta historia y mis reflexiones te aporten en algo. De ser así, no dudes en suscribirte para recibir las próximas publicaciones. Puedes hacerlo gratuitamente o apoyar mi proyecto con una suscripción de pago. El protector invisible En ese momento, el miedo no necesitaba hablarle con oraciones completas. No le explicaba quiénes eran aquellos hombres vestidos de negro ni le ofrecía una evaluación política del momento. No necesitaba hacerlo. Sus instrucciones eran primitivas y precisas: no preguntes, no mires demasiado, no digas quién eres, no reveles quién es tu padre, no muestres lo que piensas. Haz lo que hacen los demás. Permanece cerca, pero no sobresalgas. Desaparece sin irte. No podemos saber que cada una de estas ideas pasó exactamente por la mente de Loung de esa manera. Este ensayo no pretende atribuirle pensamientos que ella no haya expresado ni convertir su infancia en un experimento psicológico. Más bien, es una lectura de la conducta que describe: una niña sin criterio adulto, pero con un sistema humano capaz de percibir cambios, tonos, gestos, consecuencias y patrones de peligro. Loung no tenía todavía criterio, al menos ninguno forjado tras años de experiencia. Pero tenía algo superior al criterio consciente, más primitivo: un sistema humano capaz de percibir los cambios, los tonos, los gestos, las consecuencias, los patrones de peligro. Tenía miedo. Los adultos solemos luchar contra esa señal. Sin evidencia clara o sin un razonamiento firme, a veces la ignoramos o la descartamos como inválida. La llamamos exageración. Intentamos ser razonables. Nos preocupa parecer descorteses, débiles, cobardes o paranoicos. Nos decimos que probablemente no está ocurriendo nada. Buscamos una explicación que nos permita continuar como si todo siguiera normal. Una niña de cinco años tiene menos argumentos acumulados para descalificar su alarma. Loung no había aprendido todavía a luchar contra con ella, a dominarla. Por eso, cuando el miedo le decía que no hablara, callaba; cuando le decía que algo había cambiado en el rostro de un adulto, observaba; y cuando le decía que llamar la atención podía ser peligroso, intentaba no ser vista. No porque hubiese diseñado una estrategia sofisticada. Sino porque todavía no tenía suficientes razones para refutar lo que su propio cuerpo le estaba diciendo. El silencio no era ausencia Desde nuestra manera actual de entender la seguridad, el silencio puede parecer pasividad. Nos gusta imaginar la resistencia de otra manera. Preferimos a la persona que se levanta, que denuncia, que confronta y que se niega a ceder. Son imágenes moralmente satisfactorias. Confirman nuestra idea de lo que es la valentía. Pero esa expectativa puede ser injusta cuando la trasladamos a una niña atrapada bajo un régimen totalitario. Loung no tenía la obligación de ofrecernos una escena heroica. Hablar podía costarle la vida. Defender abiertamente a su padre no lo habría protegido. Mostrar indignación no habría restaurado su dignidad. Resistir de esa forma que admiramos podía hacerla visible ante personas para quienes su identidad era suficiente motivo de castigo. En aquel mundo, sobrevivir no siempre dependía de hacer algo extraordinario; a veces dependía de no hacer lo que el impulso, la rabia o el amor exigían. No correr. No protestar. No preguntar. No llorar cuando alguien pudiera interpretar las lágrimas. No pronunciar un nombre que debía desaparecer. El silencio no era un vacío. Era una forma de actuar: una decisión retenida por el cuerpo antes de que la mente infantil pudiera explicarla del todo. Cada palabra que no dijo reducía la información disponible para quienes podían dañarla. Cada emoción que consiguió ocultar disminuía la posibilidad de llamar su atención. El silencio se convirtió en una frontera. Y detrás de esta frontera permanecían su familia, sus recuerdos y la persona que había sido antes de que el mundo cambiara. Aprender a no existir Desaparecer no siempre significa abandonar un lugar. Loung estaba allí: trabajaba, caminaba, recibía órdenes, sentía hambre y observaba a los adultos. Veía cómo las personas desaparecían y comprendía, aun sin poseer todas las palabras necesarias, que algunas preguntas no debían hacerse. Su cuerpo estaba presente. Su identidad no podía estarlo. Para sobrevivir tenía que convertirse en alguien sin pasado. Una niña que no procedía de una familia urbana. Que no era hija de un funcionario. Que no recordaba comodidades. Que no sabía demasiado. Que no tenía nada que pudiera resultar sospechoso. No bastaba con mentir. Tenía que aprender a no revelar. Eso exige una forma particular de vigilancia. No solo observar a los demás, sino observarse a uno mismo. Esa vigilancia la obligaba a preguntarse cómo miraba, cuánto hablaba, si su cara mostraba miedo, si alguien la había notado, si se movía de forma distinta o si había dicho algo que no debía saber. La amenaza estaba fuera, pero la vigilancia también tuvo que instalarse dentro: Loung debía convertirse simultáneamente en la niña vigilada y a la misma vez, en su propia carcelera. El miedo observaba a los Jemeres Rojos. El silencio vigilaba a Loung. El trauma y la memoria Hay un detalle de esta historia que me toca de una manera muy personal, tal vez porque me obliga a mirarla desde un lugar más vulnerable. Loung Ung nació el 19 de noviembre de 1970. Yo nací el 2 de junio de 1971. No hay más de siete meses de diferencia entre nosotros. Esa cercanía me desarma. Mientras ella era expulsada de Phnom Penh y aprendía a ocultar la identidad de su familia, yo era un niño de casi la misma edad en otra parte del mundo. Y, sin embargo, de mis cinco años no recuerdo mucho. Veo impresiones sueltas, imágenes, fragmentos que tal vez provengan más de fotografías o historias familiares que de mi propia memoria. No podría volver a reconstruir exactamente qué pensaba, qué temía ni cómo entendía el mundo. Loung, por el contrario, pudo regresar a esos años y escribir un relato extenso de lo que vivió entre 1975 y 1980. Y surge la pregunta inevitable: ¿qué poder debe tener una experiencia para poder estar todavía presente veinticinco años después con semejante intensidad? Se necesita prudencia para responder. El trauma no hace que la memoria se convierta en una grabación perfecta. Los recuerdos traumáticos pueden conservar asociaciones sensoriales y emocionales muy intensas, pero también pueden fragmentarse, carecer de suficiente contexto o reordenarse con el tiempo. Una memoria autobiográfica escrita décadas más tarde no debe ser tomada como la transcripción literal e infalible de cada instante. Loung escribió desde la adultez. Escribió con recuerdos propios, con el conocimiento adquirido después, con la historia de su familia y con la necesidad de organizar acontecimientos que cuando era niña no podía comprender por completo. Eso no disminuye su testimonio; lo hace humano. La pregunta más importante quizá no sea cómo logró recordar cada detalle exactamente. Es por qué aquellos años continuaron exigiendo ser recordados. La cercanía de nuestras edades no me permite comprender del todo lo que Loung vivió. Al contrario: me obliga a reconocer la distancia. Mientras yo atravesaba una infancia de la que hoy apenas conservo fragmentos, Loung estaba aprendiendo reglas que ningún niño debería conocer: cómo esconder el hambre, leer el peligro en un rostro, contener una pregunta, perder a alguien sin poder despedirse, seguir caminando y, sobre todo, no existir. Hoy, a veces, me siento como si tuviera cinco años otra vez. Hay atrocidades ocurriendo en algún lugar del planeta y no las vemos, no las sentimos, no nos detienen. La vida continúa. Estamos entumecidos. En el 1975 era por falta de información o capacidad de entender, hoy es por exceso. Cuando nos enteramos, suele ser a través de un breve ciclo noticioso: sesenta segundos, un día, tal vez una semana, o hasta que la próxima tragedia remplace la anterior. Entonces, seguimos adelante, hasta que meses o años más tarde nos sorprenda descubrir que la tragedia continua. La alternativa incómoda al heroísmo Nos enseñan a vencer el miedo. Es una frase que aparece en discursos, películas, entrenamientos y relatos de superación. A menudo, el valor se presenta como la capacidad de actuar a pesar del miedo, y a veces lo es. Pero no siempre. En ciertos entornos, vencer el miedo puede significar ignorar la única advertencia que todavía intenta protegernos. La historia de Loung presenta una alternativa incómoda a nuestra idea de valentía. A veces, conservar la vida exige renunciar temporalmente a demostrar valor. A veces, el enfrentamiento no protege la dignidad. Solo entrega otra víctima. A veces, retirarse no es rendirse. Callar no es consentir. Obedecer no es creer. Y hacerse invisible no significa haber dejado de existir. Significa conservar algo que todavía no puede defenderse abiertamente. Loung no derrotó a los Jemeres Rojos mediante una confrontación. No podía hacerlo. Su resistencia consistió, en parte, en negarles acceso completo a su interior. Podían controlar su movimiento, su comida, su trabajo y sus palabras. Pero mientras una parte de ella observara, recordara y esperara, la desaparición nunca sería total. El silencio protegió ese espacio. Cuando el miedo tiene razón Nos incomoda admitir que el miedo puede tener razón porque asociamos la seguridad con el control racional. Pero la razón consciente no siempre llega primero. Antes de que podamos formular una explicación, nuestro cuerpo, nuestros sentidos, pueden haber percibido una mirada, una alteración en el tono, una interrupción del patrón o una reacción extraña en quienes nos rodean. Eso no significa que toda sensación de miedo anuncie un peligro real. El miedo puede equivocarse. Puede responder a prejuicios, experiencias pasadas o señales que ya no corresponden al presente. Pero tampoco debe ser descartado automáticamente por resultar incómodo. El miedo es una señal que merece atención. No necesariamente obediencia permanente, pero sí una audiencia. Loung tenía cinco años. No podía realizar una evaluación estratégica completa. No poseía antecedentes suficientes para comparar escenarios ni una doctrina con la cual organizar sus decisiones. Por eso el miedo ocupó ese lugar. Fue su fuente básica de criterio cuando todavía no había desarrollado otra. Le indicaba dónde mirar. Cuando detenerse. Qué ocultar. A quién no acercarse. Y cuándo el silencio era más seguro que dar una explicación. No era una estrategia diseñada en un escritorio. Era una estrategia nacida del peligro. El problema de sobrevivir Las defensas humanas no siempre desaparecen cuando desaparece la amenaza. Una conducta repetida durante años puede permanecer mucho después de haber perdido su función original. El silencio que impidió una ejecución puede convertirse, en otro lugar y en otro tiempo, en una incapacidad para pedir ayuda. La invisibilidad que evitó sospechas puede transformarse en dificultad para ocupar espacio. La vigilancia que detectaba a un guardia puede impedir el descanso en una habitación segura. El cuerpo no siempre comprende inmediatamente que el peligro terminó. Por eso existe una diferencia entre escuchar al miedo y entregarle el control permanente de nuestra vida. Durante el régimen, las instrucciones del miedo podían ser claras: Calla. Obedece. No confíes. No seas vista. Después, esas mismas instrucciones podían convertirse en una prisión. El miedo había sido un guardián competente. Pero ningún guardián debería decidir para siempre quién puede entrar, quién puede salir y cuánto de nosotros tiene derecho a vivir. Recuperar el Derecho a Existir Loung Ung sobrevivió. Años después habló, escribió y participó en la adaptación cinematográfica de su historia. El silencio dejó de ser una condición impuesta y se convirtió en una decisión que ella podía tomar por sí misma. Ese cambio es de suma importancia. La libertad no consiste en hablar constantemente. Consiste en recuperar el derecho a decidir cuándo hacerlo. En el campo, otros controlaban su voz. Como autora, Loung determina qué cuenta, cómo lo cuenta y qué partes de su historia entrega al mundo. La niña que había aprendido a no existir se convirtió en la mujer que eligió hacerse visible. No porque hubiese dejado de sentir miedo. Sino porque el miedo ya no era la única voz con autoridad. Había aparecido algo que la niña de cinco años todavía no podía poseer plenamente: criterio, experiencia, distancia y la capacidad de mirar hacia atrás para decidir qué instrucciones todavía protegían su vida y cuáles pertenecían a un mundo que ya había terminado. La línea trazada La historia de Loung Ung no necesita ser nueva para seguir siendo relevante: los noticieros, redes sociales, y otros medios modernos atienden lo que ocurre hoy, pero existe algunas historias que atienden lo que ocurre siempre. Y esta es una de ellas. Porque todos construimos silencios. Algunos nos protegen. Evitan una confrontación innecesaria, protegen información, nos dan tiempo para observar o impiden que una persona peligrosa asuma una actitud perjudicial para con nosotros. Otros silencios permiten que el daño se mantenga vivo, algunos fueron necesarios alguna vez y otros, permanecen vivos mucho después de haber perdido su propósito. La dificultad consiste en reconocer la diferencia. Loung aprendió a no existir porque, durante un tiempo, existir abiertamente podía costarle la vida. No fue cobardía. No fue debilidad. Fue una niña obedeciendo las instrucciones más antiguas de su organismo, en un mundo donde la experiencia todavía no podía ayudarla y donde el heroísmo que admiramos desde la distancia probablemente no habría podido salvarla. El miedo trazó la línea. El silencio la protegió. Muchos años después, Loung tuvo que cruzarla para recuperar su voz. Tal vez esa sea la pregunta que deja su historia: ¿Cuáles de nuestros silencios aún nos protegen? y ¿Cuáles siguen obedeciendo a un peligro que ya no existe? Nota del autor: Este ensayo propone una lectura sobre el papel del miedo y el silencio en la experiencia narrada por Loung Ung. No pretende diagnosticarla, establecer que todo recuerdo autobiográfico sea exacto ni reducir una historia compleja de persecución, pérdida y supervivencia a una única explicación psicológica. Una lectura crítica de First They Killed My Father no debe eclipsar la obra que Loung Ung construyó después de sobrevivir. Desde su trabajo contra la violencia hacia las mujeres hasta su labor como portavoz de la Campaign for a Landmine-Free World, ha utilizado la escritura y su voz pública para denunciar las minas terrestres, el reclutamiento de niños soldados y las consecuencias humanas de la guerra. Su trabajo puede conocerse en su sitio oficial; www.loungung.com. Quienes deseen apoyar la causa del desminado humanitario pueden consultar la International Campaign to Ban Landmines y el Cambodian Mine Action Centre. Esta edición reconoce su legado sin dar a entender que las organizaciones enlazadas están actualmente dirigidas por ella. Gracias, %%first_name%% por leer este artículo. Si te gustó el mismo, no dudes en compartirlo. ¡Que tengas un día maravilloso! 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